Tengo una costumbre de espectador que no me enorgullece. Cada vez que una película pone en el centro a un personaje mentalmente perturbado, me dedico a diagnosticarlo, como si en vez de una butaca ocupara un consultorio: esto parece esquizofrenia, aquello un brote psicótico, esto otro una locura de a dos. Es un reflejo defensivo, sospecho, una manera de asegurarme de que el abismo ajeno tiene etiqueta y la etiqueta no me incluye. El actor que ya conoces sin saberlo Es probable que hayas visto a Michael Shannon muchas veces: fue el General Zod en Man of Steel, la Muerte Blanca que espera a Brad Pitt al final de Bullet Train, el hijo resentido de Knives Out. Aparece poco y se hace notar, porque tiene una de esas caras que la cámara se detiene. Su otra carrera es menos conocida: la de protagonista de películas pequeñas e inquietantes, donde mi reflejo de diagnosticador fracasa tres veces seguidas. En las tres interpreta a un hombre que percibe algo que nadie más percibe, y las tres se niegan a decirnos si ese algo existe. No les interesa la etiqueta; les interesa meternos adentro de su manera de ver. Y una vez adentro, la pregunta que queda es incómoda: ¿qué ve este hombre que yo todavía no puedo ver, y por qué le creo? Bug (2006): la paranoia se contagia Lo que ve Peter Evans son insectos. Bichos bajo la piel, huevos en las muelas, transmisores implantados por el ejército. William Friedkin, el director de El exorcista, filma casi sin salir de una pieza de motel donde Agnes (Ashley Judd), una mujer sola y golpeada por la vida, recibe a este desconocido callado, cortés, extrañamente quieto. Lo primero que hace Shannon es no hacer nada: habla bajo, sostiene la mirada más tiempo del que la cortesía permite. Cuando por fin nombra al primer insecto, la película ya cambió de dueño. La paranoia se filtra de a poco, como humedad, y Agnes la absorbe como quien absorbe compañía, hasta que la pieza, forrada en papel aluminio y alumbrada por matamoscas eléctricos, se convierte en un mundo con sus propias reglas. ¿Enfermedad de uno, locura de dos, respuesta extrema al trauma y la soledad? Friedkin se guarda la respuesta, y la escena más brutal llega antes que uno termine de suspirar: Peter se arranca una muela con un alicate y la examina como un científico frente a su prueba. Shannon la interpreta como método, y eso es lo insoportable. My Son, My Son (2009): la locura como teatro La película de Werner Herzog, producida nada menos que por David Lynch, parte de un caso real: un actor que mató a su madre con un sable después de ensayar una tragedia griega. Brad McCullum se atrinchera en su casa con dos rehenes mientras un detective (Willem Dafoe) reconstruye su derrumbe, pero la reconstrucción junta rarezas en lugar de explicaciones, flamencos a los que llama sus águilas disfrazadas, una lata de avena tratada como un dios antiguo, un río al que no quiso subirse porque le habló. Aquí Shannon hace lo más difícil de las tres películas: interpreta a un hombre que interpreta su propia locura. Brad declama, posa, se escucha hablar, y uno nunca sabe si sufre o si actúa el sufrimiento. Shannon sostiene esa ambigüedad sin guiñarnos el ojo, con una cara que se ilumina de certeza en las frases más absurdas. Take Shelter (2011): la tormenta empieza en casa La película de Jeff Nichols trae el delirio a la vida corriente. Curtis tiene trabajo en la construcción, una casa en Ohio, una esposa (Jessica Chastain) y una hija sorda que necesita un implante caro. Sus tormentas llegan en sueños: nubes como aceite de motor, lluvia espesa y ocre, desconocidos golpeando los vidrios del auto. Su angustia tiene raíces reconocibles, porque su madre fue diagnosticada con esquizofrenia a la edad que él tiene ahora, y Curtis lo sabe, va al médico, hace todo lo que haría un hombre razonable que sospecha de su propia cabeza. Y sin embargo agranda el refugio del patio, pide un préstamo que su sueldo no aguanta, compra máscaras antigás para los tres. Shannon interpreta ese miedo casi sin levantar la voz, y su mejor momento no tiene gritos: su esposa le exige que sea él quien abra la puerta del refugio después de la tormenta real, y la cámara se queda en esa mandíbula trabada, en los ojos que miran el candado como si fuera un axioma. En ese minuto de quietud hay más violencia contenida que en toda la película de Friedkin. Por qué le creemos La paranoia de Bug es febril y contagiosa, el delirio de My Son, My Son es puro teatro privado, el miedo de Take Shelter es un temblor bajo la rutina de un padre de familia. Lo que las une es la cara de Shannon: la frente alta, la boca apretada, unos ojos demasiado quietos que olvidan parpadear. Puede parecer amenazante, vulnerable y absolutamente convencido en el mismo plano, y la convicción es lo que nos derrota, porque la locura, vista desde adentro, se parece mucho a la lucidez. Le creemos como se le cree a un testigo, incluso sabiendo que puede estar equivocado. Un deseo de cumpleaños Este 7 de agosto, mientras Shannon sopla las velas, la mejor manera de celebrarlo es volver a estas tres películas. No necesito que vuelva a encarnar a otro hombre al borde del abismo, porque ya nos dio tres versiones definitivas. Lo que extraño es más simple y difícil de encontrar en el cine de hoy, que lo ha convertido en un secundario de lujo, una presencia de diez minutos que se roba películas ajenas sea de villano de Superman o de mafioso en un tren bala. Solo extraño a Michael Shannon en un protagónico.
Tengo una costumbre de espectador que no me enorgullece. Cada vez que una película pone en el centro a un personaje mentalmente perturbado, me dedico a diagnosticarlo, como si en vez de una butaca ocupara un consultorio: esto parece esquizofrenia, aquello un brote psicótico, esto otro una locura de a dos. Es un reflejo defensivo, sospecho, una manera de asegurarme de que el abismo ajeno tiene etiqueta y la etiqueta no me incluye. El actor que ya conoces sin saberlo Es probable que hayas visto a Michael Shannon muchas veces: fue el General Zod en Man of Steel, la Muerte Blanca que espera a Brad Pitt al final de Bullet Train, el hijo resentido de Knives Out. Aparece poco y se hace notar, porque tiene una de esas caras que la cámara se detiene. Su otra carrera es menos conocida: la de protagonista de películas pequeñas e inquietantes, donde mi reflejo de diagnosticador fracasa tres veces seguidas. En las tres interpreta a un hombre que percibe algo que nadie más percibe, y las tres se niegan a decirnos si ese algo existe. No les interesa la etiqueta; les interesa meternos adentro de su manera de ver. Y una vez adentro, la pregunta que queda es incómoda: ¿qué ve este hombre que yo todavía no puedo ver, y por qué le creo? Bug (2006): la paranoia se contagia Lo que ve Peter Evans son insectos. Bichos bajo la piel, huevos en las muelas, transmisores implantados por el ejército. William Friedkin, el director de El exorcista, filma casi sin salir de una pieza de motel donde Agnes (Ashley Judd), una mujer sola y golpeada por la vida, recibe a este desconocido callado, cortés, extrañamente quieto. Lo primero que hace Shannon es no hacer nada: habla bajo, sostiene la mirada más tiempo del que la cortesía permite. Cuando por fin nombra al primer insecto, la película ya cambió de dueño. La paranoia se filtra de a poco, como humedad, y Agnes la absorbe como quien absorbe compañía, hasta que la pieza, forrada en papel aluminio y alumbrada por matamoscas eléctricos, se convierte en un mundo con sus propias reglas. ¿Enfermedad de uno, locura de dos, respuesta extrema al trauma y la soledad? Friedkin se guarda la respuesta, y la escena más brutal llega antes que uno termine de suspirar: Peter se arranca una muela con un alicate y la examina como un científico frente a su prueba. Shannon la interpreta como método, y eso es lo insoportable. My Son, My Son (2009): la locura como teatro La película de Werner Herzog, producida nada menos que por David Lynch, parte de un caso real: un actor que mató a su madre con un sable después de ensayar una tragedia griega. Brad McCullum se atrinchera en su casa con dos rehenes mientras un detective (Willem Dafoe) reconstruye su derrumbe, pero la reconstrucción junta rarezas en lugar de explicaciones, flamencos a los que llama sus águilas disfrazadas, una lata de avena tratada como un dios antiguo, un río al que no quiso subirse porque le habló. Aquí Shannon hace lo más difícil de las tres películas: interpreta a un hombre que interpreta su propia locura. Brad declama, posa, se escucha hablar, y uno nunca sabe si sufre o si actúa el sufrimiento. Shannon sostiene esa ambigüedad sin guiñarnos el ojo, con una cara que se ilumina de certeza en las frases más absurdas. Take Shelter (2011): la tormenta empieza en casa La película de Jeff Nichols trae el delirio a la vida corriente. Curtis tiene trabajo en la construcción, una casa en Ohio, una esposa (Jessica Chastain) y una hija sorda que necesita un implante caro. Sus tormentas llegan en sueños: nubes como aceite de motor, lluvia espesa y ocre, desconocidos golpeando los vidrios del auto. Su angustia tiene raíces reconocibles, porque su madre fue diagnosticada con esquizofrenia a la edad que él tiene ahora, y Curtis lo sabe, va al médico, hace todo lo que haría un hombre razonable que sospecha de su propia cabeza. Y sin embargo agranda el refugio del patio, pide un préstamo que su sueldo no aguanta, compra máscaras antigás para los tres. Shannon interpreta ese miedo casi sin levantar la voz, y su mejor momento no tiene gritos: su esposa le exige que sea él quien abra la puerta del refugio después de la tormenta real, y la cámara se queda en esa mandíbula trabada, en los ojos que miran el candado como si fuera un axioma. En ese minuto de quietud hay más violencia contenida que en toda la película de Friedkin. Por qué le creemos La paranoia de Bug es febril y contagiosa, el delirio de My Son, My Son es puro teatro privado, el miedo de Take Shelter es un temblor bajo la rutina de un padre de familia. Lo que las une es la cara de Shannon: la frente alta, la boca apretada, unos ojos demasiado quietos que olvidan parpadear. Puede parecer amenazante, vulnerable y absolutamente convencido en el mismo plano, y la convicción es lo que nos derrota, porque la locura, vista desde adentro, se parece mucho a la lucidez. Le creemos como se le cree a un testigo, incluso sabiendo que puede estar equivocado. Un deseo de cumpleaños Este 7 de agosto, mientras Shannon sopla las velas, la mejor manera de celebrarlo es volver a estas tres películas. No necesito que vuelva a encarnar a otro hombre al borde del abismo, porque ya nos dio tres versiones definitivas. Lo que extraño es más simple y difícil de encontrar en el cine de hoy, que lo ha convertido en un secundario de lujo, una presencia de diez minutos que se roba películas ajenas sea de villano de Superman o de mafioso en un tren bala. Solo extraño a Michael Shannon en un protagónico.