Volver a ver Millennium Actress en pantalla grande — y ahora en 4K — no solo es un privilegio, es también un recordatorio doloroso de lo pronto que perdimos a un artista irrepetible como Satoshi Kon. Segunda película tras Perfect Blue —quizás más reconocida, pero radicalmente distinta—, Millennium Actress confirma algo que ya era evidente: Kon no solo entendía el lenguaje del cine, lo amaba profundamente. Y aquí, ese amor se transforma en el corazón mismo de la película. La historia sigue a Chiyoko Fujiwara, una legendaria actriz retirada, cuya vida es reconstruida a través de la entrevista de un documentalista, Genya Tachibana, y su camarógrafo. Pero lo que comienza como un registro biográfico pronto se disuelve en algo mucho más complejo y hermoso: un viaje donde los recuerdos, las películas y la imaginación se funden en una sola narrativa, borrando los límites entre la vida vivida y la vida filmada. Porque en Millennium Actress, el cine no es solo tema, es forma. Es lenguaje. Es memoria. Kon construye una obra que funciona como una carta de amor al cine clásico japonés —especialmente al de los años 50—, a ese periodo donde cada imagen parecía contener una vocación artesanal, casi sagrada. A través de sus constantes transiciones —tan fluidas como oníricas—, la película nos arrastra por distintas épocas, géneros y escenarios, como si estuviésemos atravesando la historia del cine junto a su protagonista. Pero en el fondo, todo gira en torno a una idea profundamente humana: la búsqueda. Chiyoko pasa su vida persiguiendo el recuerdo de un hombre —un pintor revolucionario— al que amó fugazmente en su juventud. Genya, por su parte, la persigue a ella, no solo como figura, sino como ideal. Y en ese juego de reflejos, ambos terminan siendo lo mismo: personas aferradas a un amor imposible. Nosotros, como espectadores, ocupamos ese mismo lugar. Observamos, seguimos, nos dejamos llevar por una vida que se despliega ante nosotros como una película infinita. Y es ahí donde Millennium Actress golpea más fuerte. En su tramo final —tan triste como luminoso—, la película revela que el hombre que Chiyoko buscó durante toda su vida ya no existe, que su destino fue trágico, brutal. Pero eso ya no importa. Porque lo que ella amaba no era necesariamente a ese hombre, sino la búsqueda misma. Y en esa revelación, Kon encuentra algo profundamente bello: la idea de que lo que nos define no es lo que alcanzamos, sino aquello que decidimos perseguir. Hay algo crepuscular en todo esto. Chiyoko envejece, el estudio que la convirtió en estrella desaparece, el cine que representaba se desvanece. Pero su historia permanece. Como permanecen las películas. Como permanece el cine. El reestreno de Millennium Actress no es solo una oportunidad para revisitar una joya de la animación japonesa, sino también para reconectar con una forma de hacer cine que parece cada vez más lejana: una donde la emoción, la forma y la memoria dialogan constantemente. Ya hemos tenido la suerte de ver nuevamente en cines Perfect Blue y Paprika . Ojalá este ciclo continúe y pronto podamos reencontrarnos también con Tokyo Godfathers. Porque volver a Satoshi Kon no es solo mirar hacia atrás. Es recordar por qué amamos el cine.
Mientras menos sepas de Te van a matar , mejor, porque es una película que se disfruta mucho más si te dejas sorprender. Se trata del debut en Estados Unidos -y tercera cinta en su carrera—-del director ruso Kirill Sokolov, quien, con evidentes referencias a Quentin Tarantino, Sam Raimi y al primer Peter Jackson, entrega una historia que mezcla supervivencia, venganza, redención, satanismo y lazos familiares en un cóctel cargado de comedia, acción y mucha, pero mucha sangre. Asia, interpretada por una carismática Zazie Beetz (Guasón, Bullet Train), pasó más de nueve años en prisión tras disparar a su padre abusivo, dejando atrás a su hermana menor, María, hecho que carcome su cabeza. Al salir de la cárcel, consigue trabajo en The Virgil, un antiguo, lujoso y enigmático hotel neoyorquino dirigido por una estricta Patricia Arquette. No pasa mucho tiempo antes de que Asia comprenda que su estadía allí será cualquier cosa menos tranquila. Lo que ocurre en ese lugar va mucho más allá de lo que la imaginación de nuestra protagonista puede procesar. Con una narración ágil cargada de flashback aclaratorios, una estética cuidada y secuencias de acción bien logradas, la película suma además un elenco de apoyo con rostros reconocibles como Tom Felton y Heather Graham. Si bien su guion presenta giros que por momentos resultan predecibles, su ritmo logra sostener el interés durante su hora y media de duración. Te van a matar Con un trasfondo que critíca la ambición desmedida y las excentricidades de la gente de dinero, posee ciertas similitudes a Boda Sangrienta -cuya secuela también está en cartelera- y un guiño al arquetipo de La Novia de Kill Bill. La cinta no se toma demasiado en serio, pero cumple con creces su objetivo: entretener. Juega al cine B sin complejos, pensado para quienes disfrutan del exceso, el humor negro y la violencia estilizada. Te van a matar, en cines desde el 26 de marzo.
Hablar de Matapanki no es fácil. A primera vista, podría parecer una película absurda, desprolija e incluso mal hecha. Y, sin embargo, hay algo en su propuesta que funciona: una autenticidad rara, casi accidental, que termina por hacerla disfrutable. Dirigida por el debutante Diego Fuentes, la cinta nació como un proyecto universitario de la UDD realizado prácticamente “con cinco lucas”. Pese a ese origen, su recorrido ha sido todo menos menor: la película tuvo un destacado paso por el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde obtuvo una Mención Especial del Jurado en la sección Generation 14plus, consolidándose como una de las propuestas chilenas más llamativas del circuito reciente . Desde ahí, la película abraza sin complejos sus limitaciones. Sus actores no son profesionales, el sonido es deficiente y la factura técnica es irregular, pero todo eso se integra —de forma sorprendente— al espíritu punk que define a sus personajes y su universo. La historia sigue a Ricardo, un joven punk que vive con su abuela y pasa sus días entre tocatas, carretes y el clásico “macheteo”. En una noche cualquiera, encuentra un trago abandonado en un baño y, en un gesto que recuerda al cine más marginal, decide beberlo. Al día siguiente despierta en la calle, semidesnudo, y descubre que ese misterioso copete le ha otorgado una fuerza sobrehumana. A partir de ahí, la película se lanza sin frenos: Ricardo intenta entender sus poderes junto a sus amigos - Mella y Claudia- mientras se debate entre convertirse o no en una suerte de superhéroe. Pero el delirio escala rápidamente cuando entra en escena la CIA, revelando que todo forma parte de un experimento, y llevando al protagonista a enfrentamientos que rozan lo ridículo, incluyendo una pelea con el propio presidente de Estados Unidos. En su mezcla de referencias -que pueden recordar al espíritu de Repo Man, el radicalismo visual de Begotten, la torpeza entrañable de Ed Wood o la experimentación de Stan Brakhage- Matapanki construye un lenguaje propio, caótico y visceral. Donde más destaca es en su propuesta estética: intervenciones dibujadas a mano, rayones y capas visuales que convierten la película en una especie de collage en movimiento, como si el director estuviera vomitando ideas sobre la imagen tras una noche de borrachera. Es un gesto creativo que, aunque irregular, aporta identidad. El trío protagonista sostiene buena parte del relato gracias a su química genuina, aunque el deficiente trabajo de sonido juega en contra, dificultando la comprensión de los diálogos, algo que probablemente complique aún más a públicos fuera de Chile, dado su marcado lenguaje coloquial. Matapanki tiene más fallas que aciertos, pero también tiene algo que muchas películas más pulidas han perdido: riesgo, personalidad y una necesidad urgente de expresarse. Es, en definitiva, una de esas obras que se aman o se odian, pero que difícilmente dejan indiferente. Y en ese gesto, en esa explosión desordenada de creatividad, podría estar el germen de una futura película de culto. Además, con poco más de una hora de duración, su viaje se pasa volando.
ConTodos los males, el director Nicolás Postiglione presenta una obra densa y perturbadora, ambientada en las cercanías de Valdivia, donde una familia de origen alemán vive atrapada en una estructura rígida y opresiva. A través de la llegada de Daniel, un joven que irrumpe en este entorno hermético, la película comienza a revelar un entramado de secretos, tensiones familiares y una violencia que se manifiesta de forma contenida, pero constante. Con una puesta en escena cuidada y una atmósfera inquietante, la cinta se instala como una de las propuestas más interesantes del cine chileno reciente. Te invitamos a ver la entrevista completa con Nicolás Postiglione en nuestro canal de YouTube, donde profundizamos en el proceso creativo detrás de la película, su construcción visual y los temas que atraviesan este inquietante relato.
Hay estrellas de cine… y después está Chuck Norris. Su muerte a los 86 años no solo marca la partida de un actor, sino el fin de una presencia que parecía inquebrantable. Porque Norris nunca fue simplemente un rostro del cine de acción: fue una idea, una energía, una figura que habitaba ese territorio donde el cine se vuelve mito. Antes de las cámaras, fue campeón. Antes de los aplausos, disciplina. En el mundo real, Norris construyó su leyenda a pulso, dominando el karate y enfrentándose -literalmente- a figuras como Bruce Lee en la inolvidableWay of the Dragon, donde su combate en el Coliseo Romano quedó grabado como uno de los duelos más icónicos de la historia del cine. Pero fue en los años 80 donde su figura encontró su forma definitiva. En títulos comoMissing in Action oThe Delta Force, Norris encarnó al héroe absoluto: un hombre de pocas palabras, mirada firme y golpes certeros. No necesitaba adornos. Su presencia bastaba. En una época donde el cine de acción se construía a base de testosterona y carisma, Norris era la síntesis perfecta: seco, directo, implacable. Mientras otros actores interpretaban héroes, Norris parecía ser uno. La televisión amplificó su figura conWalker, Texas Ranger, donde su imagen se volvió casi institucional: un justiciero incorruptible, guiado por un código moral tan rígido como sus patadas giratorias. Para muchos, ese fue el rostro definitivo del orden, la justicia y la fuerza. Y cuando parecía que el tiempo comenzaba a cerrar su ciclo, ocurrió algo inesperado: internet lo hizo inmortal. Los memes de Chuck Norris no fueron simples bromas; fueron una reescritura moderna del mito. Lo transformaron en una figura omnipotente, capaz de desafiar la física, la lógica y la muerte misma. En una era de ironía, Norris se convirtió en una leyenda irónica… pero también profundamente respetada. Porque, en el fondo, todos entendían el chiste: Chuck Norris siempre fue más grande que sus películas. Hoy, con su partida, queda una filmografía que respira el pulso de otra época, donde los héroes no dudaban y el bien y el mal se enfrentaban sin matices. Pero también queda algo más difícil de definir: una presencia cultural que cruzó generaciones, formatos y lenguajes. Quizás por eso su muerte se siente extraña. Como si no encajara del todo con el personaje. Como si, en algún lugar, Chuck Norris siguiera de pie. Esperando. Porque hay figuras que el cine convierte en eternas. Y otras -muy pocas- que simplemente nunca aprendieron a caer.
Volver a ver Millennium Actress en pantalla grande — y ahora en 4K — no solo es un privilegio, es también un recordatorio doloroso de lo pronto que perdimos a un artista irrepetible como Satoshi Kon. Segunda película tras Perfect Blue —quizás más reconocida, pero radicalmente distinta—, Millennium Actress confirma algo que ya era evidente: Kon no solo entendía el lenguaje del cine, lo amaba profundamente. Y aquí, ese amor se transforma en el corazón mismo de la película. La historia sigue a Chiyoko Fujiwara, una legendaria actriz retirada, cuya vida es reconstruida a través de la entrevista de un documentalista, Genya Tachibana, y su camarógrafo. Pero lo que comienza como un registro biográfico pronto se disuelve en algo mucho más complejo y hermoso: un viaje donde los recuerdos, las películas y la imaginación se funden en una sola narrativa, borrando los límites entre la vida vivida y la vida filmada. Porque en Millennium Actress, el cine no es solo tema, es forma. Es lenguaje. Es memoria. Kon construye una obra que funciona como una carta de amor al cine clásico japonés —especialmente al de los años 50—, a ese periodo donde cada imagen parecía contener una vocación artesanal, casi sagrada. A través de sus constantes transiciones —tan fluidas como oníricas—, la película nos arrastra por distintas épocas, géneros y escenarios, como si estuviésemos atravesando la historia del cine junto a su protagonista. Pero en el fondo, todo gira en torno a una idea profundamente humana: la búsqueda. Chiyoko pasa su vida persiguiendo el recuerdo de un hombre —un pintor revolucionario— al que amó fugazmente en su juventud. Genya, por su parte, la persigue a ella, no solo como figura, sino como ideal. Y en ese juego de reflejos, ambos terminan siendo lo mismo: personas aferradas a un amor imposible. Nosotros, como espectadores, ocupamos ese mismo lugar. Observamos, seguimos, nos dejamos llevar por una vida que se despliega ante nosotros como una película infinita. Y es ahí donde Millennium Actress golpea más fuerte. En su tramo final —tan triste como luminoso—, la película revela que el hombre que Chiyoko buscó durante toda su vida ya no existe, que su destino fue trágico, brutal. Pero eso ya no importa. Porque lo que ella amaba no era necesariamente a ese hombre, sino la búsqueda misma. Y en esa revelación, Kon encuentra algo profundamente bello: la idea de que lo que nos define no es lo que alcanzamos, sino aquello que decidimos perseguir. Hay algo crepuscular en todo esto. Chiyoko envejece, el estudio que la convirtió en estrella desaparece, el cine que representaba se desvanece. Pero su historia permanece. Como permanecen las películas. Como permanece el cine. El reestreno de Millennium Actress no es solo una oportunidad para revisitar una joya de la animación japonesa, sino también para reconectar con una forma de hacer cine que parece cada vez más lejana: una donde la emoción, la forma y la memoria dialogan constantemente. Ya hemos tenido la suerte de ver nuevamente en cines Perfect Blue y Paprika . Ojalá este ciclo continúe y pronto podamos reencontrarnos también con Tokyo Godfathers. Porque volver a Satoshi Kon no es solo mirar hacia atrás. Es recordar por qué amamos el cine.
Mientras menos sepas de Te van a matar , mejor, porque es una película que se disfruta mucho más si te dejas sorprender. Se trata del debut en Estados Unidos -y tercera cinta en su carrera—-del director ruso Kirill Sokolov, quien, con evidentes referencias a Quentin Tarantino, Sam Raimi y al primer Peter Jackson, entrega una historia que mezcla supervivencia, venganza, redención, satanismo y lazos familiares en un cóctel cargado de comedia, acción y mucha, pero mucha sangre. Asia, interpretada por una carismática Zazie Beetz (Guasón, Bullet Train), pasó más de nueve años en prisión tras disparar a su padre abusivo, dejando atrás a su hermana menor, María, hecho que carcome su cabeza. Al salir de la cárcel, consigue trabajo en The Virgil, un antiguo, lujoso y enigmático hotel neoyorquino dirigido por una estricta Patricia Arquette. No pasa mucho tiempo antes de que Asia comprenda que su estadía allí será cualquier cosa menos tranquila. Lo que ocurre en ese lugar va mucho más allá de lo que la imaginación de nuestra protagonista puede procesar. Con una narración ágil cargada de flashback aclaratorios, una estética cuidada y secuencias de acción bien logradas, la película suma además un elenco de apoyo con rostros reconocibles como Tom Felton y Heather Graham. Si bien su guion presenta giros que por momentos resultan predecibles, su ritmo logra sostener el interés durante su hora y media de duración. Te van a matar Con un trasfondo que critíca la ambición desmedida y las excentricidades de la gente de dinero, posee ciertas similitudes a Boda Sangrienta -cuya secuela también está en cartelera- y un guiño al arquetipo de La Novia de Kill Bill. La cinta no se toma demasiado en serio, pero cumple con creces su objetivo: entretener. Juega al cine B sin complejos, pensado para quienes disfrutan del exceso, el humor negro y la violencia estilizada. Te van a matar, en cines desde el 26 de marzo.
Hablar de Matapanki no es fácil. A primera vista, podría parecer una película absurda, desprolija e incluso mal hecha. Y, sin embargo, hay algo en su propuesta que funciona: una autenticidad rara, casi accidental, que termina por hacerla disfrutable. Dirigida por el debutante Diego Fuentes, la cinta nació como un proyecto universitario de la UDD realizado prácticamente “con cinco lucas”. Pese a ese origen, su recorrido ha sido todo menos menor: la película tuvo un destacado paso por el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde obtuvo una Mención Especial del Jurado en la sección Generation 14plus, consolidándose como una de las propuestas chilenas más llamativas del circuito reciente . Desde ahí, la película abraza sin complejos sus limitaciones. Sus actores no son profesionales, el sonido es deficiente y la factura técnica es irregular, pero todo eso se integra —de forma sorprendente— al espíritu punk que define a sus personajes y su universo. La historia sigue a Ricardo, un joven punk que vive con su abuela y pasa sus días entre tocatas, carretes y el clásico “macheteo”. En una noche cualquiera, encuentra un trago abandonado en un baño y, en un gesto que recuerda al cine más marginal, decide beberlo. Al día siguiente despierta en la calle, semidesnudo, y descubre que ese misterioso copete le ha otorgado una fuerza sobrehumana. A partir de ahí, la película se lanza sin frenos: Ricardo intenta entender sus poderes junto a sus amigos - Mella y Claudia- mientras se debate entre convertirse o no en una suerte de superhéroe. Pero el delirio escala rápidamente cuando entra en escena la CIA, revelando que todo forma parte de un experimento, y llevando al protagonista a enfrentamientos que rozan lo ridículo, incluyendo una pelea con el propio presidente de Estados Unidos. En su mezcla de referencias -que pueden recordar al espíritu de Repo Man, el radicalismo visual de Begotten, la torpeza entrañable de Ed Wood o la experimentación de Stan Brakhage- Matapanki construye un lenguaje propio, caótico y visceral. Donde más destaca es en su propuesta estética: intervenciones dibujadas a mano, rayones y capas visuales que convierten la película en una especie de collage en movimiento, como si el director estuviera vomitando ideas sobre la imagen tras una noche de borrachera. Es un gesto creativo que, aunque irregular, aporta identidad. El trío protagonista sostiene buena parte del relato gracias a su química genuina, aunque el deficiente trabajo de sonido juega en contra, dificultando la comprensión de los diálogos, algo que probablemente complique aún más a públicos fuera de Chile, dado su marcado lenguaje coloquial. Matapanki tiene más fallas que aciertos, pero también tiene algo que muchas películas más pulidas han perdido: riesgo, personalidad y una necesidad urgente de expresarse. Es, en definitiva, una de esas obras que se aman o se odian, pero que difícilmente dejan indiferente. Y en ese gesto, en esa explosión desordenada de creatividad, podría estar el germen de una futura película de culto. Además, con poco más de una hora de duración, su viaje se pasa volando.
ConTodos los males, el director Nicolás Postiglione presenta una obra densa y perturbadora, ambientada en las cercanías de Valdivia, donde una familia de origen alemán vive atrapada en una estructura rígida y opresiva. A través de la llegada de Daniel, un joven que irrumpe en este entorno hermético, la película comienza a revelar un entramado de secretos, tensiones familiares y una violencia que se manifiesta de forma contenida, pero constante. Con una puesta en escena cuidada y una atmósfera inquietante, la cinta se instala como una de las propuestas más interesantes del cine chileno reciente. Te invitamos a ver la entrevista completa con Nicolás Postiglione en nuestro canal de YouTube, donde profundizamos en el proceso creativo detrás de la película, su construcción visual y los temas que atraviesan este inquietante relato.
Hay estrellas de cine… y después está Chuck Norris. Su muerte a los 86 años no solo marca la partida de un actor, sino el fin de una presencia que parecía inquebrantable. Porque Norris nunca fue simplemente un rostro del cine de acción: fue una idea, una energía, una figura que habitaba ese territorio donde el cine se vuelve mito. Antes de las cámaras, fue campeón. Antes de los aplausos, disciplina. En el mundo real, Norris construyó su leyenda a pulso, dominando el karate y enfrentándose -literalmente- a figuras como Bruce Lee en la inolvidableWay of the Dragon, donde su combate en el Coliseo Romano quedó grabado como uno de los duelos más icónicos de la historia del cine. Pero fue en los años 80 donde su figura encontró su forma definitiva. En títulos comoMissing in Action oThe Delta Force, Norris encarnó al héroe absoluto: un hombre de pocas palabras, mirada firme y golpes certeros. No necesitaba adornos. Su presencia bastaba. En una época donde el cine de acción se construía a base de testosterona y carisma, Norris era la síntesis perfecta: seco, directo, implacable. Mientras otros actores interpretaban héroes, Norris parecía ser uno. La televisión amplificó su figura conWalker, Texas Ranger, donde su imagen se volvió casi institucional: un justiciero incorruptible, guiado por un código moral tan rígido como sus patadas giratorias. Para muchos, ese fue el rostro definitivo del orden, la justicia y la fuerza. Y cuando parecía que el tiempo comenzaba a cerrar su ciclo, ocurrió algo inesperado: internet lo hizo inmortal. Los memes de Chuck Norris no fueron simples bromas; fueron una reescritura moderna del mito. Lo transformaron en una figura omnipotente, capaz de desafiar la física, la lógica y la muerte misma. En una era de ironía, Norris se convirtió en una leyenda irónica… pero también profundamente respetada. Porque, en el fondo, todos entendían el chiste: Chuck Norris siempre fue más grande que sus películas. Hoy, con su partida, queda una filmografía que respira el pulso de otra época, donde los héroes no dudaban y el bien y el mal se enfrentaban sin matices. Pero también queda algo más difícil de definir: una presencia cultural que cruzó generaciones, formatos y lenguajes. Quizás por eso su muerte se siente extraña. Como si no encajara del todo con el personaje. Como si, en algún lugar, Chuck Norris siguiera de pie. Esperando. Porque hay figuras que el cine convierte en eternas. Y otras -muy pocas- que simplemente nunca aprendieron a caer.