En 1995, mientras los medios de comunicación convertían la historia de la machi Marcelina en un espectáculo marcado por los prejuicios, su vida quedaba atravesada por una injusta acusación criminal. Décadas después, la cineasta Cons Gallardo Vásquez realiza el documentalLa búsqueda del otro para mostrar la versión de la protagonista. En este recorrido, la investigación se transforma en una reflexión íntima sobre la identidad, las raíces y la pertenencia. La cinta aborda la diversidad dentro de la comunidad mapuche, tema poco explorado en el séptimo arte. En los primeros minutos del largometraje queda claro que machi Marcelina, autoridad ancestral mapuche, nació biológicamente como hombre, pero que se identifica como mujer. Esto no le trajo problemas con su pueblo. De hecho, era ampliamente reconocida por sus saberes de hierbas medicinales. Personas de distintas ciudades acudían a ella para que los sanara. Todo cambió cuando su hermana le llevó a un hombre que estaba muy enfermo. Lamentablemente, el paciente falleció antes de que la machi le diera un diagnóstico y tratamiento. Sin embargo, fue acusada de asesinato y posteriormente encarcelada en las celdas para hombres. Allí, le quitaron su vestimenta. Como si esto fuera poco, la prensa contó la noticia con mucho sensacionalismo. En los titulares escribieron en tono despectivo machi-macho haciendo alusión a ella. Días más tarde, fue liberada, porque la autopsia arrojó que el hombre murió de un infarto. De esta forma, se comprobó su inocencia. Cuando Cons Gallardo Vásquez leyó esta historia en los diarios de la época quedó tan impactada que viajó al sur de Chile a buscar a la protagonista y no descansó hasta encontrarla. Desde el día en que se conocieron, comenzaron a compartir momentos cotidianos como tomar mate, preparar el almuerzo e ir a la playa. Estos espacios, alejados de la urgencia por obtener respuestas, les permitieron construir un vínculo de confianza. La machi Marcelina es de pocas palabras. No se explaya mucho sobre ese episodio oscuro de su vida, pero lo que dice es suficiente para entender que la situación le afectó a tal punto que, después de quedar en libertad, se fue a vivir con otra comunidad mapuche. Cons es coprotagonista del documental. Ella narra el viaje que emprende. Esta no era la idea inicial. Pero decidió aparecer en pantalla, porque la machi Marcelina no hablaba a la cámara, sino que la miraba a ella. De este modo, la película deja de ser el registro de una observadora externa y abre espacio para conocer las experiencias de ambas mujeres. En una de sus conversaciones, la realizadora le cuenta a la machi que tiene una relación con una mujer desde hace nueve años y que hace poco descubrió que tiene tres medios hermanos. Diálogos como este abren una nueva dimensión en el relato: mientras intenta reconstruir la historia de Marcelina, la cineasta también comienza a indagar en sus propios vínculos e identidad. Así, lo que comienza como una investigación se convierte también poco a poco en una búsqueda personal para Cons. Se nota que el equipo realizador fue muy respetuoso durante la filmación. En ningún momento presionan a la machi Marcelina para que les cuente su historia; al contrario, se dan el tiempo de conocerla y de ganar su confianza. Luego, dejan que se exprese con libertad sobre el suceso ocurrido en 1995. También se aprecia que fueron muy respetuosos con la cultura mapuche. Incluso en algunas escenas participaron en ritos, aunque no pertenecen al pueblo. Varias preguntas sobre la historia de la protagonista quedan sin responder. Sin embargo, el desenlace, marcado por un giro inesperado, permite comprender por qué algunas interrogantes no se abordan. La búsqueda del otro propone una mirada íntima sobre la identidad y la necesidad de acercarnos a los demás sin ideas preconcebidas. Una película que vale la pena ver.
Más de cien diarios de vida, fotografías, películas, textos y una biblioteca reunida durante décadas permanecieron ocultos entre las pertenencias de la escritora y dramaturga Alicia Morel. El archivo salió a la luz después de su muerte, cuando su casa fue desmantelada antes de ser demolida. Ese inesperado hallazgo es el punto de partida deAlicia bajo la higuera, documental dirigido por su nieta, la realizadora Manuela Thayer Requena. En un cruce entre cine, literatura y memoria, el largometraje se aleja de una biografía convencional para mostrar a la mujer que hay detrás de la autora de los libros Polita y Perico trepa por Chile . La directora guía el relato: a través de su voz reconstruye el vínculo con su abuela mientras se adentra en los materiales que encontró. La película adquiere así un carácter íntimo y familiar, en el que la nieta descubre y comparte archivos inéditos que permiten acercarse a la escritora desde una perspectiva personal. “El archivo fue inspeccionado durante casi dos años para poder conformar el argumento de la película. Se trabajó acuciosamente en recopilar fragmentos. Lo que aparece en la cinta es solo una porción del gran archivo encontrado. Fue muy difícil clasificar el material. Se decidió trabajar la película con los diarios de vida, cartas y algunos escritos inéditos”, señaló a En Palco Marcos Salazar, postproductor y diseñador de sonido de Alicia bajo la higuera. La cinta aborda las dificultades que enfrentaron las escritoras durante el siglo XX, época en la que se creía que las mujeres debían escribir sobre cocina o temas domésticos. En sus cartas, Morel criticó esta mirada y defendió la voz femenina en el mundo de las letras. El film también habla sobre la valoración de la literatura infantil, ya que en aquellos años se consideraba que los libros para niños eran menos importantes que las obras dirigidas a adultos. Alicia bajo la higuera invita a los espectadores a preguntarse si estos estigmas persisten en la actualidad. Además, el documental recupera otras facetas de la autora, como los cuentos infantiles que escribió para ser transmitidos por radio, los encuentros que tuvo con otras escritoras para idear nuevos proyectos creativos y su vínculo con Gabriela Mistral y Marcela Paz, con quien coescribió la emblemática novela Perico trepa por Chile. A través de los materiales que dejó Alicia Morel y de la mirada de su nieta, la cinta invita a adentrarse en la vida de una autora cuya obra marcó a cientos de lectores. Sin duda, la película ayuda a preservar el legado de la escritora y a acercar su obra y su historia a las nuevas generaciones. Más que entregar un retrato definitivo de la dramaturga, el documental abre las páginas de sus diarios para descubrir a la mujer, la autora y las preguntas que dejó escritas a lo largo de su vida. “El documental se pudo realizar gracias al Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, el cual nos ayudó en el proceso de investigación. El archivo encontrado se pretende preservar de alguna forma. Se piensa en la idea de realizar algún tipo de fundación”, afirmó el sonidista de la cinta y agregó: “Cierto material ha sido donado a la Biblioteca Nacional y gran parte del archivo aún se conserva en manos de la familia”. La distribución de Alicia bajo la higuera está a cargo de la productora Santiago Independiente. En su cuenta de Instagram se publicarán las salas donde se exhibirá la cinta, tanto en Santiago como en regiones.
Mientras Chile se prepara para celebrar sus Fiestas Patrias, para levantar banderas, bailar cueca, reunirse en familia y volver a hablar de aquello que llamamos “ser chileno”, se va uno de los cineastas que más profundamente dedicó su vida a preguntarse precisamente eso: ¿qué significa ser Chile y qué hacemos con nuestra memoria? Patricio Guzmán falleció este 15 de septiembre en París, a los 85 años. Con su partida desaparece una de las figuras fundamentales del cine chileno y uno de los grandes documentalistas de nuestro tiempo. Su nombre quedará inevitablemente ligado a La batalla de Chile (1975-1979) , pero reducir su obra a esa monumental trilogía sería injusto. Allí está, por supuesto, una de las películas políticas más importantes de la historia del cine latinoamericano: un registro urgente, en blanco y negro, de un país que se desmoronaba frente a una cámara que todavía no sabía que estaba construyendo memoria. Guzmán estuvo allí. Filmó las calles, las fábricas, las manifestaciones, las discusiones políticas, la tensión y también a las personas comunes que fueron protagonistas de aquellos acontecimientos. Después del golpe fue detenido y debió partir al exilio, pero consiguió sacar del país -gracias a un tal Chris Marker- el material que terminaría convirtiéndose en La batalla de Chile. Y quizás ahí comenzó la gran película de su vida.Porque Guzmán pasó las décadas siguientes intentando regresar a Chile a través del cine. En Chile, la memoria obstinada (1997) , volvió sobre los protagonistas de aquella historia. En Nostalgia de la luz (2010) , levantó la mirada hacia el desierto de Atacama para hablar de astronomía, memoria y de quienes todavía buscan a sus familiares desaparecidos. En El botón de nácar (2015) , encontró en el agua una manera de hablar sobre la historia, la violencia y los pueblos originarios. Y en La cordillera de los sueños (2019) , convirtió la geografía chilena en otra forma de memoria. Ahí está, quizás, la verdadera grandeza de Guzmán: entendió que un país también puede contarse a través de sus paisajes, sus silencios, sus heridas y sus recuerdos. Su cine nunca fue solamente una recopilación de hechos. Había una mirada profundamente cinematográfica. Una manera de transformar el documental en reflexión, poesía y emoción. El documental como testimonio, sí, pero también como una obra de arte. Y eso explica por qué su obra trascendió las fronteras de Chile. La batalla de Chile se convirtió en una referencia mundial del cine documental, mientras películas como Nostalgia de la luz yEl botón de nácar llevaron la memoria chilena a los grandes festivales internacionales. Guzmán recibió, entre otros reconocimientos, el Oso de Plata de Berlinale, el Goya y el Ojo de Oro de Cannes. En 2023 llegó finalmente el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales, un reconocimiento que parecía inevitable para una carrera que había atravesado más de cinco décadas.Pero quizás su mayor premio fue otro.Que hoy, tantos años después, sigamos mirando sus películas para intentar entendernos a nosotros mismos. Puede que esa sea la mejor manera de despedirlo: viendo sus películas.
¿Se imaginan asistir a un concierto de George Michael? Aunque el artista nos dejó hace un tiempo, pronto podremos disfrutar de la grabación de uno de sus conciertos más exitosos, de la gira Faith Tour, que batió récords de asistentes. Este filme está hecho a partir de material de 35 mm redescubierto, ni visto ni escuchado antes, de su presentación de 1988 en el Palais Omnisports de París-Bercy y nos muestra una actuación llena de melodías inolvidables. Un cortometraje original de Mary McCartney abre el largometraje, utilizando audio e imágenes recién descubiertas de 1986 a 1988, para llevarnos a un viaje que ofrece una visión importantísima, de un momento muy trascendental en la vida del artista. Volver a los 80, gracias a este material, nos invita a corear sus grandes éxitos y revivir una época llena de estilo, junto con una moda inolvidable que con el pasar de los años marcó a toda una generación Un panorama imperdible y que nos lleva a vivir con nostalgia un show lleno de emoción y hits, del que podremos ser parte desde el 5 de noviembre en salas de cine del país. A continuación, puedes disfrutar de su trailer:
El nuevo documental de Maite Alberdi , realizado en México, nos presenta una historia real que parece sacada de la más absurda ficción, pero que detrás de lo insólito revela un profundo drama humano, la presión social y familiar que puede existir en torno a la maternidad. “Un hijo propio” cuenta la historia de Alejandra Marín, una joven mexicana que, en 2009, fue acusada y posteriormente condenada por robar a una bebé recién nacida desde el Hospital General de México, lugar donde ella trabajaba. El caso se convirtió en uno de los hechos policiales más comentados de la época, pero detrás del delito existía una historia mucho más compleja. Y es precisamente esa dimensión humana la que Maite Alberdi y su equipo buscan explorar a través de una propuesta documental que combina de manera inteligente dramatización, entrevistas, imágenes de archivo y elementos de metacine. Durante la primera parte conocemos la historia desde la propia mirada de Alejandra, quien relata los acontecimientos que son recreados por actores. Es la versión que ella entrega de los hechos y de su propia vida, en un intento por comprender qué la llevó a cometer el delito y cuál era el contexto en el que se encontraba. La recreación tiene un tratamiento visual cálido, casi naif, cercano por momentos a un cuento o a un sueño de princesa. Una decisión estética que contrasta fuertemente con la gravedad de los acontecimientos que estamos conociendo. Alejandra había perdido tres embarazos y, en lugar de encontrar contención y apoyo frente a esas experiencias, se enfrentaba constantemente a nuevas exigencias para convertirse finalmente en madre. Después de su tercer aborto espontáneo, decide fingir un embarazo y consigue sostener esa mentira durante meses, convenciendo a su esposo, a su familia e incluso a sus compañeros de trabajo en el área de ginecología del hospital donde ocurrió el robo. Alejandra tenía todo planeado. Cuando llegara el día, el bebé de una joven madre soltera que conoció en el hospital -que no quería hacerse cargo de él- se lo entregaría sin pedir nada a cambio. Pero el documental da un giro cuando la versión de Alejandra comienza a contrastarse con la realidad expuesta por otros involucrados en el caso, documentos, imágenes de archivo y antecedentes judiciales. Es en ese momento cuando “Un hijo propio” deja de ser solamente la historia de una mujer que supuestamente cometió un delito y comienza a plantear preguntas mucho más incómodas sobre el contexto que rodeó los hechos. La película pone sobre la mesa la presión social sobre la maternidad, las consecuencias de una sociedad profundamente machista, las fallas de determinadas instituciones y, especialmente, la poca atención que muchas veces se presta a la salud mental. Aunque se trata de una historia ocurrida en México, las preguntas que plantea están lejos de ser exclusivas de ese país. Son problemáticas que pueden resultar reconocibles en buena parte de Latinoamérica, donde todavía existe una fuerte expectativa sobre lo que significa ser mujer y, especialmente, sobre la obligación de convertirse en madre. “Un hijo propio” es una película interesante y necesaria, muy bien construida, que transita por la compasión, la incredulidad, la rabia, el dolor y hasta algunos momentos de humor. Alberdi vuelve a demostrar su capacidad para acercarse a historias extraordinarias desde una perspectiva profundamente humana, evitando convertirlas simplemente en un espectáculo policial. La directora transforma una insólita noticia policial en un relato sobre personas, decisiones, presiones y consecuencias. Y lo hace utilizando distintos recursos narrativos y visuales que permiten que la historia se vaya revelando poco a poco, obligándonos también a cuestionar nuestras propias certezas. “Un hijo propio” llega a Netflix el 13 de agosto.
En 1995, mientras los medios de comunicación convertían la historia de la machi Marcelina en un espectáculo marcado por los prejuicios, su vida quedaba atravesada por una injusta acusación criminal. Décadas después, la cineasta Cons Gallardo Vásquez realiza el documentalLa búsqueda del otro para mostrar la versión de la protagonista. En este recorrido, la investigación se transforma en una reflexión íntima sobre la identidad, las raíces y la pertenencia. La cinta aborda la diversidad dentro de la comunidad mapuche, tema poco explorado en el séptimo arte. En los primeros minutos del largometraje queda claro que machi Marcelina, autoridad ancestral mapuche, nació biológicamente como hombre, pero que se identifica como mujer. Esto no le trajo problemas con su pueblo. De hecho, era ampliamente reconocida por sus saberes de hierbas medicinales. Personas de distintas ciudades acudían a ella para que los sanara. Todo cambió cuando su hermana le llevó a un hombre que estaba muy enfermo. Lamentablemente, el paciente falleció antes de que la machi le diera un diagnóstico y tratamiento. Sin embargo, fue acusada de asesinato y posteriormente encarcelada en las celdas para hombres. Allí, le quitaron su vestimenta. Como si esto fuera poco, la prensa contó la noticia con mucho sensacionalismo. En los titulares escribieron en tono despectivo machi-macho haciendo alusión a ella. Días más tarde, fue liberada, porque la autopsia arrojó que el hombre murió de un infarto. De esta forma, se comprobó su inocencia. Cuando Cons Gallardo Vásquez leyó esta historia en los diarios de la época quedó tan impactada que viajó al sur de Chile a buscar a la protagonista y no descansó hasta encontrarla. Desde el día en que se conocieron, comenzaron a compartir momentos cotidianos como tomar mate, preparar el almuerzo e ir a la playa. Estos espacios, alejados de la urgencia por obtener respuestas, les permitieron construir un vínculo de confianza. La machi Marcelina es de pocas palabras. No se explaya mucho sobre ese episodio oscuro de su vida, pero lo que dice es suficiente para entender que la situación le afectó a tal punto que, después de quedar en libertad, se fue a vivir con otra comunidad mapuche. Cons es coprotagonista del documental. Ella narra el viaje que emprende. Esta no era la idea inicial. Pero decidió aparecer en pantalla, porque la machi Marcelina no hablaba a la cámara, sino que la miraba a ella. De este modo, la película deja de ser el registro de una observadora externa y abre espacio para conocer las experiencias de ambas mujeres. En una de sus conversaciones, la realizadora le cuenta a la machi que tiene una relación con una mujer desde hace nueve años y que hace poco descubrió que tiene tres medios hermanos. Diálogos como este abren una nueva dimensión en el relato: mientras intenta reconstruir la historia de Marcelina, la cineasta también comienza a indagar en sus propios vínculos e identidad. Así, lo que comienza como una investigación se convierte también poco a poco en una búsqueda personal para Cons. Se nota que el equipo realizador fue muy respetuoso durante la filmación. En ningún momento presionan a la machi Marcelina para que les cuente su historia; al contrario, se dan el tiempo de conocerla y de ganar su confianza. Luego, dejan que se exprese con libertad sobre el suceso ocurrido en 1995. También se aprecia que fueron muy respetuosos con la cultura mapuche. Incluso en algunas escenas participaron en ritos, aunque no pertenecen al pueblo. Varias preguntas sobre la historia de la protagonista quedan sin responder. Sin embargo, el desenlace, marcado por un giro inesperado, permite comprender por qué algunas interrogantes no se abordan. La búsqueda del otro propone una mirada íntima sobre la identidad y la necesidad de acercarnos a los demás sin ideas preconcebidas. Una película que vale la pena ver.
Más de cien diarios de vida, fotografías, películas, textos y una biblioteca reunida durante décadas permanecieron ocultos entre las pertenencias de la escritora y dramaturga Alicia Morel. El archivo salió a la luz después de su muerte, cuando su casa fue desmantelada antes de ser demolida. Ese inesperado hallazgo es el punto de partida deAlicia bajo la higuera, documental dirigido por su nieta, la realizadora Manuela Thayer Requena. En un cruce entre cine, literatura y memoria, el largometraje se aleja de una biografía convencional para mostrar a la mujer que hay detrás de la autora de los libros Polita y Perico trepa por Chile . La directora guía el relato: a través de su voz reconstruye el vínculo con su abuela mientras se adentra en los materiales que encontró. La película adquiere así un carácter íntimo y familiar, en el que la nieta descubre y comparte archivos inéditos que permiten acercarse a la escritora desde una perspectiva personal. “El archivo fue inspeccionado durante casi dos años para poder conformar el argumento de la película. Se trabajó acuciosamente en recopilar fragmentos. Lo que aparece en la cinta es solo una porción del gran archivo encontrado. Fue muy difícil clasificar el material. Se decidió trabajar la película con los diarios de vida, cartas y algunos escritos inéditos”, señaló a En Palco Marcos Salazar, postproductor y diseñador de sonido de Alicia bajo la higuera. La cinta aborda las dificultades que enfrentaron las escritoras durante el siglo XX, época en la que se creía que las mujeres debían escribir sobre cocina o temas domésticos. En sus cartas, Morel criticó esta mirada y defendió la voz femenina en el mundo de las letras. El film también habla sobre la valoración de la literatura infantil, ya que en aquellos años se consideraba que los libros para niños eran menos importantes que las obras dirigidas a adultos. Alicia bajo la higuera invita a los espectadores a preguntarse si estos estigmas persisten en la actualidad. Además, el documental recupera otras facetas de la autora, como los cuentos infantiles que escribió para ser transmitidos por radio, los encuentros que tuvo con otras escritoras para idear nuevos proyectos creativos y su vínculo con Gabriela Mistral y Marcela Paz, con quien coescribió la emblemática novela Perico trepa por Chile. A través de los materiales que dejó Alicia Morel y de la mirada de su nieta, la cinta invita a adentrarse en la vida de una autora cuya obra marcó a cientos de lectores. Sin duda, la película ayuda a preservar el legado de la escritora y a acercar su obra y su historia a las nuevas generaciones. Más que entregar un retrato definitivo de la dramaturga, el documental abre las páginas de sus diarios para descubrir a la mujer, la autora y las preguntas que dejó escritas a lo largo de su vida. “El documental se pudo realizar gracias al Fondo del Libro del Ministerio de las Culturas, el cual nos ayudó en el proceso de investigación. El archivo encontrado se pretende preservar de alguna forma. Se piensa en la idea de realizar algún tipo de fundación”, afirmó el sonidista de la cinta y agregó: “Cierto material ha sido donado a la Biblioteca Nacional y gran parte del archivo aún se conserva en manos de la familia”. La distribución de Alicia bajo la higuera está a cargo de la productora Santiago Independiente. En su cuenta de Instagram se publicarán las salas donde se exhibirá la cinta, tanto en Santiago como en regiones.
Mientras Chile se prepara para celebrar sus Fiestas Patrias, para levantar banderas, bailar cueca, reunirse en familia y volver a hablar de aquello que llamamos “ser chileno”, se va uno de los cineastas que más profundamente dedicó su vida a preguntarse precisamente eso: ¿qué significa ser Chile y qué hacemos con nuestra memoria? Patricio Guzmán falleció este 15 de septiembre en París, a los 85 años. Con su partida desaparece una de las figuras fundamentales del cine chileno y uno de los grandes documentalistas de nuestro tiempo. Su nombre quedará inevitablemente ligado a La batalla de Chile (1975-1979) , pero reducir su obra a esa monumental trilogía sería injusto. Allí está, por supuesto, una de las películas políticas más importantes de la historia del cine latinoamericano: un registro urgente, en blanco y negro, de un país que se desmoronaba frente a una cámara que todavía no sabía que estaba construyendo memoria. Guzmán estuvo allí. Filmó las calles, las fábricas, las manifestaciones, las discusiones políticas, la tensión y también a las personas comunes que fueron protagonistas de aquellos acontecimientos. Después del golpe fue detenido y debió partir al exilio, pero consiguió sacar del país -gracias a un tal Chris Marker- el material que terminaría convirtiéndose en La batalla de Chile. Y quizás ahí comenzó la gran película de su vida.Porque Guzmán pasó las décadas siguientes intentando regresar a Chile a través del cine. En Chile, la memoria obstinada (1997) , volvió sobre los protagonistas de aquella historia. En Nostalgia de la luz (2010) , levantó la mirada hacia el desierto de Atacama para hablar de astronomía, memoria y de quienes todavía buscan a sus familiares desaparecidos. En El botón de nácar (2015) , encontró en el agua una manera de hablar sobre la historia, la violencia y los pueblos originarios. Y en La cordillera de los sueños (2019) , convirtió la geografía chilena en otra forma de memoria. Ahí está, quizás, la verdadera grandeza de Guzmán: entendió que un país también puede contarse a través de sus paisajes, sus silencios, sus heridas y sus recuerdos. Su cine nunca fue solamente una recopilación de hechos. Había una mirada profundamente cinematográfica. Una manera de transformar el documental en reflexión, poesía y emoción. El documental como testimonio, sí, pero también como una obra de arte. Y eso explica por qué su obra trascendió las fronteras de Chile. La batalla de Chile se convirtió en una referencia mundial del cine documental, mientras películas como Nostalgia de la luz yEl botón de nácar llevaron la memoria chilena a los grandes festivales internacionales. Guzmán recibió, entre otros reconocimientos, el Oso de Plata de Berlinale, el Goya y el Ojo de Oro de Cannes. En 2023 llegó finalmente el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales, un reconocimiento que parecía inevitable para una carrera que había atravesado más de cinco décadas.Pero quizás su mayor premio fue otro.Que hoy, tantos años después, sigamos mirando sus películas para intentar entendernos a nosotros mismos. Puede que esa sea la mejor manera de despedirlo: viendo sus películas.
¿Se imaginan asistir a un concierto de George Michael? Aunque el artista nos dejó hace un tiempo, pronto podremos disfrutar de la grabación de uno de sus conciertos más exitosos, de la gira Faith Tour, que batió récords de asistentes. Este filme está hecho a partir de material de 35 mm redescubierto, ni visto ni escuchado antes, de su presentación de 1988 en el Palais Omnisports de París-Bercy y nos muestra una actuación llena de melodías inolvidables. Un cortometraje original de Mary McCartney abre el largometraje, utilizando audio e imágenes recién descubiertas de 1986 a 1988, para llevarnos a un viaje que ofrece una visión importantísima, de un momento muy trascendental en la vida del artista. Volver a los 80, gracias a este material, nos invita a corear sus grandes éxitos y revivir una época llena de estilo, junto con una moda inolvidable que con el pasar de los años marcó a toda una generación Un panorama imperdible y que nos lleva a vivir con nostalgia un show lleno de emoción y hits, del que podremos ser parte desde el 5 de noviembre en salas de cine del país. A continuación, puedes disfrutar de su trailer:
El nuevo documental de Maite Alberdi , realizado en México, nos presenta una historia real que parece sacada de la más absurda ficción, pero que detrás de lo insólito revela un profundo drama humano, la presión social y familiar que puede existir en torno a la maternidad. “Un hijo propio” cuenta la historia de Alejandra Marín, una joven mexicana que, en 2009, fue acusada y posteriormente condenada por robar a una bebé recién nacida desde el Hospital General de México, lugar donde ella trabajaba. El caso se convirtió en uno de los hechos policiales más comentados de la época, pero detrás del delito existía una historia mucho más compleja. Y es precisamente esa dimensión humana la que Maite Alberdi y su equipo buscan explorar a través de una propuesta documental que combina de manera inteligente dramatización, entrevistas, imágenes de archivo y elementos de metacine. Durante la primera parte conocemos la historia desde la propia mirada de Alejandra, quien relata los acontecimientos que son recreados por actores. Es la versión que ella entrega de los hechos y de su propia vida, en un intento por comprender qué la llevó a cometer el delito y cuál era el contexto en el que se encontraba. La recreación tiene un tratamiento visual cálido, casi naif, cercano por momentos a un cuento o a un sueño de princesa. Una decisión estética que contrasta fuertemente con la gravedad de los acontecimientos que estamos conociendo. Alejandra había perdido tres embarazos y, en lugar de encontrar contención y apoyo frente a esas experiencias, se enfrentaba constantemente a nuevas exigencias para convertirse finalmente en madre. Después de su tercer aborto espontáneo, decide fingir un embarazo y consigue sostener esa mentira durante meses, convenciendo a su esposo, a su familia e incluso a sus compañeros de trabajo en el área de ginecología del hospital donde ocurrió el robo. Alejandra tenía todo planeado. Cuando llegara el día, el bebé de una joven madre soltera que conoció en el hospital -que no quería hacerse cargo de él- se lo entregaría sin pedir nada a cambio. Pero el documental da un giro cuando la versión de Alejandra comienza a contrastarse con la realidad expuesta por otros involucrados en el caso, documentos, imágenes de archivo y antecedentes judiciales. Es en ese momento cuando “Un hijo propio” deja de ser solamente la historia de una mujer que supuestamente cometió un delito y comienza a plantear preguntas mucho más incómodas sobre el contexto que rodeó los hechos. La película pone sobre la mesa la presión social sobre la maternidad, las consecuencias de una sociedad profundamente machista, las fallas de determinadas instituciones y, especialmente, la poca atención que muchas veces se presta a la salud mental. Aunque se trata de una historia ocurrida en México, las preguntas que plantea están lejos de ser exclusivas de ese país. Son problemáticas que pueden resultar reconocibles en buena parte de Latinoamérica, donde todavía existe una fuerte expectativa sobre lo que significa ser mujer y, especialmente, sobre la obligación de convertirse en madre. “Un hijo propio” es una película interesante y necesaria, muy bien construida, que transita por la compasión, la incredulidad, la rabia, el dolor y hasta algunos momentos de humor. Alberdi vuelve a demostrar su capacidad para acercarse a historias extraordinarias desde una perspectiva profundamente humana, evitando convertirlas simplemente en un espectáculo policial. La directora transforma una insólita noticia policial en un relato sobre personas, decisiones, presiones y consecuencias. Y lo hace utilizando distintos recursos narrativos y visuales que permiten que la historia se vaya revelando poco a poco, obligándonos también a cuestionar nuestras propias certezas. “Un hijo propio” llega a Netflix el 13 de agosto.