La ciencia ficción latinoamericana rara vez apuesta por lo espectacular. Y eso, en el caso deUn Futuro Brillante, es su mayor fortaleza. La directora Lucía Garibaldi construye una distopía minimalista, casi desnuda: no hay grandes efectos, no hay arquitectura futurista deslumbrante. Hay silencios. Hay miradas. Hay un mundo gris donde las hormigas son plaga, los perros y los pájaros se extinguieron y la sociedad se organiza según el coeficiente intelectual. Los más talentosos son enviados a un lugar idealizado llamado “El Norte”. Elisa ( Martina Passeggi) es una de las elegidas. Lo interesante es que el conflicto no nace de una rebelión espectacular contra el sistema, sino de algo más íntimo: la sospecha. La duda. La incomodidad frente a un destino que todos consideran un privilegio. Su hermana ya está en el Norte, absorbida por el trabajo, cada vez más distante. Su madre sueña con ascender. Pero Elisa comienza a preguntarse si esa promesa no es, en realidad, una forma elegante de control. Garibaldi -junto a Federico Alvarado en el guion- opta por una construcción sutil del mundo. Todo se explica a través de pequeños diálogos y detalles cotidianos. La distopía no grita: susurra. Y eso la vuelve inquietante. Hay una línea temática muy potente: la juventud como mercancía. En este mundo, lo joven es valor de cambio, promesa de progreso, objeto de deseo. La protagonista incluso planea vender su propio olor a hombres mayores como una forma de conseguir dinero. El cuerpo joven como capital. Como recurso explotable. En ese sentido, la película dialoga con la ciencia ficción clásica más conceptual, desde la frialdad burocrática de THX 1138 hasta la alienación urbana de Blade Runner, e incluso con la amenaza biológica y simbólica de Phase IV. Pero lo hace desde un registro íntimo y rioplatense. Visualmente, la fotografía de Arauco Hernández apuesta por tonos pastel y una estética limpia que refuerza la sensación de normalidad artificial. Nada parece brutal, pero todo es opresivo. Y quizás ahí está lo más interesante: la violencia del sistema no es explícita. Está interiorizada. Nadie obliga a Elisa a ir al Norte con armas. La presión es cultural, emocional, casi invisible. Como muchas de las exigencias que nuestra propia sociedad impone sobre los jóvenes. Un Futuro Brillante no es una distopía de grandes giros, sino de preguntas incómodas: ¿Ser joven es ser libre o ser útil? ¿Elegimos nuestro destino o simplemente aceptamos el que nos ofrecen? Es una obra sobria, pequeña en escala, pero grande en ideas. Verla al aire libre en el Centro de Cine y Creación (ubicaco en Raulí 581, Santiago) le dio un marco especial: una película sobre control y futuro proyectada bajo el cielo, frente a una comunidad que todavía cree en el cine como espacio de reflexión colectiva. Para quienes deseen verla, se exhibirá nuevamente el 20 de febrero en el microcine del CCC. Las entradas valen $4.000. Y ojo, que en marzo la película del mes será la colombiana Un Poeta.
La ciencia ficción latinoamericana rara vez apuesta por lo espectacular. Y eso, en el caso deUn Futuro Brillante, es su mayor fortaleza. La directora Lucía Garibaldi construye una distopía minimalista, casi desnuda: no hay grandes efectos, no hay arquitectura futurista deslumbrante. Hay silencios. Hay miradas. Hay un mundo gris donde las hormigas son plaga, los perros y los pájaros se extinguieron y la sociedad se organiza según el coeficiente intelectual. Los más talentosos son enviados a un lugar idealizado llamado “El Norte”. Elisa ( Martina Passeggi) es una de las elegidas. Lo interesante es que el conflicto no nace de una rebelión espectacular contra el sistema, sino de algo más íntimo: la sospecha. La duda. La incomodidad frente a un destino que todos consideran un privilegio. Su hermana ya está en el Norte, absorbida por el trabajo, cada vez más distante. Su madre sueña con ascender. Pero Elisa comienza a preguntarse si esa promesa no es, en realidad, una forma elegante de control. Garibaldi -junto a Federico Alvarado en el guion- opta por una construcción sutil del mundo. Todo se explica a través de pequeños diálogos y detalles cotidianos. La distopía no grita: susurra. Y eso la vuelve inquietante. Hay una línea temática muy potente: la juventud como mercancía. En este mundo, lo joven es valor de cambio, promesa de progreso, objeto de deseo. La protagonista incluso planea vender su propio olor a hombres mayores como una forma de conseguir dinero. El cuerpo joven como capital. Como recurso explotable. En ese sentido, la película dialoga con la ciencia ficción clásica más conceptual, desde la frialdad burocrática de THX 1138 hasta la alienación urbana de Blade Runner, e incluso con la amenaza biológica y simbólica de Phase IV. Pero lo hace desde un registro íntimo y rioplatense. Visualmente, la fotografía de Arauco Hernández apuesta por tonos pastel y una estética limpia que refuerza la sensación de normalidad artificial. Nada parece brutal, pero todo es opresivo. Y quizás ahí está lo más interesante: la violencia del sistema no es explícita. Está interiorizada. Nadie obliga a Elisa a ir al Norte con armas. La presión es cultural, emocional, casi invisible. Como muchas de las exigencias que nuestra propia sociedad impone sobre los jóvenes. Un Futuro Brillante no es una distopía de grandes giros, sino de preguntas incómodas: ¿Ser joven es ser libre o ser útil? ¿Elegimos nuestro destino o simplemente aceptamos el que nos ofrecen? Es una obra sobria, pequeña en escala, pero grande en ideas. Verla al aire libre en el Centro de Cine y Creación (ubicaco en Raulí 581, Santiago) le dio un marco especial: una película sobre control y futuro proyectada bajo el cielo, frente a una comunidad que todavía cree en el cine como espacio de reflexión colectiva. Para quienes deseen verla, se exhibirá nuevamente el 20 de febrero en el microcine del CCC. Las entradas valen $4.000. Y ojo, que en marzo la película del mes será la colombiana Un Poeta.