Hay algo profundamente extraño en El final de la calle Oak ( The End of Oak Street). Sobre el papel, la película parece tener una de esas premisas que nacen de una conversación absurda: ¿qué pasaría si una calle suburbana completa fuera arrancada de su lugar y trasladada, de alguna manera, hasta la época de los dinosaurios? Sin embargo, detrás de esa idea aparentemente disparatada hay una película mucho más interesada en recuperar una forma de hacer cine que parecía perdida. David Robert Mitchell, director de It Follows y Under the Silver Lake, toma como punto de partida el cine de aventuras y ciencia ficción que marcó buena parte del imaginario estadounidense de los años 80. El resultado parece, por momentos, una película salida directamente del universo de Amblin : barrios residenciales prácticamente perfectos, niños y adolescentes ocupando un lugar central, familias con problemas que deben volver a encontrarse y una amenaza extraordinaria que irrumpe en medio de una vida cotidiana reconocible. La familia Platt parece sacada de ese cine. Greg ( Ewan McGregor ) y Denise ( Anne Hathaway ) viven junto a sus dos hijos, Brian ( Christian Convery ) y Audrey ( Maisy Stella ), en un vecindario donde los conflictos iniciales son casi ridículamente mundanos: discusiones entre vecinos, problemas con el perro (un gran Starbucks) y pequeñas tensiones propias de una comunidad suburbana. Pero dentro de la casa las cosas son bastante más complicadas. Greg y Denise atraviesan una crisis matrimonial que amenaza con terminar en separación. Él intenta mantener a flote a su familia mientras enfrenta problemas laborales y económicos; ella, mientras tanto, escribe en secreto una novela inspirada en su propia vida, en la que incluso imagina abandonar a su familia. Antes de que puedan resolver sus problemas, una serie de extraños destellos de luz cambia completamente las reglas del juego. Oak Street es arrancada de la realidad que conocemos y trasladada a un mundo prehistórico. De pronto, aquello que parecía una historia familiar se transforma en una película de supervivencia. Y allí se vuelve mucho más divertida. Mitchell aprovecha su experiencia en el cine de terror para convertir a los dinosaurios en verdaderos monstruos. Aquí no estamos ante criaturas diseñadas solamente para provocar asombro. Son depredadores. Son rápidos, agresivos y, en varios momentos, francamente aterradores. El director utiliza el fuera de campo, la oscuridad, la pantalla dividida y el sonido para construir algunas de las mejores apariciones de las criaturas, antes de soltarlas sobre los personajes. Hay sustos bastante inteligentes, violencia inesperada y algunos momentos de gore que probablemente nadie esperaría encontrar en una película que, al menos durante sus primeros minutos, parece querer recuperar el espíritu de una aventura familiar ochentera. Mitchell entiende que el verdadero terror está en convertir aquello que conocemos en algo amenazante. Una calle residencial, una casa, un jardín o incluso una ventana dejan de ser espacios seguros cuando al otro lado puede aparecer un depredador prehistórico. En ese sentido, El final de la calle Oak se siente como si el Spielberg más aventurero y oscuro (de Poltergeist o Tiburón ) se encontrara con La Dimensión Desconocida . Incluso resulta inevitable pensar en episodios como “The Monsters Are Due on Maple Street” , donde una comunidad aparentemente perfecta comienza a desmoronarse cuando una amenaza inexplicable altera su realidad. Aquí ocurre algo parecido, solo que Mitchell sustituye la paranoia por dinosaurios. Y esa es probablemente la gran virtud de la película: no se trata solamente de una película de dinosaurios. Es una película sobre una familia que ya estaba fracturada antes de que aparecieran los dinosaurios. Ewan McGregor está especialmente bien como Greg. Su personaje no es el típico héroe de acción: es un hombre que intenta evitar el conflicto, conservar su trabajo y hacer lo necesario para mantener a su familia. Hathaway, en cambio, interpreta a una Denise mucho más determinada, una mujer que poco a poco toma las riendas de la situación. La dinámica entre ambos funciona precisamente porque existe una tensión previa entre ellos. Los hijos también cumplen bien su función, aunque encontré a Christian Convery más convincente que Maisy Stella. Audrey tiene algunos momentos en los que la interpretación se siente un poco más cargada de lo necesario, pero ambos personajes contribuyen a recuperar esa sensación de aventura juvenil que Mitchell parece perseguir. Y quizás lo más agradable sea que la película no se queda dando vueltas sobre su propia premisa. Dura apenas 99 minutos y se siente todavía más corta. Avanza con una velocidad sorprendente, pasa rápidamente de la comedia familiar al misterio, del misterio al terror y del terror a la aventura sin detenerse demasiado a explicar cada una de sus reglas. En defintiiva, en una época en la que buena parte del cine de gran presupuesto parece depender de franquicias, secuelas y universos compartidos, resulta refrescante encontrarse con una película que simplemente quiere contar una idea extraña y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Una película de dinosaurios, sí. Pero también una carta de amor a un tipo de cine que parecía haber desaparecido: aquel en que una familia podía vivir en el barrio más tranquilo de Estados Unidos y, de pronto, descubrir que el mundo entero se había convertido en una aventura. Simple, rápida, entretenida y mucho más extraña de lo que parece. Una de las sorpresas más agradables del cine de aventuras de este año. Ya disponible en cines chilenos.
Christopher Nolan parece superarse con cada producción que realiza. No tiene miedo a innovar, provocar ni sorprender desde lo cinematográfico y, más allá de cualquier polémica que pueda rodear aLa Odisea, vuelve a demostrar por qué es uno de los directores más importantes de la actualidad. En esta adaptación del poema épico de Homero, Nolan deja de lado la rigurosidad histórica más estricta para construir su propia visión del clásico. Como suele ocurrir con sus películas, apuesta por una propuesta muy personal, privilegiando la experiencia cinematográfica por sobre una reconstrucción absolutamente fiel del texto original. Odiseo ( Matt Damon), rey de Ítaca y uno de los grandes héroes de la Guerra de Troya, emprende un largo y peligroso viaje para regresar a su hogar después del conflicto. La culpa, la soberbia, la memoria, dioses veleidosos y el encuentro con criaturas mitológicas y mágicas convierten este regreso en una travesía tanto física como espiritual, donde el verdadero enemigo muchas veces parece ser él mismo. Mientras tanto, en Ítaca, Penélope ( Anne Hathaway) continúa esperándolo. Se niega a creer que su amado esposo ha muerto y rechaza casarse con alguno de los numerosos pretendientes que ocupan su palacio, aprovechándose de la hospitalidad que imponían La Ley de Zeus. Entre ellos destaca Antínoo ( Robert Pattinson), un hombre manipulador que busca quedarse con el lugar de Odiseo. Paralelamente, Telémaco ( Tom Holland), el hijo de Odiseo, inicia su propio viaje. Aunque apenas recuerda a su padre, honra su figura y desea descubrir qué ocurrió con él, además de demostrar que ya dejó de ser un niño para convertirse en el heredero que Ítaca necesita. Como ocurre prácticamente cada vez que un libro llega al cine -y más aún tratándose de una obra tan compleja como La Odisea- existen pasajes que desaparecen, otros que se condensan y algunos acontecimientos que son modificados para favorecer el relato cinematográfico. Sin embargo, la película nunca pierde coherencia. Se siente como una obra completa, intensa, actual y tremendamente entretenida, donde las casi tres horas de duración pasan con sorprendente rapidez gracias a un equilibrio muy logrado entre acción, drama, aventura e incluso momentos cercanos al terror. Uno de los aspectos que más discusión ha generado tiene relación con el elenco. Para algunos espectadores, la elección de actores responde a una visión moderna que rompe deliberadamente con el contexto histórico de la Grecia posterior a la Guerra de Troya. La crítica, más que un tema racial, apunta a que Nolan optó por un reparto que demuestre diversidad, pero curiosamente sin incorporar actores griegos, pese a que existen varios intérpretes de ese origen trabajando en Hollywood o -por lo menos- con rasgos físicos más afines. Es una observación que ha estado presente entre varios de los detractores de la película. A propósito de esa decisión, existe una escena que personalmente me sacó un poco de la experiencia. En determinado momento, Odiseo y sus hombres llegan a una isla cuyos habitantes hablan griego (probablemente griego moderno) y luego traducen sus palabras al inglés para que ellos puedan entenderlas. Si toda la película ya asumió que sus personajes griegos hablan inglés por convención cinematográfica, este pequeño guiño termina sintiéndose algo innecesario y, en cierto modo, un poco forzado. En el ámbito técnico, Nolan vuelve a entregar una auténtica clase de cine. Filmada íntegramente en 70 mm, La Odisea destaca por un extraordinario trabajo de cámara, fotografía, sonido y montaje, elementos que convierten la película en un verdadero espectáculo visual. Es una obra pensada para disfrutarse en pantalla grande y, si existe la posibilidad, en IMAX, formato para el cual fue concebida. Lamentablemente, en Chile solo existen dos salas de este tipo y ambas se encuentran en Santiago. Matt Damon realiza un gran trabajo interpretando a un Odiseo complejo, agotado y profundamente atormentado. Robert Pattinson también sobresale dando vida a un Antínoo manipulador, patético y despreciable, construyendo gran parte del personaje a través de sus gestos y miradas. John Leguizamo entrega una de las interpretaciones más emotivas de la película como Eumeo, el fiel servidor de Odiseo, mientras que Samantha Morton, pese a contar con una participación más breve, ofrece una poderosa versión de Circe, la bruja que pondrá a prueba el ingenio del héroe. La música está en manos de Ludwig Göransson, quien ya ha colaborado antes con Nolan. En lugar de apostar por una banda sonora grandilocuente, ambos optan por una propuesta mucho más íntima, probablemente buscando una sonoridad más cercana a la época en la que transcurre la historia. La decisión funciona durante gran parte del metraje, aunque, muy personalmente, hubo momentos donde eché de menos una orquesta más imponente que potenciara algunas secuencias épicas. Esa sensación se acentúa en los créditos finales, donde sorprende la inclusión de un tema de rap contemporáneo interpretado por Travis Scott -quien además aparece brevemente en la película como Bardo, un poeta- una elección que seguramente dividirá opiniones. Más allá de las licencias narrativas, de algunas decisiones de casting que seguirán siendo debatidas y de pequeños detalles que no terminan de convencer, La Odisea confirma una vez más la enorme capacidad de Christopher Nolan para transformar historias conocidas en experiencias cinematográficas de primer nivel. Claramente, no pretende reemplazar el poema de Homero, sino ofrecer una lectura propia, visualmente deslumbrante, profundamente humana y hecha para ser vivida en la sala de cine desde este 16 de julio.
Uno de los estrenos más esperados del último tiempo ya está aquí. “El diablo viste a la moda 2” vuelve con una propuesta que entretiene y conserva el carisma de la original. Andy ( Anne Hathaway) es una periodista premiada que queda sin empleo y que recibe una tentadora oferta: trabajar nuevamente en Runway y salvarla de una debacle comunicacional. Con esta premisa, se da inicio a una secuela que nos muestra el gran cambio de los medios en la era del internet y la inmediatez, dejando en claro que las formas de tratar a los demás y las relaciones han cambiado tanto o más, que la misma moda y sus variadas tendencias. Una mirada al periodismo actual y la forma en que se elaboran los contenidos, cómo se divulgan y expanden cada vez más rápido y de manera muy intensa. La reformulación de las publicaciones es una de las protagonistas de esta historia, desafiando a quienes difunden la información. Andy sigue siendo una trabajadora comprometida con su labor y demuestra en cada uno de sus textos, que su pluma genera admiración y propone una nueva forma de plantear los contenidos. Ella se la jugará con todo, para lograr que Runway salga adelante y que Miranda Priestly, su ex jefa, no caiga en desgracia. Meryl Streep sigue luciéndose como Miranda y deja en claro que su talento solo mejora a medida que pasa el tiempo. El personaje ha cambiado y tiene muestras de afecto que en la primera película no conocimos, pero su estilo y elegancia siguen intactos. El filme dirigido por David Franker, tiene mucho humor y genera momentos llenos de nostalgia, haciéndonos pensar en que se pueden construir segundas partes que funcionen, siempre y cuando la propuesta tenga los ingredientes necesarios para cautivar. La música es uno de los aspectos que sigue siendo un gancho, melodías nuevas y algunas que se repiten, trasladándonos en muchos momentos al 2006. La moda también es parte fundamental, donde cada prenda aporta estilo y nos invita a mirar con otros ojos combinaciones, colores y elecciones. Si quieres ver “El diablo viste a la moda 2”, ya se encuentra en salas de cine del país.
Hay algo profundamente extraño en El final de la calle Oak ( The End of Oak Street). Sobre el papel, la película parece tener una de esas premisas que nacen de una conversación absurda: ¿qué pasaría si una calle suburbana completa fuera arrancada de su lugar y trasladada, de alguna manera, hasta la época de los dinosaurios? Sin embargo, detrás de esa idea aparentemente disparatada hay una película mucho más interesada en recuperar una forma de hacer cine que parecía perdida. David Robert Mitchell, director de It Follows y Under the Silver Lake, toma como punto de partida el cine de aventuras y ciencia ficción que marcó buena parte del imaginario estadounidense de los años 80. El resultado parece, por momentos, una película salida directamente del universo de Amblin : barrios residenciales prácticamente perfectos, niños y adolescentes ocupando un lugar central, familias con problemas que deben volver a encontrarse y una amenaza extraordinaria que irrumpe en medio de una vida cotidiana reconocible. La familia Platt parece sacada de ese cine. Greg ( Ewan McGregor ) y Denise ( Anne Hathaway ) viven junto a sus dos hijos, Brian ( Christian Convery ) y Audrey ( Maisy Stella ), en un vecindario donde los conflictos iniciales son casi ridículamente mundanos: discusiones entre vecinos, problemas con el perro (un gran Starbucks) y pequeñas tensiones propias de una comunidad suburbana. Pero dentro de la casa las cosas son bastante más complicadas. Greg y Denise atraviesan una crisis matrimonial que amenaza con terminar en separación. Él intenta mantener a flote a su familia mientras enfrenta problemas laborales y económicos; ella, mientras tanto, escribe en secreto una novela inspirada en su propia vida, en la que incluso imagina abandonar a su familia. Antes de que puedan resolver sus problemas, una serie de extraños destellos de luz cambia completamente las reglas del juego. Oak Street es arrancada de la realidad que conocemos y trasladada a un mundo prehistórico. De pronto, aquello que parecía una historia familiar se transforma en una película de supervivencia. Y allí se vuelve mucho más divertida. Mitchell aprovecha su experiencia en el cine de terror para convertir a los dinosaurios en verdaderos monstruos. Aquí no estamos ante criaturas diseñadas solamente para provocar asombro. Son depredadores. Son rápidos, agresivos y, en varios momentos, francamente aterradores. El director utiliza el fuera de campo, la oscuridad, la pantalla dividida y el sonido para construir algunas de las mejores apariciones de las criaturas, antes de soltarlas sobre los personajes. Hay sustos bastante inteligentes, violencia inesperada y algunos momentos de gore que probablemente nadie esperaría encontrar en una película que, al menos durante sus primeros minutos, parece querer recuperar el espíritu de una aventura familiar ochentera. Mitchell entiende que el verdadero terror está en convertir aquello que conocemos en algo amenazante. Una calle residencial, una casa, un jardín o incluso una ventana dejan de ser espacios seguros cuando al otro lado puede aparecer un depredador prehistórico. En ese sentido, El final de la calle Oak se siente como si el Spielberg más aventurero y oscuro (de Poltergeist o Tiburón ) se encontrara con La Dimensión Desconocida . Incluso resulta inevitable pensar en episodios como “The Monsters Are Due on Maple Street” , donde una comunidad aparentemente perfecta comienza a desmoronarse cuando una amenaza inexplicable altera su realidad. Aquí ocurre algo parecido, solo que Mitchell sustituye la paranoia por dinosaurios. Y esa es probablemente la gran virtud de la película: no se trata solamente de una película de dinosaurios. Es una película sobre una familia que ya estaba fracturada antes de que aparecieran los dinosaurios. Ewan McGregor está especialmente bien como Greg. Su personaje no es el típico héroe de acción: es un hombre que intenta evitar el conflicto, conservar su trabajo y hacer lo necesario para mantener a su familia. Hathaway, en cambio, interpreta a una Denise mucho más determinada, una mujer que poco a poco toma las riendas de la situación. La dinámica entre ambos funciona precisamente porque existe una tensión previa entre ellos. Los hijos también cumplen bien su función, aunque encontré a Christian Convery más convincente que Maisy Stella. Audrey tiene algunos momentos en los que la interpretación se siente un poco más cargada de lo necesario, pero ambos personajes contribuyen a recuperar esa sensación de aventura juvenil que Mitchell parece perseguir. Y quizás lo más agradable sea que la película no se queda dando vueltas sobre su propia premisa. Dura apenas 99 minutos y se siente todavía más corta. Avanza con una velocidad sorprendente, pasa rápidamente de la comedia familiar al misterio, del misterio al terror y del terror a la aventura sin detenerse demasiado a explicar cada una de sus reglas. En defintiiva, en una época en la que buena parte del cine de gran presupuesto parece depender de franquicias, secuelas y universos compartidos, resulta refrescante encontrarse con una película que simplemente quiere contar una idea extraña y llevarla hasta sus últimas consecuencias. Una película de dinosaurios, sí. Pero también una carta de amor a un tipo de cine que parecía haber desaparecido: aquel en que una familia podía vivir en el barrio más tranquilo de Estados Unidos y, de pronto, descubrir que el mundo entero se había convertido en una aventura. Simple, rápida, entretenida y mucho más extraña de lo que parece. Una de las sorpresas más agradables del cine de aventuras de este año. Ya disponible en cines chilenos.
Christopher Nolan parece superarse con cada producción que realiza. No tiene miedo a innovar, provocar ni sorprender desde lo cinematográfico y, más allá de cualquier polémica que pueda rodear aLa Odisea, vuelve a demostrar por qué es uno de los directores más importantes de la actualidad. En esta adaptación del poema épico de Homero, Nolan deja de lado la rigurosidad histórica más estricta para construir su propia visión del clásico. Como suele ocurrir con sus películas, apuesta por una propuesta muy personal, privilegiando la experiencia cinematográfica por sobre una reconstrucción absolutamente fiel del texto original. Odiseo ( Matt Damon), rey de Ítaca y uno de los grandes héroes de la Guerra de Troya, emprende un largo y peligroso viaje para regresar a su hogar después del conflicto. La culpa, la soberbia, la memoria, dioses veleidosos y el encuentro con criaturas mitológicas y mágicas convierten este regreso en una travesía tanto física como espiritual, donde el verdadero enemigo muchas veces parece ser él mismo. Mientras tanto, en Ítaca, Penélope ( Anne Hathaway) continúa esperándolo. Se niega a creer que su amado esposo ha muerto y rechaza casarse con alguno de los numerosos pretendientes que ocupan su palacio, aprovechándose de la hospitalidad que imponían La Ley de Zeus. Entre ellos destaca Antínoo ( Robert Pattinson), un hombre manipulador que busca quedarse con el lugar de Odiseo. Paralelamente, Telémaco ( Tom Holland), el hijo de Odiseo, inicia su propio viaje. Aunque apenas recuerda a su padre, honra su figura y desea descubrir qué ocurrió con él, además de demostrar que ya dejó de ser un niño para convertirse en el heredero que Ítaca necesita. Como ocurre prácticamente cada vez que un libro llega al cine -y más aún tratándose de una obra tan compleja como La Odisea- existen pasajes que desaparecen, otros que se condensan y algunos acontecimientos que son modificados para favorecer el relato cinematográfico. Sin embargo, la película nunca pierde coherencia. Se siente como una obra completa, intensa, actual y tremendamente entretenida, donde las casi tres horas de duración pasan con sorprendente rapidez gracias a un equilibrio muy logrado entre acción, drama, aventura e incluso momentos cercanos al terror. Uno de los aspectos que más discusión ha generado tiene relación con el elenco. Para algunos espectadores, la elección de actores responde a una visión moderna que rompe deliberadamente con el contexto histórico de la Grecia posterior a la Guerra de Troya. La crítica, más que un tema racial, apunta a que Nolan optó por un reparto que demuestre diversidad, pero curiosamente sin incorporar actores griegos, pese a que existen varios intérpretes de ese origen trabajando en Hollywood o -por lo menos- con rasgos físicos más afines. Es una observación que ha estado presente entre varios de los detractores de la película. A propósito de esa decisión, existe una escena que personalmente me sacó un poco de la experiencia. En determinado momento, Odiseo y sus hombres llegan a una isla cuyos habitantes hablan griego (probablemente griego moderno) y luego traducen sus palabras al inglés para que ellos puedan entenderlas. Si toda la película ya asumió que sus personajes griegos hablan inglés por convención cinematográfica, este pequeño guiño termina sintiéndose algo innecesario y, en cierto modo, un poco forzado. En el ámbito técnico, Nolan vuelve a entregar una auténtica clase de cine. Filmada íntegramente en 70 mm, La Odisea destaca por un extraordinario trabajo de cámara, fotografía, sonido y montaje, elementos que convierten la película en un verdadero espectáculo visual. Es una obra pensada para disfrutarse en pantalla grande y, si existe la posibilidad, en IMAX, formato para el cual fue concebida. Lamentablemente, en Chile solo existen dos salas de este tipo y ambas se encuentran en Santiago. Matt Damon realiza un gran trabajo interpretando a un Odiseo complejo, agotado y profundamente atormentado. Robert Pattinson también sobresale dando vida a un Antínoo manipulador, patético y despreciable, construyendo gran parte del personaje a través de sus gestos y miradas. John Leguizamo entrega una de las interpretaciones más emotivas de la película como Eumeo, el fiel servidor de Odiseo, mientras que Samantha Morton, pese a contar con una participación más breve, ofrece una poderosa versión de Circe, la bruja que pondrá a prueba el ingenio del héroe. La música está en manos de Ludwig Göransson, quien ya ha colaborado antes con Nolan. En lugar de apostar por una banda sonora grandilocuente, ambos optan por una propuesta mucho más íntima, probablemente buscando una sonoridad más cercana a la época en la que transcurre la historia. La decisión funciona durante gran parte del metraje, aunque, muy personalmente, hubo momentos donde eché de menos una orquesta más imponente que potenciara algunas secuencias épicas. Esa sensación se acentúa en los créditos finales, donde sorprende la inclusión de un tema de rap contemporáneo interpretado por Travis Scott -quien además aparece brevemente en la película como Bardo, un poeta- una elección que seguramente dividirá opiniones. Más allá de las licencias narrativas, de algunas decisiones de casting que seguirán siendo debatidas y de pequeños detalles que no terminan de convencer, La Odisea confirma una vez más la enorme capacidad de Christopher Nolan para transformar historias conocidas en experiencias cinematográficas de primer nivel. Claramente, no pretende reemplazar el poema de Homero, sino ofrecer una lectura propia, visualmente deslumbrante, profundamente humana y hecha para ser vivida en la sala de cine desde este 16 de julio.
Uno de los estrenos más esperados del último tiempo ya está aquí. “El diablo viste a la moda 2” vuelve con una propuesta que entretiene y conserva el carisma de la original. Andy ( Anne Hathaway) es una periodista premiada que queda sin empleo y que recibe una tentadora oferta: trabajar nuevamente en Runway y salvarla de una debacle comunicacional. Con esta premisa, se da inicio a una secuela que nos muestra el gran cambio de los medios en la era del internet y la inmediatez, dejando en claro que las formas de tratar a los demás y las relaciones han cambiado tanto o más, que la misma moda y sus variadas tendencias. Una mirada al periodismo actual y la forma en que se elaboran los contenidos, cómo se divulgan y expanden cada vez más rápido y de manera muy intensa. La reformulación de las publicaciones es una de las protagonistas de esta historia, desafiando a quienes difunden la información. Andy sigue siendo una trabajadora comprometida con su labor y demuestra en cada uno de sus textos, que su pluma genera admiración y propone una nueva forma de plantear los contenidos. Ella se la jugará con todo, para lograr que Runway salga adelante y que Miranda Priestly, su ex jefa, no caiga en desgracia. Meryl Streep sigue luciéndose como Miranda y deja en claro que su talento solo mejora a medida que pasa el tiempo. El personaje ha cambiado y tiene muestras de afecto que en la primera película no conocimos, pero su estilo y elegancia siguen intactos. El filme dirigido por David Franker, tiene mucho humor y genera momentos llenos de nostalgia, haciéndonos pensar en que se pueden construir segundas partes que funcionen, siempre y cuando la propuesta tenga los ingredientes necesarios para cautivar. La música es uno de los aspectos que sigue siendo un gancho, melodías nuevas y algunas que se repiten, trasladándonos en muchos momentos al 2006. La moda también es parte fundamental, donde cada prenda aporta estilo y nos invita a mirar con otros ojos combinaciones, colores y elecciones. Si quieres ver “El diablo viste a la moda 2”, ya se encuentra en salas de cine del país.