La cinta hispano-marroquíCalle Málaga, dirigida por Maryam Touzani, nos ofrece un drama que invita a reflexionar sobre el paso del tiempo, los recuerdos, la identidad y el respeto hacia los adultos mayores. Tánger, Marruecos, es una ciudad cosmopolita donde españoles y marroquíes conviven y comparten su cultura a diario. Es allí donde reside María Ángeles, una viuda de 79 años que vive sola en su casa. Todos sus vecinos la conocen, tiene su espacio en la comunidad y su hogar está lleno de recuerdos, después de todo, ha habitado en el durante 40 años. Un día, su única hija, Clara, a quien no ve hace tiempo, la visita desde Madrid, lo que le hace mucha ilusión. Sin embargo, la actitud amargada y distante de su primogénita la desconcierta. Finalmente, Clara revela que la intención de su viaje no es ver a su madre, sino vender la casa que su padre dejó a su nombre. La hija argumenta que necesita el dinero, ya que lo que gana no le alcanza para mantenerse con sus hijos ahora que está divorciada. Poco le importa su madre; solo piensa en sí misma y en su desesperación. Ante su negativa a dejar Tánger para mudarse a Madrid, María Ángeles es sacada de su casa y Clara la interna en una residencia para adultos mayores. Mientras tanto, la hija vende los muebles a un anticuario y comienza el proceso de venta del departamento a través de un corredor de propiedades. Con el paso de los días, María Ángeles extraña su barrio y sus cosas, y detesta que en la residencia la traten como a una persona incapacitada. Por ello, idea un plan para escapar sin que su hija se entere, instalarse en su casa hasta que llegue el nuevo dueño y recuperar sus pertenencias. En este proceso, su rutina toma un nuevo aire y descubre otra faceta de su existencia, marcada por el amor y la pasión, sentimientos que creía imposibles para su edad. Se trata de una película sencilla, sensible y muy humana. Sin grandes sobresaltos, nos obliga a mirar hacia la gente mayor, a validarla y a respetar su autonomía. Carmen Maura, en el papel de María Ángeles, es el gran motor de esta cinta, ofreciendo una tremenda interpretación de una mujer que lucha por su independencia y por hacer con su destino lo que desea. El filme también nos habla de las relaciones humanas en general y de la importancia de habitar un espacio amable que te haga sentir parte de una comunidad. Calle Málaga se encuentra disponible en salas de Cinépolis y Cinemark, además de El Biógrafo, Sala Nemesio, Cine Arte Normandie y Cine Arte Viña del Mar.
Ta Khon: The Cursed Mask dirigida por Puwadon Naosopa, fue la encargada de abrir en Santiago el Festival de Cine Tailandés 2026, iniciativa organizada por la Embajada de Tailandia para acercar al público chileno una muestra de la producción cinematográfica contemporánea del país. La cinta es una de las cuatro producciones seleccionadas para esta edición, junto a Gohan, Morte Cucina y el documental HEALS. Y vaya manera de comenzar. Sin saber prácticamente nada de la película antes de verla, lo primero que sorprende de Ta Khon es su intensidad. El cine tailandés tiene una particular manera de llevar las emociones y el terror al límite, y esta película no es precisamente tímida a la hora de hacerlo. La historia se desarrolla en una zona rural del noreste de Tailandia, donde una familia comienza a enfrentarse a una serie de acontecimientos inexplicables relacionados con una antigua creencia local. Después de la muerte del padre en circunstancias extrañas, Joy, el hijo mayor, deberá enfrentarse junto a su abuela y hermana pequeña a una supuesta maldición que, según las creencias del lugar, estaría relacionada con la construcción de un altar en terrenos sagrados. Todo esto ocurre en el contexto del Phi Ta Khon, una tradicional festividad de la localidad de Dan Sai, en la provincia de Loei, conocida por sus particulares máscaras, procesiones y elementos vinculados al mundo espiritual. La celebración combina tradiciones budistas, creencias populares y folclore local, convirtiéndose en un escenario perfecto para una película de terror. Pero la cinta no se limita a utilizar esta tradición como simple decoración. La película construye buena parte de su misterio alrededor de la pregunta fundamental: ¿estamos realmente frente a una maldición sobrenatural o existe una explicación para todo lo que está ocurriendo? Joy comienza a investigar los acontecimientos que afectan a su familia y, en el camino, se suman una periodista y su camarógrafo, quienes llegan al lugar para cubrir el festival. La investigación comienza entonces a abrir nuevas pistas y a conectar las muertes, las tradiciones locales y los secretos familiares. Es justamente ahí donde la película cambia de forma. Lo que comienza como una historia de terror sobrenatural va incorporando elementos de thriller y misterio, mientras el espectador empieza a cuestionar aquello que está viendo. La película juega constantemente con nuestra percepción y con la perspectiva de Joy, haciendo que nunca tengamos completa certeza de si estamos frente a una presencia sobrenatural, una manifestación de sus propios temores o algo mucho más concreto. Con algunos sustos particularmente efectivos —y extremadamente ruidosos—, buenas interpretaciones y una historia que mezcla folclore, misterio, humor y la importancia de mantenerse unidos frente a la adversidad, Ta Khon: The Cursed Mask fue una grata sorpresa. Una película intensa, entretenida y capaz de jugar con nuestras propias percepciones, que además permite acercarnos a una tradición cultural probablemente desconocida para buena parte del público chileno. Y si esta fue la primera muestra del festival, definitivamente quedan ganas de descubrir qué más tiene preparado el cine tailandés. El Festival continúa El Festival de Cine Tailandés 2026 continúa con tres propuestas que muestran la diversidad del cine contemporáneo del país. Este viernes 14 de agosto a las 19:00 horas, en Cineplanet Costanera Center, será el turno de Gohan, un emotivo drama sobre un perro callejero que transforma la vida de tres familias a lo largo de diez años. La programación continuará el viernes 21 de agosto a las 19:00 horas, en Sala K de la Universidad Mayor, con Morte Cucina, thriller que mezcla gastronomía, misterio y humor negro; mientras que el sábado 22 de agosto a las 19:30 horas, en el mismo recinto, se presentará HEALS, documental dedicado a la trayectoria de Pangina Heals, una de las figuras drag más reconocidas de Asia. Ambas funciones son con entrada liberada y requieren inscripción previa.
En esta película finlandesa de Hanna Bergholm, el folk horror y el body horror se convierten en herramientas para explorar los temores, dolores y el agotamiento de la maternidad, en lo que puede leerse como una cruda metáfora de la depresión posparto. Saga ( Seidi Haarla) y su esposo Jon ( Rupert Grint) llegan desde Reino Unido a Finlandia para instalarse en la antigua casa de la abuela de ella, una vivienda abandonada en medio de un inquietante bosque donde Saga solía jugar durante su infancia. La pareja pretende renovar la casa y comenzar allí una nueva vida. Ambos parecen felices, aunque es evidente que Jon no está del todo convencido con el lugar. Sin embargo, está dispuesto a hacer el esfuerzo por complacer a su esposa. Con el nacimiento de su primer hijo, las cosas comienzan a cambiar. El bebé nace prematuramente, cubierto de vello y en condiciones que inmediatamente hacen sospechar a Saga que algo no está bien. Con el paso de los días y los meses, la madre comienza a notar comportamientos cada vez más extraños: el niño crece aceleradamente, se quema al entrar en contacto con el metal, tiene un comportamiento salvaje y parece preferir la sangre antes que la leche. Saga le teme. El niño la agota física y emocionalmente, y mientras ella parece comprender intuitivamente que algo ocurre con su hijo, nadie a su alrededor -ni su familia ni los médicos- parece percibir con la misma claridad esas anomalías. La incomprensión de su entorno termina profundizando aún más su deterioro emocional. A esto se suma el descubrimiento de que la propia Saga fue considerada una niña extraña durante su infancia. Es aquí donde la película comienza a mezclar la mitología del lugar con la maternidad, el agotamiento y la incomprensión, construyendo una criatura que puede ser entendida tanto como un verdadero monstruo como una representación de los miedos y angustias de una madre sobrepasada. “Engendro” avanza a un ritmo pausado, pero está salpicada de escenas de shock y gore que, por momentos, resultan tan perturbadoras como efectivas. La atmósfera inquietante y las interpretaciones dramáticas de sus protagonistas son algunos de sus principales aciertos, junto con una premisa que inicialmente resulta muy atractiva. Sin embargo, durante sus últimos 35 minutos la película comienza a perder el rumbo. La historia se vuelve confusa y, por momentos, excesivamente absurda. Por un lado tenemos a una Saga cada vez más delirante y errática; por otro, un entorno que parece inexplicablemente impasible ante situaciones que deberían resultar evidentes. La película comienza entonces a divagar hasta llegar a un desenlace que no termina de entregar coherencia a algunos de los conflictos planteados, especialmente en torno a la relación entre Saga y su hijo. Lo que inicialmente parecía una metáfora potente termina diluyéndose entre decisiones narrativas que hacen que el relato pierda fuerza precisamente cuando debería alcanzar su punto máximo. Oscura, angustiante y, en algunos instantes, incluso divertida, “Engendro” es una cinta con una muy buena idea y una atmósfera inquietante, pero que termina agotándose a medida que avanza, dejando la sensación de que había mucho más potencial detrás de su interesante premisa. En cines chilenos desde el 13 de agosto.
Hay algo profundamente extraño en El final de la calle Oak ( The End of Oak Street). Sobre el papel, la película parece tener una de esas premisas que nacen de una conversación absurda: ¿qué pasaría si una calle suburbana completa fuera arrancada de su lugar y trasladada, de alguna manera, hasta la época de los dinosaurios? Sin embargo, detrás de esa idea aparentemente disparatada hay una película mucho más interesada en recuperar una forma de hacer cine que parecía perdida. David Robert Mitchell, director de It Follows y Under the Silver Lake, toma como punto de partida el cine de aventuras y ciencia ficción que marcó buena parte del imaginario estadounidense de los años 80. El resultado parece, por momentos, una película salida directamente del universo de Amblin : barrios residenciales prácticamente perfectos, niños y adolescentes ocupando un lugar central, familias con problemas que deben volver a encontrarse y una amenaza extraordinaria que irrumpe en medio de una vida cotidiana reconocible. La familia Platt parece sacada de ese cine. Greg ( Ewan McGregor ) y Denise ( Anne Hathaway ) viven junto a sus dos hijos, Brian ( Christian Convery ) y Audrey ( Maisy Stella ), en un vecindario donde los conflictos iniciales son casi ridículamente mundanos: discusiones entre vecinos, problemas con el perro (un gran Starbucks) y pequeñas tensiones propias de una comunidad suburbana. Pero dentro de la casa las cosas son bastante más complicadas. Greg y Denise atraviesan una crisis matrimonial que amenaza con terminar en separación. Él intenta mantener a flote a su familia mientras enfrenta problemas laborales y económicos; ella, mientras tanto, escribe en secreto una novela inspirada en su propia vida, en la que incluso imagina abandonar a su familia. Antes de que puedan resolver sus problemas, una serie de extraños destellos de luz cambia completamente las reglas del juego. Oak Street es arrancada de la realidad que conocemos y trasladada a un mundo prehistórico. De pronto, aquello que parecía una historia familiar se transforma en una película de supervivencia. Y allí se vuelve mucho más divertida. Mitchell aprovecha su experiencia en el cine de terror para convertir a los dinosaurios en verdaderos monstruos. Aquí no estamos ante criaturas diseñadas solamente para provocar asombro. Son depredadores. Son rápidos, agresivos y, en varios momentos, francamente aterradores. El director utiliza el fuera de campo, la oscuridad, la pantalla dividida y el sonido para construir algunas de las mejores apariciones de las criaturas, antes de soltarlas sobre los personajes. Hay sustos bastante inteligentes, violencia inesperada y algunos momentos de gore que probablemente nadie esperaría encontrar en una película que, al menos durante sus primeros minutos, parece querer recuperar el espíritu de una aventura familiar ochentera. Mitchell entiende que el verdadero terror está en convertir aquello que conocemos en algo amenazante. Una calle residencial, una casa, un jardín o incluso una ventana dejan de ser espacios seguros cuando al otro lado puede aparecer un depredador prehistórico. En ese sentido, El final de la calle Oak se siente como si el Spielberg más aventurero y oscuro (de Poltergeist o Tiburón ) se encontrara con La Dimensión Desconocida . Incluso resulta inevitable pensar en episodios como “The Monsters Are Due on Maple Street” , donde una comunidad aparentemente perfecta comienza a desmoronarse cuando una amenaza inexplicable altera su realidad. Aquí ocurre algo parecido, solo que Mitchell sustituye la paranoia por dinosaurios. Y esa es probablemente la gran virtud de la película: no se trata solamente de una película de dinosaurios. Es una película sobre una familia que ya estaba fracturada antes de que aparecieran los dinosaurios. Ewan McGregor está especialmente bien como Greg. Su personaje no es el típico héroe de acción: es un hombre que intenta evitar el conflicto, conservar su trabajo y hacer lo necesario para mantener a su familia. Hathaway, en cambio, interpreta a una Denise mucho más determinada, una mujer que poco a poco toma las riendas de la situación. La dinámica entre ambos funciona precisamente porque existe una tensión previa entre ellos. Los hijos también cumplen bien su función, aunque encontré a Christian Convery más convincente que Maisy Stella. Audrey tiene algunos momentos en los que la interpretación se siente un poco más cargada de lo necesario, pero ambos personajes contribuyen a recuperar esa sensación de aventura juvenil que Mitchell parece perseguir. Y quizás lo más agradable sea que la película no se queda dando vueltas sobre su propia premisa. Dura apenas 99 minutos y se siente todavía más corta. Avanza con una velocidad sorprendente, pasa rápidamente de la comedia familiar al misterio, del misterio al terror y del terror a la aventura sin detenerse demasiado a explicar cada una de sus reglas. En defintiiva, en una época en la que buena parte del cine de gran presupuesto parece depender de franquicias, secuelas y universos compartidos, resulta refrescante encontrarse con una película que simplemente quiere contar una idea extraña y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Una película de dinosaurios, sí. Pero también una carta de amor a un tipo de cine que parecía haber desaparecido: aquel en que una familia podía vivir en el barrio más tranquilo de Estados Unidos y, de pronto, descubrir que el mundo entero se había convertido en una aventura. Simple, rápida, entretenida y mucho más extraña de lo que parece. Una de las sorpresas más agradables del cine de aventuras de este año. Ya disponible en cines chilenos.
El nuevo documental de Maite Alberdi , realizado en México, nos presenta una historia real que parece sacada de la más absurda ficción, pero que detrás de lo insólito revela un profundo drama humano, la presión social y familiar que puede existir en torno a la maternidad. “Un hijo propio” cuenta la historia de Alejandra Marín, una joven mexicana que, en 2009, fue acusada y posteriormente condenada por robar a una bebé recién nacida desde el Hospital General de México, lugar donde ella trabajaba. El caso se convirtió en uno de los hechos policiales más comentados de la época, pero detrás del delito existía una historia mucho más compleja. Y es precisamente esa dimensión humana la que Maite Alberdi y su equipo buscan explorar a través de una propuesta documental que combina de manera inteligente dramatización, entrevistas, imágenes de archivo y elementos de metacine. Durante la primera parte conocemos la historia desde la propia mirada de Alejandra, quien relata los acontecimientos que son recreados por actores. Es la versión que ella entrega de los hechos y de su propia vida, en un intento por comprender qué la llevó a cometer el delito y cuál era el contexto en el que se encontraba. La recreación tiene un tratamiento visual cálido, casi naif, cercano por momentos a un cuento o a un sueño de princesa. Una decisión estética que contrasta fuertemente con la gravedad de los acontecimientos que estamos conociendo. Alejandra había perdido tres embarazos y, en lugar de encontrar contención y apoyo frente a esas experiencias, se enfrentaba constantemente a nuevas exigencias para convertirse finalmente en madre. Después de su tercer aborto espontáneo, decide fingir un embarazo y consigue sostener esa mentira durante meses, convenciendo a su esposo, a su familia e incluso a sus compañeros de trabajo en el área de ginecología del hospital donde ocurrió el robo. Alejandra tenía todo planeado. Cuando llegara el día, el bebé de una joven madre soltera que conoció en el hospital -que no quería hacerse cargo de él- se lo entregaría sin pedir nada a cambio. Pero el documental da un giro cuando la versión de Alejandra comienza a contrastarse con la realidad expuesta por otros involucrados en el caso, documentos, imágenes de archivo y antecedentes judiciales. Es en ese momento cuando “Un hijo propio” deja de ser solamente la historia de una mujer que supuestamente cometió un delito y comienza a plantear preguntas mucho más incómodas sobre el contexto que rodeó los hechos. La película pone sobre la mesa la presión social sobre la maternidad, las consecuencias de una sociedad profundamente machista, las fallas de determinadas instituciones y, especialmente, la poca atención que muchas veces se presta a la salud mental. Aunque se trata de una historia ocurrida en México, las preguntas que plantea están lejos de ser exclusivas de ese país. Son problemáticas que pueden resultar reconocibles en buena parte de Latinoamérica, donde todavía existe una fuerte expectativa sobre lo que significa ser mujer y, especialmente, sobre la obligación de convertirse en madre. “Un hijo propio” es una película interesante y necesaria, muy bien construida, que transita por la compasión, la incredulidad, la rabia, el dolor y hasta algunos momentos de humor. Alberdi vuelve a demostrar su capacidad para acercarse a historias extraordinarias desde una perspectiva profundamente humana, evitando convertirlas simplemente en un espectáculo policial. La directora transforma una insólita noticia policial en un relato sobre personas, decisiones, presiones y consecuencias. Y lo hace utilizando distintos recursos narrativos y visuales que permiten que la historia se vaya revelando poco a poco, obligándonos también a cuestionar nuestras propias certezas. “Un hijo propio” llega a Netflix el 13 de agosto.
La cinta hispano-marroquíCalle Málaga, dirigida por Maryam Touzani, nos ofrece un drama que invita a reflexionar sobre el paso del tiempo, los recuerdos, la identidad y el respeto hacia los adultos mayores. Tánger, Marruecos, es una ciudad cosmopolita donde españoles y marroquíes conviven y comparten su cultura a diario. Es allí donde reside María Ángeles, una viuda de 79 años que vive sola en su casa. Todos sus vecinos la conocen, tiene su espacio en la comunidad y su hogar está lleno de recuerdos, después de todo, ha habitado en el durante 40 años. Un día, su única hija, Clara, a quien no ve hace tiempo, la visita desde Madrid, lo que le hace mucha ilusión. Sin embargo, la actitud amargada y distante de su primogénita la desconcierta. Finalmente, Clara revela que la intención de su viaje no es ver a su madre, sino vender la casa que su padre dejó a su nombre. La hija argumenta que necesita el dinero, ya que lo que gana no le alcanza para mantenerse con sus hijos ahora que está divorciada. Poco le importa su madre; solo piensa en sí misma y en su desesperación. Ante su negativa a dejar Tánger para mudarse a Madrid, María Ángeles es sacada de su casa y Clara la interna en una residencia para adultos mayores. Mientras tanto, la hija vende los muebles a un anticuario y comienza el proceso de venta del departamento a través de un corredor de propiedades. Con el paso de los días, María Ángeles extraña su barrio y sus cosas, y detesta que en la residencia la traten como a una persona incapacitada. Por ello, idea un plan para escapar sin que su hija se entere, instalarse en su casa hasta que llegue el nuevo dueño y recuperar sus pertenencias. En este proceso, su rutina toma un nuevo aire y descubre otra faceta de su existencia, marcada por el amor y la pasión, sentimientos que creía imposibles para su edad. Se trata de una película sencilla, sensible y muy humana. Sin grandes sobresaltos, nos obliga a mirar hacia la gente mayor, a validarla y a respetar su autonomía. Carmen Maura, en el papel de María Ángeles, es el gran motor de esta cinta, ofreciendo una tremenda interpretación de una mujer que lucha por su independencia y por hacer con su destino lo que desea. El filme también nos habla de las relaciones humanas en general y de la importancia de habitar un espacio amable que te haga sentir parte de una comunidad. Calle Málaga se encuentra disponible en salas de Cinépolis y Cinemark, además de El Biógrafo, Sala Nemesio, Cine Arte Normandie y Cine Arte Viña del Mar.
Ta Khon: The Cursed Mask dirigida por Puwadon Naosopa, fue la encargada de abrir en Santiago el Festival de Cine Tailandés 2026, iniciativa organizada por la Embajada de Tailandia para acercar al público chileno una muestra de la producción cinematográfica contemporánea del país. La cinta es una de las cuatro producciones seleccionadas para esta edición, junto a Gohan, Morte Cucina y el documental HEALS. Y vaya manera de comenzar. Sin saber prácticamente nada de la película antes de verla, lo primero que sorprende de Ta Khon es su intensidad. El cine tailandés tiene una particular manera de llevar las emociones y el terror al límite, y esta película no es precisamente tímida a la hora de hacerlo. La historia se desarrolla en una zona rural del noreste de Tailandia, donde una familia comienza a enfrentarse a una serie de acontecimientos inexplicables relacionados con una antigua creencia local. Después de la muerte del padre en circunstancias extrañas, Joy, el hijo mayor, deberá enfrentarse junto a su abuela y hermana pequeña a una supuesta maldición que, según las creencias del lugar, estaría relacionada con la construcción de un altar en terrenos sagrados. Todo esto ocurre en el contexto del Phi Ta Khon, una tradicional festividad de la localidad de Dan Sai, en la provincia de Loei, conocida por sus particulares máscaras, procesiones y elementos vinculados al mundo espiritual. La celebración combina tradiciones budistas, creencias populares y folclore local, convirtiéndose en un escenario perfecto para una película de terror. Pero la cinta no se limita a utilizar esta tradición como simple decoración. La película construye buena parte de su misterio alrededor de la pregunta fundamental: ¿estamos realmente frente a una maldición sobrenatural o existe una explicación para todo lo que está ocurriendo? Joy comienza a investigar los acontecimientos que afectan a su familia y, en el camino, se suman una periodista y su camarógrafo, quienes llegan al lugar para cubrir el festival. La investigación comienza entonces a abrir nuevas pistas y a conectar las muertes, las tradiciones locales y los secretos familiares. Es justamente ahí donde la película cambia de forma. Lo que comienza como una historia de terror sobrenatural va incorporando elementos de thriller y misterio, mientras el espectador empieza a cuestionar aquello que está viendo. La película juega constantemente con nuestra percepción y con la perspectiva de Joy, haciendo que nunca tengamos completa certeza de si estamos frente a una presencia sobrenatural, una manifestación de sus propios temores o algo mucho más concreto. Con algunos sustos particularmente efectivos —y extremadamente ruidosos—, buenas interpretaciones y una historia que mezcla folclore, misterio, humor y la importancia de mantenerse unidos frente a la adversidad, Ta Khon: The Cursed Mask fue una grata sorpresa. Una película intensa, entretenida y capaz de jugar con nuestras propias percepciones, que además permite acercarnos a una tradición cultural probablemente desconocida para buena parte del público chileno. Y si esta fue la primera muestra del festival, definitivamente quedan ganas de descubrir qué más tiene preparado el cine tailandés. El Festival continúa El Festival de Cine Tailandés 2026 continúa con tres propuestas que muestran la diversidad del cine contemporáneo del país. Este viernes 14 de agosto a las 19:00 horas, en Cineplanet Costanera Center, será el turno de Gohan, un emotivo drama sobre un perro callejero que transforma la vida de tres familias a lo largo de diez años. La programación continuará el viernes 21 de agosto a las 19:00 horas, en Sala K de la Universidad Mayor, con Morte Cucina, thriller que mezcla gastronomía, misterio y humor negro; mientras que el sábado 22 de agosto a las 19:30 horas, en el mismo recinto, se presentará HEALS, documental dedicado a la trayectoria de Pangina Heals, una de las figuras drag más reconocidas de Asia. Ambas funciones son con entrada liberada y requieren inscripción previa.
En esta película finlandesa de Hanna Bergholm, el folk horror y el body horror se convierten en herramientas para explorar los temores, dolores y el agotamiento de la maternidad, en lo que puede leerse como una cruda metáfora de la depresión posparto. Saga ( Seidi Haarla) y su esposo Jon ( Rupert Grint) llegan desde Reino Unido a Finlandia para instalarse en la antigua casa de la abuela de ella, una vivienda abandonada en medio de un inquietante bosque donde Saga solía jugar durante su infancia. La pareja pretende renovar la casa y comenzar allí una nueva vida. Ambos parecen felices, aunque es evidente que Jon no está del todo convencido con el lugar. Sin embargo, está dispuesto a hacer el esfuerzo por complacer a su esposa. Con el nacimiento de su primer hijo, las cosas comienzan a cambiar. El bebé nace prematuramente, cubierto de vello y en condiciones que inmediatamente hacen sospechar a Saga que algo no está bien. Con el paso de los días y los meses, la madre comienza a notar comportamientos cada vez más extraños: el niño crece aceleradamente, se quema al entrar en contacto con el metal, tiene un comportamiento salvaje y parece preferir la sangre antes que la leche. Saga le teme. El niño la agota física y emocionalmente, y mientras ella parece comprender intuitivamente que algo ocurre con su hijo, nadie a su alrededor -ni su familia ni los médicos- parece percibir con la misma claridad esas anomalías. La incomprensión de su entorno termina profundizando aún más su deterioro emocional. A esto se suma el descubrimiento de que la propia Saga fue considerada una niña extraña durante su infancia. Es aquí donde la película comienza a mezclar la mitología del lugar con la maternidad, el agotamiento y la incomprensión, construyendo una criatura que puede ser entendida tanto como un verdadero monstruo como una representación de los miedos y angustias de una madre sobrepasada. “Engendro” avanza a un ritmo pausado, pero está salpicada de escenas de shock y gore que, por momentos, resultan tan perturbadoras como efectivas. La atmósfera inquietante y las interpretaciones dramáticas de sus protagonistas son algunos de sus principales aciertos, junto con una premisa que inicialmente resulta muy atractiva. Sin embargo, durante sus últimos 35 minutos la película comienza a perder el rumbo. La historia se vuelve confusa y, por momentos, excesivamente absurda. Por un lado tenemos a una Saga cada vez más delirante y errática; por otro, un entorno que parece inexplicablemente impasible ante situaciones que deberían resultar evidentes. La película comienza entonces a divagar hasta llegar a un desenlace que no termina de entregar coherencia a algunos de los conflictos planteados, especialmente en torno a la relación entre Saga y su hijo. Lo que inicialmente parecía una metáfora potente termina diluyéndose entre decisiones narrativas que hacen que el relato pierda fuerza precisamente cuando debería alcanzar su punto máximo. Oscura, angustiante y, en algunos instantes, incluso divertida, “Engendro” es una cinta con una muy buena idea y una atmósfera inquietante, pero que termina agotándose a medida que avanza, dejando la sensación de que había mucho más potencial detrás de su interesante premisa. En cines chilenos desde el 13 de agosto.
Hay algo profundamente extraño en El final de la calle Oak ( The End of Oak Street). Sobre el papel, la película parece tener una de esas premisas que nacen de una conversación absurda: ¿qué pasaría si una calle suburbana completa fuera arrancada de su lugar y trasladada, de alguna manera, hasta la época de los dinosaurios? Sin embargo, detrás de esa idea aparentemente disparatada hay una película mucho más interesada en recuperar una forma de hacer cine que parecía perdida. David Robert Mitchell, director de It Follows y Under the Silver Lake, toma como punto de partida el cine de aventuras y ciencia ficción que marcó buena parte del imaginario estadounidense de los años 80. El resultado parece, por momentos, una película salida directamente del universo de Amblin : barrios residenciales prácticamente perfectos, niños y adolescentes ocupando un lugar central, familias con problemas que deben volver a encontrarse y una amenaza extraordinaria que irrumpe en medio de una vida cotidiana reconocible. La familia Platt parece sacada de ese cine. Greg ( Ewan McGregor ) y Denise ( Anne Hathaway ) viven junto a sus dos hijos, Brian ( Christian Convery ) y Audrey ( Maisy Stella ), en un vecindario donde los conflictos iniciales son casi ridículamente mundanos: discusiones entre vecinos, problemas con el perro (un gran Starbucks) y pequeñas tensiones propias de una comunidad suburbana. Pero dentro de la casa las cosas son bastante más complicadas. Greg y Denise atraviesan una crisis matrimonial que amenaza con terminar en separación. Él intenta mantener a flote a su familia mientras enfrenta problemas laborales y económicos; ella, mientras tanto, escribe en secreto una novela inspirada en su propia vida, en la que incluso imagina abandonar a su familia. Antes de que puedan resolver sus problemas, una serie de extraños destellos de luz cambia completamente las reglas del juego. Oak Street es arrancada de la realidad que conocemos y trasladada a un mundo prehistórico. De pronto, aquello que parecía una historia familiar se transforma en una película de supervivencia. Y allí se vuelve mucho más divertida. Mitchell aprovecha su experiencia en el cine de terror para convertir a los dinosaurios en verdaderos monstruos. Aquí no estamos ante criaturas diseñadas solamente para provocar asombro. Son depredadores. Son rápidos, agresivos y, en varios momentos, francamente aterradores. El director utiliza el fuera de campo, la oscuridad, la pantalla dividida y el sonido para construir algunas de las mejores apariciones de las criaturas, antes de soltarlas sobre los personajes. Hay sustos bastante inteligentes, violencia inesperada y algunos momentos de gore que probablemente nadie esperaría encontrar en una película que, al menos durante sus primeros minutos, parece querer recuperar el espíritu de una aventura familiar ochentera. Mitchell entiende que el verdadero terror está en convertir aquello que conocemos en algo amenazante. Una calle residencial, una casa, un jardín o incluso una ventana dejan de ser espacios seguros cuando al otro lado puede aparecer un depredador prehistórico. En ese sentido, El final de la calle Oak se siente como si el Spielberg más aventurero y oscuro (de Poltergeist o Tiburón ) se encontrara con La Dimensión Desconocida . Incluso resulta inevitable pensar en episodios como “The Monsters Are Due on Maple Street” , donde una comunidad aparentemente perfecta comienza a desmoronarse cuando una amenaza inexplicable altera su realidad. Aquí ocurre algo parecido, solo que Mitchell sustituye la paranoia por dinosaurios. Y esa es probablemente la gran virtud de la película: no se trata solamente de una película de dinosaurios. Es una película sobre una familia que ya estaba fracturada antes de que aparecieran los dinosaurios. Ewan McGregor está especialmente bien como Greg. Su personaje no es el típico héroe de acción: es un hombre que intenta evitar el conflicto, conservar su trabajo y hacer lo necesario para mantener a su familia. Hathaway, en cambio, interpreta a una Denise mucho más determinada, una mujer que poco a poco toma las riendas de la situación. La dinámica entre ambos funciona precisamente porque existe una tensión previa entre ellos. Los hijos también cumplen bien su función, aunque encontré a Christian Convery más convincente que Maisy Stella. Audrey tiene algunos momentos en los que la interpretación se siente un poco más cargada de lo necesario, pero ambos personajes contribuyen a recuperar esa sensación de aventura juvenil que Mitchell parece perseguir. Y quizás lo más agradable sea que la película no se queda dando vueltas sobre su propia premisa. Dura apenas 99 minutos y se siente todavía más corta. Avanza con una velocidad sorprendente, pasa rápidamente de la comedia familiar al misterio, del misterio al terror y del terror a la aventura sin detenerse demasiado a explicar cada una de sus reglas. En defintiiva, en una época en la que buena parte del cine de gran presupuesto parece depender de franquicias, secuelas y universos compartidos, resulta refrescante encontrarse con una película que simplemente quiere contar una idea extraña y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Una película de dinosaurios, sí. Pero también una carta de amor a un tipo de cine que parecía haber desaparecido: aquel en que una familia podía vivir en el barrio más tranquilo de Estados Unidos y, de pronto, descubrir que el mundo entero se había convertido en una aventura. Simple, rápida, entretenida y mucho más extraña de lo que parece. Una de las sorpresas más agradables del cine de aventuras de este año. Ya disponible en cines chilenos.
El nuevo documental de Maite Alberdi , realizado en México, nos presenta una historia real que parece sacada de la más absurda ficción, pero que detrás de lo insólito revela un profundo drama humano, la presión social y familiar que puede existir en torno a la maternidad. “Un hijo propio” cuenta la historia de Alejandra Marín, una joven mexicana que, en 2009, fue acusada y posteriormente condenada por robar a una bebé recién nacida desde el Hospital General de México, lugar donde ella trabajaba. El caso se convirtió en uno de los hechos policiales más comentados de la época, pero detrás del delito existía una historia mucho más compleja. Y es precisamente esa dimensión humana la que Maite Alberdi y su equipo buscan explorar a través de una propuesta documental que combina de manera inteligente dramatización, entrevistas, imágenes de archivo y elementos de metacine. Durante la primera parte conocemos la historia desde la propia mirada de Alejandra, quien relata los acontecimientos que son recreados por actores. Es la versión que ella entrega de los hechos y de su propia vida, en un intento por comprender qué la llevó a cometer el delito y cuál era el contexto en el que se encontraba. La recreación tiene un tratamiento visual cálido, casi naif, cercano por momentos a un cuento o a un sueño de princesa. Una decisión estética que contrasta fuertemente con la gravedad de los acontecimientos que estamos conociendo. Alejandra había perdido tres embarazos y, en lugar de encontrar contención y apoyo frente a esas experiencias, se enfrentaba constantemente a nuevas exigencias para convertirse finalmente en madre. Después de su tercer aborto espontáneo, decide fingir un embarazo y consigue sostener esa mentira durante meses, convenciendo a su esposo, a su familia e incluso a sus compañeros de trabajo en el área de ginecología del hospital donde ocurrió el robo. Alejandra tenía todo planeado. Cuando llegara el día, el bebé de una joven madre soltera que conoció en el hospital -que no quería hacerse cargo de él- se lo entregaría sin pedir nada a cambio. Pero el documental da un giro cuando la versión de Alejandra comienza a contrastarse con la realidad expuesta por otros involucrados en el caso, documentos, imágenes de archivo y antecedentes judiciales. Es en ese momento cuando “Un hijo propio” deja de ser solamente la historia de una mujer que supuestamente cometió un delito y comienza a plantear preguntas mucho más incómodas sobre el contexto que rodeó los hechos. La película pone sobre la mesa la presión social sobre la maternidad, las consecuencias de una sociedad profundamente machista, las fallas de determinadas instituciones y, especialmente, la poca atención que muchas veces se presta a la salud mental. Aunque se trata de una historia ocurrida en México, las preguntas que plantea están lejos de ser exclusivas de ese país. Son problemáticas que pueden resultar reconocibles en buena parte de Latinoamérica, donde todavía existe una fuerte expectativa sobre lo que significa ser mujer y, especialmente, sobre la obligación de convertirse en madre. “Un hijo propio” es una película interesante y necesaria, muy bien construida, que transita por la compasión, la incredulidad, la rabia, el dolor y hasta algunos momentos de humor. Alberdi vuelve a demostrar su capacidad para acercarse a historias extraordinarias desde una perspectiva profundamente humana, evitando convertirlas simplemente en un espectáculo policial. La directora transforma una insólita noticia policial en un relato sobre personas, decisiones, presiones y consecuencias. Y lo hace utilizando distintos recursos narrativos y visuales que permiten que la historia se vaya revelando poco a poco, obligándonos también a cuestionar nuestras propias certezas. “Un hijo propio” llega a Netflix el 13 de agosto.