Esta coproducción entre España y Argentina, dirigida por Javier Veiga, nos presenta una historia inesperada que pone frente a frente a dos grandes actores de la comedia: el español Dani Rovira y el argentino Guillermo Francella. Manu (Rovira) trabaja en la playa privada de un resort español. Cuando termina la jornada, es el encargado de recoger las reposeras y quitasoles para guardarlos hasta el día siguiente. Sin embargo, una tarde un particular turista insiste en quedarse. Se trata de Klaus (Francella), un argentino con ascendencia sueca que vive en ese país. El hombre es extraño, se muestra simpático y bromista, por lo que rápidamente logra sacar de quicio a Manu. Esto da pie a una entretenida dinámica de tira y afloja entre ambos, marcada por la ironía y el humor. Poco a poco comienzan a llevarse mejor, pero Klaus empieza a conducir la conversación hacia terrenos cada vez más incómodos, abordando temas psicológicos y morales que hacen pensar a Manu que nada de lo que está ocurriendo es casual y que la presencia de este peculiar turista responde a algo mucho más profundo. En una especie de duelo de titanes, Rovira y Francella sostienen prácticamente toda la película sin necesidad de grandes distracciones. Lo que comienza como una comedia absurda y de situaciones incómodas va adquiriendo progresivamente tonos más oscuros, hasta transformarse en un thriller psicológico que recuerda, por momentos, al cine de Alfred Hitchcock. Los diálogos son inteligentes, afilados y están cargados de dobles lecturas, mientras que las actuaciones de ambos protagonistas elevan constantemente la tensión del relato. Guillermo Francella, en particular, vuelve a demostrar su enorme capacidad para oscilar entre el humor y la inquietud con absoluta naturalidad. Si bien en algunos pasajes la película puede sentirse algo dilatada, nunca pierde del todo la capacidad de generar intriga y mantener la atención del espectador. Gracias a su sólida dupla protagónica, su acertado manejo del suspenso y una propuesta que juega constantemente con las apariencias,Playa de Lobos se convierte en una película cautivadora. Gran parte de su atractivo radica en que nunca sabemos realmente qué está ocurriendo. ¿Es Manu un hombre paranoico que ve amenazas donde no las hay y Klaus simplemente un solitario que busca conversación? ¿O es Klaus alguien mucho más oscuro y perturbador, mientras Manu se convierte en una víctima atrapada en una situación que no comprende del todo? La película evita entregar respuestas fáciles y nos obliga a descubrir la verdad al mismo tiempo que sus personajes. En ese juego de sospechas, manipulación y percepciones contradictorias habita gran parte de su fuerza, transformando una simple conversación en la playa en un thriller psicológico tan inquietante como impredecible, y a la vez divertido. Playa de Lobos se exhibió en cines de España y Argentina, y en Chile se encuentra disponible desdes este mes a través de Disney+.
Esta coproducción entre España y Argentina, dirigida por Javier Veiga, nos presenta una historia inesperada que pone frente a frente a dos grandes actores de la comedia: el español Dani Rovira y el argentino Guillermo Francella. Manu (Rovira) trabaja en la playa privada de un resort español. Cuando termina la jornada, es el encargado de recoger las reposeras y quitasoles para guardarlos hasta el día siguiente. Sin embargo, una tarde un particular turista insiste en quedarse. Se trata de Klaus (Francella), un argentino con ascendencia sueca que vive en ese país. El hombre es extraño, se muestra simpático y bromista, por lo que rápidamente logra sacar de quicio a Manu. Esto da pie a una entretenida dinámica de tira y afloja entre ambos, marcada por la ironía y el humor. Poco a poco comienzan a llevarse mejor, pero Klaus empieza a conducir la conversación hacia terrenos cada vez más incómodos, abordando temas psicológicos y morales que hacen pensar a Manu que nada de lo que está ocurriendo es casual y que la presencia de este peculiar turista responde a algo mucho más profundo. En una especie de duelo de titanes, Rovira y Francella sostienen prácticamente toda la película sin necesidad de grandes distracciones. Lo que comienza como una comedia absurda y de situaciones incómodas va adquiriendo progresivamente tonos más oscuros, hasta transformarse en un thriller psicológico que recuerda, por momentos, al cine de Alfred Hitchcock. Los diálogos son inteligentes, afilados y están cargados de dobles lecturas, mientras que las actuaciones de ambos protagonistas elevan constantemente la tensión del relato. Guillermo Francella, en particular, vuelve a demostrar su enorme capacidad para oscilar entre el humor y la inquietud con absoluta naturalidad. Si bien en algunos pasajes la película puede sentirse algo dilatada, nunca pierde del todo la capacidad de generar intriga y mantener la atención del espectador. Gracias a su sólida dupla protagónica, su acertado manejo del suspenso y una propuesta que juega constantemente con las apariencias,Playa de Lobos se convierte en una película cautivadora. Gran parte de su atractivo radica en que nunca sabemos realmente qué está ocurriendo. ¿Es Manu un hombre paranoico que ve amenazas donde no las hay y Klaus simplemente un solitario que busca conversación? ¿O es Klaus alguien mucho más oscuro y perturbador, mientras Manu se convierte en una víctima atrapada en una situación que no comprende del todo? La película evita entregar respuestas fáciles y nos obliga a descubrir la verdad al mismo tiempo que sus personajes. En ese juego de sospechas, manipulación y percepciones contradictorias habita gran parte de su fuerza, transformando una simple conversación en la playa en un thriller psicológico tan inquietante como impredecible, y a la vez divertido. Playa de Lobos se exhibió en cines de España y Argentina, y en Chile se encuentra disponible desdes este mes a través de Disney+.