Bajo un manto de polémicas internacionales, llega a las salas de cine del país la nueva película de Eli Roth, “El Heladero” (Ice Cream Man), una cinta de terror gore atrevida, a ratos incoherente y con un trasfondo interesante. No tiene relación directa con Ice Cream Man, la película de 1995 protagonizada por Clint Howard, aunque podríamos decir que, de cierta forma, ambas están hermanadas. Con una estética que nos recuerda al cine de terror de los años noventa, colores vivos y algo saturados, y un heladero que parece salido de una cándida serie de los años 60, la historia se desarrolla en un pequeño pueblo al que llega un amigable carro de helados junto a su particular dueño, dispuesto a deleitar a los niños del lugar. Todos están desesperados por probar sus productos y parecen sentirse irresistiblemente atraídos por su sabor. Todos, excepto Jared, quien queda excluido de este delirio porque tiene intolerancia a la lactosa. El chico, tímido, con pocos amigos y fanático del béisbol, siente que algo no está bien con este nuevo personaje ni con sus helados. Y no se equivoca. Durante la noche, los niños, con restos de dulce alrededor de la boca, se levantan al escuchar la canción del heladero, que pasa con su vehículo frente a sus casas. Entran entonces en una suerte de trance que los convierte en pequeños psicópatas, tremendamente sanguinarios, cuyas primeras víctimas serán sus propios padres, mientras que los adolescentes quedan completamente paralizados. A la mañana siguiente, Jared y un par de compañeros más -una chica que vomitó el helado y un niño rebelde que tampoco lo probó- deberán unir fuerzas ante la evidencia: sus compañeros están enloquecidos, están acabando con sus profesores y el heladero es quien mueve los hilos de esta pesadilla. Jared tendrá que pasar de ser un niño víctima de bullying a convertirse en líder, madurar de una vez y aprender a trabajar en equipo con su hermana adolescente. Ella, por su parte, también deberá dejar atrás su frivolidad y el desprecio que siente por su hermano si quiere tener alguna posibilidad de escapar de esta situación demencial. Con referencias claras al cine de terror B, la cinta incluye pasajes que nos recuerdan a producciones como The Faculty, a algunos giallos italianos y a películas sobre chicos malditos, como la clásica ¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador, o Los hijos del maíz, basada en la obra de Stephen King. Las escenas explícitas de violencia, sangre y vísceras -notoriamente falsas, hechas a la antigua- aparecen disfrazadas de juegos infantiles. Pueden resultar chocantes para cierto tipo de público, pero esa violencia no parece estar ahí solo por el impacto que provoca. Bajo esa apariencia de exceso también hay una crítica al mundo de los adultos, a las mentiras, la manipulación y la corrupción de ciertas entidades que, en teoría, deberían proteger a los niños. No es una película para cualquier público, especialmente si consideramos las polémicas que arrastra, entre ellas el uso de inteligencia artificial en algunas de sus escenas animadas, que representan una parte ínfima de la historia. Una controversia que se vio agravada porque, en un primer momento, el director negó su utilización. En general, y a título personal, me parece una película arriesgada, pero también entretenida y con algo que decir, bajo capas de ironía, diálogos absurdos y planos grotescos. Se valora el esfuerzo por construir una propuesta que no se limita a mostrar violencia, sino que intenta darle un sentido dentro de su particular universo. Ahora bien, no esperes encontrarte con otra Hostel o Viernes Negro. La apuesta de “El Heladero” va por un camino distinto, donde el terror más explícito convive con el absurdo, la sátira y una mirada crítica que asoma entre tanta locura. En cines del país desde el 24 de septiembre.
Bajo un manto de polémicas internacionales, llega a las salas de cine del país la nueva película de Eli Roth, “El Heladero” (Ice Cream Man), una cinta de terror gore atrevida, a ratos incoherente y con un trasfondo interesante. No tiene relación directa con Ice Cream Man, la película de 1995 protagonizada por Clint Howard, aunque podríamos decir que, de cierta forma, ambas están hermanadas. Con una estética que nos recuerda al cine de terror de los años noventa, colores vivos y algo saturados, y un heladero que parece salido de una cándida serie de los años 60, la historia se desarrolla en un pequeño pueblo al que llega un amigable carro de helados junto a su particular dueño, dispuesto a deleitar a los niños del lugar. Todos están desesperados por probar sus productos y parecen sentirse irresistiblemente atraídos por su sabor. Todos, excepto Jared, quien queda excluido de este delirio porque tiene intolerancia a la lactosa. El chico, tímido, con pocos amigos y fanático del béisbol, siente que algo no está bien con este nuevo personaje ni con sus helados. Y no se equivoca. Durante la noche, los niños, con restos de dulce alrededor de la boca, se levantan al escuchar la canción del heladero, que pasa con su vehículo frente a sus casas. Entran entonces en una suerte de trance que los convierte en pequeños psicópatas, tremendamente sanguinarios, cuyas primeras víctimas serán sus propios padres, mientras que los adolescentes quedan completamente paralizados. A la mañana siguiente, Jared y un par de compañeros más -una chica que vomitó el helado y un niño rebelde que tampoco lo probó- deberán unir fuerzas ante la evidencia: sus compañeros están enloquecidos, están acabando con sus profesores y el heladero es quien mueve los hilos de esta pesadilla. Jared tendrá que pasar de ser un niño víctima de bullying a convertirse en líder, madurar de una vez y aprender a trabajar en equipo con su hermana adolescente. Ella, por su parte, también deberá dejar atrás su frivolidad y el desprecio que siente por su hermano si quiere tener alguna posibilidad de escapar de esta situación demencial. Con referencias claras al cine de terror B, la cinta incluye pasajes que nos recuerdan a producciones como The Faculty, a algunos giallos italianos y a películas sobre chicos malditos, como la clásica ¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador, o Los hijos del maíz, basada en la obra de Stephen King. Las escenas explícitas de violencia, sangre y vísceras -notoriamente falsas, hechas a la antigua- aparecen disfrazadas de juegos infantiles. Pueden resultar chocantes para cierto tipo de público, pero esa violencia no parece estar ahí solo por el impacto que provoca. Bajo esa apariencia de exceso también hay una crítica al mundo de los adultos, a las mentiras, la manipulación y la corrupción de ciertas entidades que, en teoría, deberían proteger a los niños. No es una película para cualquier público, especialmente si consideramos las polémicas que arrastra, entre ellas el uso de inteligencia artificial en algunas de sus escenas animadas, que representan una parte ínfima de la historia. Una controversia que se vio agravada porque, en un primer momento, el director negó su utilización. En general, y a título personal, me parece una película arriesgada, pero también entretenida y con algo que decir, bajo capas de ironía, diálogos absurdos y planos grotescos. Se valora el esfuerzo por construir una propuesta que no se limita a mostrar violencia, sino que intenta darle un sentido dentro de su particular universo. Ahora bien, no esperes encontrarte con otra Hostel o Viernes Negro. La apuesta de “El Heladero” va por un camino distinto, donde el terror más explícito convive con el absurdo, la sátira y una mirada crítica que asoma entre tanta locura. En cines del país desde el 24 de septiembre.