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7 de enero de 2022

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“Si digo muerte, digo vida”: el libro que recuerda que se puede ser feliz después del fallecimiento de un hijo

Conversamos con la autora de la obra, Paula Assler, quien narra con lujo de detalles el duelo más duro de su vida.


Ese día el tiempo se detuvo, el mar se transformó en un monstruo, y el dolor desgarró el alma sin piedad alguna. Paula Assler, había experimentado varios duelos antes, pero ninguno fue tan difícil como el que comenzó el 18 de enero de 2016. Esa tarde de verano, las olas le arrebataron a sus hijas Antonia y María José. No lo podía creer, no quería aceptar que sus niñitas habían fallecido ahogadas. Pensó, que ese era el fin, que jamás se recuperaría, que no podría soportar tal agonía.

Al principio todo parecía una pesadilla. Los días pasaban y el dolor la perseguía como una sombra. Pero después de transitar por una montaña rusa de emociones, decidió volver a disfrutar la vida, a amarla con sus luces y sombras. Sabía que no podría lograrlo sola, por eso, se apoyó en familiares, amigos y especialistas. La herida empezó a sanar y un día la sonrisa volvió a ser la protagonista de su rostro. Entonces, se dio cuenta que se puede vivir después de la muerte de un hijo y se puede vivir siendo feliz. Es tal la paz y tranquilidad que siente actualmente, que si tuviese la oportunidad de retroceder el tiempo y cambiar algo, no modificaría nada, ni siquiera la muerte de sus amadas hijas, porque para ella todo tiene un propósito.


Paula, antes del accidente viviste varios duelos: la muerte de tu abuelita, la separación de tus padres, la ausencia de tu papá, y la ruptura de tu matrimonio, ¿crees que todas estas experiencias te prepararon de alguna forma para el momento más doloroso de tu vida: la muerte de tus hijas?

Yo me di cuenta en el accidente de mis hijas, que si no hubiese pasado por toda esa etapa no me hubiese levantado, creo que me hubiera muerto, como persona, muerto en el sentido de borrarme, de quedar fuera de la existencia. Por eso, es que cuento todos los duelos y parto con todos los duelos, porque creo que es importante que hagamos duelos, el que sea, estamos toda la vida haciendo duelos.


En el libro tú cuentas que Gonzalo, uno de tus hijos, quien no estuvo presente el día del accidente, te decía, si yo hubiese ido a ese viaje las podría haber salvado. Hasta que se dio cuenta que eso no era así, ¿cómo se lidia con la culpa en el duelo?

Al principio me sentía con mucha culpa, de que el mar se las llevó, me sentía responsable del accidente, y a medida que fue pasando el tiempo, me fui dando cuenta que fue un accidente, que fue mala suerte para mis hijas, para mi familia. Me pude sacar esa culpa, que es tremendo. Yo estuve con ellas en todo momento, y eso me dio tranquilidad.


En el libro, tú escribes “lo único que quería era que me preguntaran (por el accidente). Les contaba la verdad de lo que me estaba pasando, así tal cual” ¿Crees que hay miedo a hablar de la muerte y, por eso, la gente no sabe que decirle a una persona que ha perdido a un ser querido?

Yo cuento en el libro que venían amigas mías y me acompañaban, y que hablaban de cualquier tema y yo decía que me pregunten o que se vayan, porque si no en este momento no me sirven. Yo les tocaba el tema y ahí ellas se animaban a preguntarme. Es muy importante, preguntarle al que sufre, darle cariño, y uno recibir ese cariño, porque uno no está acostumbrada a recibir ese cariño. A mí me sirvió mucho recibir ese cariño y abrirme, sentía que estaba contenida por los otros.


Tú relatas en el libro que algo que te ayudó en el duelo fue encontrarle un sentido al fallecimiento de tus hijas, ¿qué tan difícil fue esto?

Me demoré mucho en pensar eso, hasta que me di cuenta que pasó para que yo escribiera el libro. Mi primera etapa fue formar familia, pero después de la muerte de mis hijas, decido ayudar al otro, al que sufre, escucharlo, porque a veces con sólo escucharlo el otro se va más aliviado. Yo me contento con una persona a la que le haga algo de sentido el libro, yo con eso me siento súper pagada.


También escribiste en la obra: “he aprendido que uno puede tener paz en el dolor, porque la paz la haces tú”. Explícanos esto...

Después de un tiempo de lo que pasó con las niñitas, me empecé a sentir con paz, empecé a decir “mira la vegetación es linda, yo quiero vivir muchos años”. La paz la hace cada uno, uno no necesita algo de afuera para tener paz. Muchas veces yo busqué a mis hijas en la calle, miraba a una chica por detrás y decía es igual a la Antonia, a la María José. Hasta que de repente me las empecé a meter dentro de mi corazón, dentro de mi alma, y dije no las busco más, las llevo, donde voy las llevo y me dio una felicidad tremenda, porque ya no tenía que buscarlas fuera. Descansé.

Años después de la muerte de tus hijas, viajaste a Perú, a la playa donde fallecieron y te reconciliaste con el mar, ¿también te reconciliaste con la muerte, cambió tu relación con la muerte?

 Cambió completamente mi relación con la muerte, yo no le tengo miedo a la muerte, porque sé que me voy a encontrar con mis hijas en el tiempo que sea, no sé dónde. Para mí el mar después del accidente era un monstruo, no quería ver el mar, porque encontraba que me había ahogado, liquidado, que se había llevado a mis hijas. Pero con el tiempo me las devolvió y, por eso, soy inmensamente agradecida, porque hay gente a las que no les devuelve el cuerpo. Como pasa con las madres de los detenidos desaparecidos, esas madres, esos padres que nunca supieron que le pasó a su hijo, sobrino, que nunca cierran el duelo, aunque el duelo de dos hijas tampoco nunca se cierra.


Un día tú les dijiste a tus hijos: viene un tren que va directo a la felicidad y nos vamos a subir todos. Vamos a ser feliz a pesar de la muerte de las niñitas, ¿cómo cambió esto sus vidas?

 Mis hijos siempre miraban como estaba la mamá, para ellos era importante fuera del dolor de ellos, ver cómo estaba la mamá, la mamá se para, no se para. Yo inventé esa historia y se las conté y ellos quedaron mi mamá quiere vivir, mi mamá quiere ir a la felicidad, vamos, nos subimos todos con ella. Y esa fue una forma de decir, vamos se puede. Mi hijo se había casado cerca del accidente y pasaron como dos años antes de tener su primer hijo. Cuando nace, dije viene la vida de nuevo, eso fue para mí muy emocionante.

 

Tú dices que, si te dieran la oportunidad de cambiar algo de tu vida, no cambiarías nada, ni la muerte de tus hijas ¿por qué?

 No cambiaría nada, ni una frase de mi vida, porque a lo mejor si no hubiesen pasado cosas tan tremendas en mi vida, quizás no estaría en esa posición de ayudar al otro, de escuchar al otro, a lo mejor no habría llegado nunca a este estado.


No dejes de ver la entrevista completa en el siguiente video: 


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