La figura de Robin Hood está profundamente instalada en el imaginario colectivo como la de un héroe que roba a los ricos para ayudar a los pobres. Sin embargo, algunos estudiosos sostienen que el personaje -cuya existencia histórica nunca ha podido ser comprobada- podría haber tenido un lado mucho más oscuro y sanguinario, más acorde con la brutalidad de la Edad Media. Esa es precisamente la mirada que abraza Michael Sarnoski, quien escribe y dirige “La muerte de Robin Hood”, una película que se aleja del héroe romántico que conocemos para mostrarnos a un hombre enfrentado al ocaso de su vida y obligado a mirar de frente su pasado. Un Robin Hood ( Hugh Jackman) viejo, abatido y gravemente herido es abandonado en un priorato ubicado en una isla. Al borde de la muerte, es encontrado y salvado por la priora, la hermana Brigid ( Jodie Comer), quien comanda este pequeño lugar alejado del mundo. La sencillez y calma de la vida en el priorato y de quienes lo habitan comienza poco a poco a entregarle una nueva perspectiva sobre su existencia y, especialmente, sobre sus sanguinarias acciones del pasado. La llegada de la pequeña hija de su fiel aliado Little John ( Bill Skarsgård), ya fallecido, profundiza aún más este proceso de introspección. Mientras la muerte se acerca, Robin intenta encontrar alguna forma de redención y dejar atrás la violencia que marcó su vida. A esto se suma una inesperada cercanía con la hermana Brigid, que abre una posibilidad afectiva en un hombre que parecía haberlo perdido todo. Sin embargo, un secreto podría cambiar completamente el rumbo de esta aparente oportunidad. Hugh Jackman realiza una impecable interpretación de este forajido en el ocaso de su vida, sosteniendo buena parte de una película que comienza de manera frenética, oscura y sangrienta, pero que progresivamente desacelera para transformarse en una experiencia mucho más contemplativa. Ese cambio de ritmo puede resultar difícil para algunos espectadores, pero también responde al proceso interno de su protagonista: la acción da paso a la reflexión y la violencia comienza a ser reemplazada por una búsqueda de paz y, eventualmente, de redención. “La muerte de Robin Hood” probablemente decepcionará a quienes esperen la versión romántica, aventurera y heroica del personaje que conocemos. Esta es una aproximación mucho más oscura y melancólica, que utiliza la leyenda para hablar sobre la culpa, la muerte y la posibilidad -o imposibilidad- de reparar los errores del pasado. Una propuesta que exige paciencia, especialmente durante su segunda mitad, pero que ofrece una mirada diferente a uno de los personajes más conocidos de la cultura popular. En cines desde el 20 de agosto.
La figura de Robin Hood está profundamente instalada en el imaginario colectivo como la de un héroe que roba a los ricos para ayudar a los pobres. Sin embargo, algunos estudiosos sostienen que el personaje -cuya existencia histórica nunca ha podido ser comprobada- podría haber tenido un lado mucho más oscuro y sanguinario, más acorde con la brutalidad de la Edad Media. Esa es precisamente la mirada que abraza Michael Sarnoski, quien escribe y dirige “La muerte de Robin Hood”, una película que se aleja del héroe romántico que conocemos para mostrarnos a un hombre enfrentado al ocaso de su vida y obligado a mirar de frente su pasado. Un Robin Hood ( Hugh Jackman) viejo, abatido y gravemente herido es abandonado en un priorato ubicado en una isla. Al borde de la muerte, es encontrado y salvado por la priora, la hermana Brigid ( Jodie Comer), quien comanda este pequeño lugar alejado del mundo. La sencillez y calma de la vida en el priorato y de quienes lo habitan comienza poco a poco a entregarle una nueva perspectiva sobre su existencia y, especialmente, sobre sus sanguinarias acciones del pasado. La llegada de la pequeña hija de su fiel aliado Little John ( Bill Skarsgård), ya fallecido, profundiza aún más este proceso de introspección. Mientras la muerte se acerca, Robin intenta encontrar alguna forma de redención y dejar atrás la violencia que marcó su vida. A esto se suma una inesperada cercanía con la hermana Brigid, que abre una posibilidad afectiva en un hombre que parecía haberlo perdido todo. Sin embargo, un secreto podría cambiar completamente el rumbo de esta aparente oportunidad. Hugh Jackman realiza una impecable interpretación de este forajido en el ocaso de su vida, sosteniendo buena parte de una película que comienza de manera frenética, oscura y sangrienta, pero que progresivamente desacelera para transformarse en una experiencia mucho más contemplativa. Ese cambio de ritmo puede resultar difícil para algunos espectadores, pero también responde al proceso interno de su protagonista: la acción da paso a la reflexión y la violencia comienza a ser reemplazada por una búsqueda de paz y, eventualmente, de redención. “La muerte de Robin Hood” probablemente decepcionará a quienes esperen la versión romántica, aventurera y heroica del personaje que conocemos. Esta es una aproximación mucho más oscura y melancólica, que utiliza la leyenda para hablar sobre la culpa, la muerte y la posibilidad -o imposibilidad- de reparar los errores del pasado. Una propuesta que exige paciencia, especialmente durante su segunda mitad, pero que ofrece una mirada diferente a uno de los personajes más conocidos de la cultura popular. En cines desde el 20 de agosto.