El cine perdió hoy a uno de sus intérpretes más formidables. Robert Duvall falleció a los 95 años este 15 de febrero de 2026. Su esposa, Luciana Duvall, confirmó que murió pacíficamente en su hogar en Middleburg, Virginia, acompañado de su familia. Con él se va uno de los últimos gigantes del Hollywood clásico, un actor que atravesó más de siete décadas de historia del cine sin perder nunca rigor, verdad ni presencia. Duvall fue, probablemente, el actor más versátil de su generación. Su carrera es una lección de amplitud y profundidad interpretativa. Fue el sobrio y leal Tom Hagen en The Godfather, el inolvidable teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now, y el misterioso Boo Radley en To Kill a Mockingbird. En cada uno de esos papeles -tan distintos entre sí- construyó personajes que hoy forman parte del imaginario colectivo del cine moderno. Pero su grandeza no se limita a esos títulos monumentales. Fue el villano Ned Pepper en True Grit, participó en la ciencia ficción distópica de THX 1138, y dejó huella en el western clásico con Lawman. En los años setenta se movió con naturalidad por el thriller y el cine urbano en películas como Badge 373 y The Outfit, y fue parte del elenco de Network, una de las sátiras más feroces sobre los medios de comunicación. Incluso en un breve pero inquietante cameo en Invasion of the Body Snatchers demostró que no necesitaba mucho tiempo en pantalla para dejar marca. En 1983 alcanzó el reconocimiento máximo de la Academia al ganar el Oscar por Tender Mercies, donde interpretó a un cantante de country en busca de redención. Fue una actuación de una honestidad conmovedora, sostenida en silencios y fragilidad, y en la que además cantó él mismo, aportando una autenticidad poco común. Si hubo un territorio donde Duvall se sintió especialmente en casa fue el western. Su amor por el género fue constante y profundo, y encontró una de sus cumbres en la miniserie Lonesome Dove, donde encarnó a Augustus “Gus” McCrae. Para muchos, se trata de uno de los grandes westerns jamás realizados, y la interpretación de Duvall es central en esa grandeza: carismática, melancólica y profundamente humana. A lo largo de su carrera encarnó al vaquero no como caricatura, sino como figura compleja, atravesada por el tiempo y la memoria. Robert Duvall no fue un actor de excesos ni de gestos grandilocuentes. Su fuerza estaba en la contención, en la mirada, en la precisión. Podía ser protagonista o secundario y aun así dominar la escena con una autoridad silenciosa. Entendía la actuación como oficio, como disciplina, como una búsqueda constante de verdad. Con su partida, el cine pierde a uno de sus intérpretes más completos. Su legado, sin embargo, permanece intacto en una filmografía sólida y diversa que seguirá dialogando con nuevas generaciones. Hoy el mundo del cine es un poco más pequeño, pero su presencia seguirá viva cada vez que una pantalla vuelva a iluminarse con alguno de sus personajes.
La ciencia ficción latinoamericana rara vez apuesta por lo espectacular. Y eso, en el caso deUn Futuro Brillante, es su mayor fortaleza. La directora Lucía Garibaldi construye una distopía minimalista, casi desnuda: no hay grandes efectos, no hay arquitectura futurista deslumbrante. Hay silencios. Hay miradas. Hay un mundo gris donde las hormigas son plaga, los perros y los pájaros se extinguieron y la sociedad se organiza según el coeficiente intelectual. Los más talentosos son enviados a un lugar idealizado llamado “El Norte”. Elisa ( Martina Passeggi) es una de las elegidas. Lo interesante es que el conflicto no nace de una rebelión espectacular contra el sistema, sino de algo más íntimo: la sospecha. La duda. La incomodidad frente a un destino que todos consideran un privilegio. Su hermana ya está en el Norte, absorbida por el trabajo, cada vez más distante. Su madre sueña con ascender. Pero Elisa comienza a preguntarse si esa promesa no es, en realidad, una forma elegante de control. Garibaldi -junto a Federico Alvarado en el guion- opta por una construcción sutil del mundo. Todo se explica a través de pequeños diálogos y detalles cotidianos. La distopía no grita: susurra. Y eso la vuelve inquietante. Hay una línea temática muy potente: la juventud como mercancía. En este mundo, lo joven es valor de cambio, promesa de progreso, objeto de deseo. La protagonista incluso planea vender su propio olor a hombres mayores como una forma de conseguir dinero. El cuerpo joven como capital. Como recurso explotable. En ese sentido, la película dialoga con la ciencia ficción clásica más conceptual, desde la frialdad burocrática de THX 1138 hasta la alienación urbana de Blade Runner, e incluso con la amenaza biológica y simbólica de Phase IV. Pero lo hace desde un registro íntimo y rioplatense. Visualmente, la fotografía de Arauco Hernández apuesta por tonos pastel y una estética limpia que refuerza la sensación de normalidad artificial. Nada parece brutal, pero todo es opresivo. Y quizás ahí está lo más interesante: la violencia del sistema no es explícita. Está interiorizada. Nadie obliga a Elisa a ir al Norte con armas. La presión es cultural, emocional, casi invisible. Como muchas de las exigencias que nuestra propia sociedad impone sobre los jóvenes. Un Futuro Brillante no es una distopía de grandes giros, sino de preguntas incómodas: ¿Ser joven es ser libre o ser útil? ¿Elegimos nuestro destino o simplemente aceptamos el que nos ofrecen? Es una obra sobria, pequeña en escala, pero grande en ideas. Verla al aire libre en el Centro de Cine y Creación (ubicaco en Raulí 581, Santiago) le dio un marco especial: una película sobre control y futuro proyectada bajo el cielo, frente a una comunidad que todavía cree en el cine como espacio de reflexión colectiva. Para quienes deseen verla, se exhibirá nuevamente el 20 de febrero en el microcine del CCC. Las entradas valen $4.000. Y ojo, que en marzo la película del mes será la colombiana Un Poeta.
Tom Hanks y Meg Ryan fueron dos de las más grandes estrellas de Hollywood durante la década de los noventa, por lo tanto, verlos juntos en la pantalla grande era un verdadero deleite. La directora Nora Ephron fue la encargada de reunirlos en 1993 -por segunda vez, y luego lo haría una tercera-en una película muy especial que, si bien tiene comedia, también está cargada de romance a la antigua y de personajes comunes intentando ser felices. Se trata de Sleepless in Seattle, conocida en Latinoamérica comoSintonía de Amor. Sam Baldwin (Hanks) es un arquitecto devastado por la muerte de su esposa que vive en Seattle. Su hijo Jonah ( Ross Malinger) es su gran motor para seguir adelante, junto al apoyo de una pareja amiga. Sin embargo, con el paso del tiempo la tristeza de Sam persiste, y el niño siente que quizá su padre necesita una nueva mujer que le devuelva la alegría. Paralelamente, en Baltimore, vive Annie (Ryan), una mujer algo acelerada, comprometida con Walter ( Bill Pullman), un hombre noble y correcto que ha sido su novio durante años. La noche de Navidad, Jonah llama a escondidas a un programa radial de consejos y cuenta la historia de su papá, lo que causa furor entre las auditoras. Cuando Sam lo descubre se molesta, pero finalmente accede a hablar al aire sobre su dolor. Al otro lado del país, Annie escucha el relato y queda profundamente conmovida. Se siente atraída por la idea de un hombre que aún ama a su esposa incluso después de su muerte. Ellos no se conocen, pero ella siente que ya ha visto su alma, por lo que comienza a cuestionar su relación con Walter, que parece ser más costumbre que otra cosa. Así nace un amor platónico que crece sin parar para Annie, mientras el hijo cupido solo quiere ver feliz a su padre y parece encontrar en ella las cualidades necesarias, esto después de recibir una carta de la mujer. Por su parte, Sam intenta sobrevivir al duelo, tratando de abrir nuevamente su corazón al amor, pero no cree en los métodos y conclusiones de Jonah. Es una historia hermosa y luminosa sobre la esperanza y sobre las múltiples formas del amor. Una película que invita a creer que siempre hay alguien para ti y que, si tiene que concretarse, contra todo pronóstico, se concretará. Sintonía de Amor obtuvo varias nominaciones a premios, incluyendo Mejor Guion y Mejor Canción en los Oscar. Muchos creen que es un remake de Algo para recordar 1957, pero no es así. La película de Ephron incluye guiños directos a ese clásico romántico -e incluso en España fue titulada de la misma manera- reforzando su espíritu nostálgico y su amor por las grandes historias románticas del cine.
Llegó a la cartelera nacional Palestina 36 , la nueva película de la directora palestina Annemarie Jacir (Invitación de boda). Este drama histórico se estrenó a nivel mundial en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) en septiembre pasado, donde recibió una ovación de 20 minutos. Se trata de una producción que, más allá de los conflictos y las diferencias, nos recuerda que somos humanos: sentimos, amamos, creemos y tenemos tradiciones profundamente arraigadas. Palestina 36 recrea la revuelta palestina ocurrida entre 1936 y 1939 contra el Mandato Británico, uno de los levantamientos anticoloniales más grandes y prolongados del Imperio Británico. Es un momento histórico fundamental para conocer y comprender el complejo y doloroso conflicto que hasta hoy marca a Palestina e Israel (y al mundo entero también). En el largometraje conocemos a Yusuf, un joven trabajador que transita entre su poblado rural y la convulsionada Jerusalén, donde trabaja para una familia adinerada, conocemos su entorno en cada una de sus facetas y se profundiza en algunas de las personas que forman parte de su círculo. Todo ocurre mientras el país se ve sacudido por la llegada constante de judíos que huyen del antisemitismo europeo y por el creciente levantamiento palestino contra tres décadas de dominio británico. En ese escenario de tensiones políticas y sociales, los distintos bandos avanzan hacia un enfrentamiento decisivo que marcará el futuro del territorio. La película muestra cómo los nuevos asentamientos judíos se expanden con la venia de las autoridades británicas, que consideran esta política como una solución estratégica, sin dimensionar -o sin importarles- las profundas diferencias culturales, sociales y territoriales existentes, ni el impacto que esto tiene en familias completas que comienzan a quedar a la deriva. Jacir construye un retrato crudo y profundamente humano de la época. El foco, más que en el conflicto armado en sí, está puesto en las personas, en su forma de sentir y actuar, en el sentido de familia, de comunidad y de pertenencia que comienza a ser amenazado y arrebatado. Es una película que no se puede mirar con indiferencia. Sus paisajes son tan hermosos como dolorosos, y su narrativa directa, con imágenes que por momentos evocan el lenguaje documental, refuerza la sensación de estar frente a una historia que, aunque recreada desde la ficción, dialoga con una realidad persistente. Una obra intensa y necesaria que invita a reflexionar, entendiendo que toda historia tiene múltiples aristas, luces y sombras, y que detrás de los grandes conflictos siempre hay vidas humanas marcadas para siempre.
Si quieres celebrar el Día de los Enamorados viendo una película romántica bien construida, con personajes inolvidables, música envolvente, paisajes espectaculares y diálogos llenos de ingenio, “Orgullo y prejuicio” (2005) es la cinta que estás buscando. Esta aclamada adaptación de la novela de Jane Austen nos transporta a la Inglaterra de 1813 para contar la historia de la audaz Elizabeth Bennet ( Keira Knightley) y del reservado, pero aparentemente arrogante, señor Darcy ( Matthew Macfadyen) . Los protagonistas se conocen en una fiesta. Allí sus miradas se cruzan mientras bailan. Inmediatamente se crea una conexión entre ellos, pero ninguno lo reconoce, porque se dejan llevar por las diferencias de clase, los malentendidos y sus propios prejuicios, de ahí el título de la cinta. La escena del baile es famosa, porque se usó una técnica cinematográfica que hace que el resto de los invitados desaparezcan visualmente para enfatizar que, en ese momento, solo existen ellos. Aquí lo que no se dicen con palabras lo trasmiten con los ojos. Paralelamente, la dulce Jane Bennet, hermana de Lizzie, vive un encuentro más sereno con el señor Bingley, amigo de Darcy. La madre de las jóvenes se entusiasma al verlas bailar con estos apuestos y adinerados caballeros, ya que su objetivo es asegurarles un buen futuro a sus cinco hijas, dado que su familia no tiene un buen pasar. En este momento un malentendido genera tensión entre los protagonistas: el señor Darcy cree que a Jane no le interesa Bingley, por eso, se distancia de la familia Bennet para que su amigo no sufra. A su vez Lizzie piensa que Darcy se entrometió en la relación de su hermana. Pero estas confusiones no logran que los sentimientos de ambos desaparezcan. Más adelante, el señor Darcy deja su orgullo de lado y le declara su amor a Lizzie. Después de reprocharle un montón de cuestiones, ella lo rechaza. Esta escena bajo la lluvia es una de las más recordadas. Con el paso del tiempo ambos se conocen mejor y se dan cuentan cuán equivocados estaban. Mientras tanto, la protagonista recibe propuestas de matrimonio de otros hombres, y no las acepta, porque no siente nada por ellos. Sin duda, Lizzie era una mujer adelantada a su época, ya que cualquiera hubiese dicho que sí por las presiones de la sociedad. Al final, Elizabeth y Darcy superan sus malentendidos y sellan su amor en una emotiva escena bajo la niebla. “Orgullo y prejuicio” es una cinta llena de romanticismo que recuerda que vale la pena luchar por el verdadero amor y que este requiere humildad, sinceridad y valentía. Al principio la mayoría de los espectadores odian al señor Darcy, pero hay un desarrollo tan bueno del personaje, que gran parte lo termina amando. Definitivamente, es una película que te hará suspirar de amor, y que elevará tus expectativas. Probablemente por esto, una usuaria de Netflix la ha visto más de 200 veces.
El cine perdió hoy a uno de sus intérpretes más formidables. Robert Duvall falleció a los 95 años este 15 de febrero de 2026. Su esposa, Luciana Duvall, confirmó que murió pacíficamente en su hogar en Middleburg, Virginia, acompañado de su familia. Con él se va uno de los últimos gigantes del Hollywood clásico, un actor que atravesó más de siete décadas de historia del cine sin perder nunca rigor, verdad ni presencia. Duvall fue, probablemente, el actor más versátil de su generación. Su carrera es una lección de amplitud y profundidad interpretativa. Fue el sobrio y leal Tom Hagen en The Godfather, el inolvidable teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now, y el misterioso Boo Radley en To Kill a Mockingbird. En cada uno de esos papeles -tan distintos entre sí- construyó personajes que hoy forman parte del imaginario colectivo del cine moderno. Pero su grandeza no se limita a esos títulos monumentales. Fue el villano Ned Pepper en True Grit, participó en la ciencia ficción distópica de THX 1138, y dejó huella en el western clásico con Lawman. En los años setenta se movió con naturalidad por el thriller y el cine urbano en películas como Badge 373 y The Outfit, y fue parte del elenco de Network, una de las sátiras más feroces sobre los medios de comunicación. Incluso en un breve pero inquietante cameo en Invasion of the Body Snatchers demostró que no necesitaba mucho tiempo en pantalla para dejar marca. En 1983 alcanzó el reconocimiento máximo de la Academia al ganar el Oscar por Tender Mercies, donde interpretó a un cantante de country en busca de redención. Fue una actuación de una honestidad conmovedora, sostenida en silencios y fragilidad, y en la que además cantó él mismo, aportando una autenticidad poco común. Si hubo un territorio donde Duvall se sintió especialmente en casa fue el western. Su amor por el género fue constante y profundo, y encontró una de sus cumbres en la miniserie Lonesome Dove, donde encarnó a Augustus “Gus” McCrae. Para muchos, se trata de uno de los grandes westerns jamás realizados, y la interpretación de Duvall es central en esa grandeza: carismática, melancólica y profundamente humana. A lo largo de su carrera encarnó al vaquero no como caricatura, sino como figura compleja, atravesada por el tiempo y la memoria. Robert Duvall no fue un actor de excesos ni de gestos grandilocuentes. Su fuerza estaba en la contención, en la mirada, en la precisión. Podía ser protagonista o secundario y aun así dominar la escena con una autoridad silenciosa. Entendía la actuación como oficio, como disciplina, como una búsqueda constante de verdad. Con su partida, el cine pierde a uno de sus intérpretes más completos. Su legado, sin embargo, permanece intacto en una filmografía sólida y diversa que seguirá dialogando con nuevas generaciones. Hoy el mundo del cine es un poco más pequeño, pero su presencia seguirá viva cada vez que una pantalla vuelva a iluminarse con alguno de sus personajes.
La ciencia ficción latinoamericana rara vez apuesta por lo espectacular. Y eso, en el caso deUn Futuro Brillante, es su mayor fortaleza. La directora Lucía Garibaldi construye una distopía minimalista, casi desnuda: no hay grandes efectos, no hay arquitectura futurista deslumbrante. Hay silencios. Hay miradas. Hay un mundo gris donde las hormigas son plaga, los perros y los pájaros se extinguieron y la sociedad se organiza según el coeficiente intelectual. Los más talentosos son enviados a un lugar idealizado llamado “El Norte”. Elisa ( Martina Passeggi) es una de las elegidas. Lo interesante es que el conflicto no nace de una rebelión espectacular contra el sistema, sino de algo más íntimo: la sospecha. La duda. La incomodidad frente a un destino que todos consideran un privilegio. Su hermana ya está en el Norte, absorbida por el trabajo, cada vez más distante. Su madre sueña con ascender. Pero Elisa comienza a preguntarse si esa promesa no es, en realidad, una forma elegante de control. Garibaldi -junto a Federico Alvarado en el guion- opta por una construcción sutil del mundo. Todo se explica a través de pequeños diálogos y detalles cotidianos. La distopía no grita: susurra. Y eso la vuelve inquietante. Hay una línea temática muy potente: la juventud como mercancía. En este mundo, lo joven es valor de cambio, promesa de progreso, objeto de deseo. La protagonista incluso planea vender su propio olor a hombres mayores como una forma de conseguir dinero. El cuerpo joven como capital. Como recurso explotable. En ese sentido, la película dialoga con la ciencia ficción clásica más conceptual, desde la frialdad burocrática de THX 1138 hasta la alienación urbana de Blade Runner, e incluso con la amenaza biológica y simbólica de Phase IV. Pero lo hace desde un registro íntimo y rioplatense. Visualmente, la fotografía de Arauco Hernández apuesta por tonos pastel y una estética limpia que refuerza la sensación de normalidad artificial. Nada parece brutal, pero todo es opresivo. Y quizás ahí está lo más interesante: la violencia del sistema no es explícita. Está interiorizada. Nadie obliga a Elisa a ir al Norte con armas. La presión es cultural, emocional, casi invisible. Como muchas de las exigencias que nuestra propia sociedad impone sobre los jóvenes. Un Futuro Brillante no es una distopía de grandes giros, sino de preguntas incómodas: ¿Ser joven es ser libre o ser útil? ¿Elegimos nuestro destino o simplemente aceptamos el que nos ofrecen? Es una obra sobria, pequeña en escala, pero grande en ideas. Verla al aire libre en el Centro de Cine y Creación (ubicaco en Raulí 581, Santiago) le dio un marco especial: una película sobre control y futuro proyectada bajo el cielo, frente a una comunidad que todavía cree en el cine como espacio de reflexión colectiva. Para quienes deseen verla, se exhibirá nuevamente el 20 de febrero en el microcine del CCC. Las entradas valen $4.000. Y ojo, que en marzo la película del mes será la colombiana Un Poeta.
Tom Hanks y Meg Ryan fueron dos de las más grandes estrellas de Hollywood durante la década de los noventa, por lo tanto, verlos juntos en la pantalla grande era un verdadero deleite. La directora Nora Ephron fue la encargada de reunirlos en 1993 -por segunda vez, y luego lo haría una tercera-en una película muy especial que, si bien tiene comedia, también está cargada de romance a la antigua y de personajes comunes intentando ser felices. Se trata de Sleepless in Seattle, conocida en Latinoamérica comoSintonía de Amor. Sam Baldwin (Hanks) es un arquitecto devastado por la muerte de su esposa que vive en Seattle. Su hijo Jonah ( Ross Malinger) es su gran motor para seguir adelante, junto al apoyo de una pareja amiga. Sin embargo, con el paso del tiempo la tristeza de Sam persiste, y el niño siente que quizá su padre necesita una nueva mujer que le devuelva la alegría. Paralelamente, en Baltimore, vive Annie (Ryan), una mujer algo acelerada, comprometida con Walter ( Bill Pullman), un hombre noble y correcto que ha sido su novio durante años. La noche de Navidad, Jonah llama a escondidas a un programa radial de consejos y cuenta la historia de su papá, lo que causa furor entre las auditoras. Cuando Sam lo descubre se molesta, pero finalmente accede a hablar al aire sobre su dolor. Al otro lado del país, Annie escucha el relato y queda profundamente conmovida. Se siente atraída por la idea de un hombre que aún ama a su esposa incluso después de su muerte. Ellos no se conocen, pero ella siente que ya ha visto su alma, por lo que comienza a cuestionar su relación con Walter, que parece ser más costumbre que otra cosa. Así nace un amor platónico que crece sin parar para Annie, mientras el hijo cupido solo quiere ver feliz a su padre y parece encontrar en ella las cualidades necesarias, esto después de recibir una carta de la mujer. Por su parte, Sam intenta sobrevivir al duelo, tratando de abrir nuevamente su corazón al amor, pero no cree en los métodos y conclusiones de Jonah. Es una historia hermosa y luminosa sobre la esperanza y sobre las múltiples formas del amor. Una película que invita a creer que siempre hay alguien para ti y que, si tiene que concretarse, contra todo pronóstico, se concretará. Sintonía de Amor obtuvo varias nominaciones a premios, incluyendo Mejor Guion y Mejor Canción en los Oscar. Muchos creen que es un remake de Algo para recordar 1957, pero no es así. La película de Ephron incluye guiños directos a ese clásico romántico -e incluso en España fue titulada de la misma manera- reforzando su espíritu nostálgico y su amor por las grandes historias románticas del cine.
Llegó a la cartelera nacional Palestina 36 , la nueva película de la directora palestina Annemarie Jacir (Invitación de boda). Este drama histórico se estrenó a nivel mundial en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) en septiembre pasado, donde recibió una ovación de 20 minutos. Se trata de una producción que, más allá de los conflictos y las diferencias, nos recuerda que somos humanos: sentimos, amamos, creemos y tenemos tradiciones profundamente arraigadas. Palestina 36 recrea la revuelta palestina ocurrida entre 1936 y 1939 contra el Mandato Británico, uno de los levantamientos anticoloniales más grandes y prolongados del Imperio Británico. Es un momento histórico fundamental para conocer y comprender el complejo y doloroso conflicto que hasta hoy marca a Palestina e Israel (y al mundo entero también). En el largometraje conocemos a Yusuf, un joven trabajador que transita entre su poblado rural y la convulsionada Jerusalén, donde trabaja para una familia adinerada, conocemos su entorno en cada una de sus facetas y se profundiza en algunas de las personas que forman parte de su círculo. Todo ocurre mientras el país se ve sacudido por la llegada constante de judíos que huyen del antisemitismo europeo y por el creciente levantamiento palestino contra tres décadas de dominio británico. En ese escenario de tensiones políticas y sociales, los distintos bandos avanzan hacia un enfrentamiento decisivo que marcará el futuro del territorio. La película muestra cómo los nuevos asentamientos judíos se expanden con la venia de las autoridades británicas, que consideran esta política como una solución estratégica, sin dimensionar -o sin importarles- las profundas diferencias culturales, sociales y territoriales existentes, ni el impacto que esto tiene en familias completas que comienzan a quedar a la deriva. Jacir construye un retrato crudo y profundamente humano de la época. El foco, más que en el conflicto armado en sí, está puesto en las personas, en su forma de sentir y actuar, en el sentido de familia, de comunidad y de pertenencia que comienza a ser amenazado y arrebatado. Es una película que no se puede mirar con indiferencia. Sus paisajes son tan hermosos como dolorosos, y su narrativa directa, con imágenes que por momentos evocan el lenguaje documental, refuerza la sensación de estar frente a una historia que, aunque recreada desde la ficción, dialoga con una realidad persistente. Una obra intensa y necesaria que invita a reflexionar, entendiendo que toda historia tiene múltiples aristas, luces y sombras, y que detrás de los grandes conflictos siempre hay vidas humanas marcadas para siempre.
Si quieres celebrar el Día de los Enamorados viendo una película romántica bien construida, con personajes inolvidables, música envolvente, paisajes espectaculares y diálogos llenos de ingenio, “Orgullo y prejuicio” (2005) es la cinta que estás buscando. Esta aclamada adaptación de la novela de Jane Austen nos transporta a la Inglaterra de 1813 para contar la historia de la audaz Elizabeth Bennet ( Keira Knightley) y del reservado, pero aparentemente arrogante, señor Darcy ( Matthew Macfadyen) . Los protagonistas se conocen en una fiesta. Allí sus miradas se cruzan mientras bailan. Inmediatamente se crea una conexión entre ellos, pero ninguno lo reconoce, porque se dejan llevar por las diferencias de clase, los malentendidos y sus propios prejuicios, de ahí el título de la cinta. La escena del baile es famosa, porque se usó una técnica cinematográfica que hace que el resto de los invitados desaparezcan visualmente para enfatizar que, en ese momento, solo existen ellos. Aquí lo que no se dicen con palabras lo trasmiten con los ojos. Paralelamente, la dulce Jane Bennet, hermana de Lizzie, vive un encuentro más sereno con el señor Bingley, amigo de Darcy. La madre de las jóvenes se entusiasma al verlas bailar con estos apuestos y adinerados caballeros, ya que su objetivo es asegurarles un buen futuro a sus cinco hijas, dado que su familia no tiene un buen pasar. En este momento un malentendido genera tensión entre los protagonistas: el señor Darcy cree que a Jane no le interesa Bingley, por eso, se distancia de la familia Bennet para que su amigo no sufra. A su vez Lizzie piensa que Darcy se entrometió en la relación de su hermana. Pero estas confusiones no logran que los sentimientos de ambos desaparezcan. Más adelante, el señor Darcy deja su orgullo de lado y le declara su amor a Lizzie. Después de reprocharle un montón de cuestiones, ella lo rechaza. Esta escena bajo la lluvia es una de las más recordadas. Con el paso del tiempo ambos se conocen mejor y se dan cuentan cuán equivocados estaban. Mientras tanto, la protagonista recibe propuestas de matrimonio de otros hombres, y no las acepta, porque no siente nada por ellos. Sin duda, Lizzie era una mujer adelantada a su época, ya que cualquiera hubiese dicho que sí por las presiones de la sociedad. Al final, Elizabeth y Darcy superan sus malentendidos y sellan su amor en una emotiva escena bajo la niebla. “Orgullo y prejuicio” es una cinta llena de romanticismo que recuerda que vale la pena luchar por el verdadero amor y que este requiere humildad, sinceridad y valentía. Al principio la mayoría de los espectadores odian al señor Darcy, pero hay un desarrollo tan bueno del personaje, que gran parte lo termina amando. Definitivamente, es una película que te hará suspirar de amor, y que elevará tus expectativas. Probablemente por esto, una usuaria de Netflix la ha visto más de 200 veces.