Con “La Posesión de la Momia” -título local que poco tiene que ver con la propuesta original- Lee Cronin se consolida como una de las voces más agresivas del terror contemporáneo. Producida por los pesos pesados del género, James Wan y Jason Blum, la película abandona cualquier vínculo con el cine de aventuras y apuesta por un relato íntimo, violento y profundamente incómodo. Lejos de las encarnaciones clásicas de Boris Karloff o del espectáculo hollywoodense popularizado por Brendan Fraser, esta nueva versión se construye desde una lógica completamente distinta: la del horror doméstico. La historia sigue a Charlie Cannon ( Jack Reynor), un periodista radicado en El Cairo junto a su esposa ( Laia Costa) y sus hijos. Todo cambia cuando su hija Katie desaparece misteriosamente en el desierto. Ocho años después, la niña reaparece dentro de un sarcófago, en un estado físico deplorable y atrapada en un trance inquietante. El reencuentro, sin embargo, no es más que el inicio de una pesadilla. La Katie que vuelve, interpretada con perturbadora intensidad por Natalie Grace, no es la misma: su cuerpo y su comportamiento evidencian que algo habita en ella. A medida que la familia intenta comprender lo ocurrido, el horror comienza a manifestarse con una violencia creciente, transformando la casa en un espacio de asedio constante, donde interviene también una detective egipcia ( May Calamawy) que intenta descifrar el origen de la amenaza. Desde su planteamiento, la película deja claro que no está interesada en la mitología clásica de la momia, sino en una relectura que mezcla posesión demoníaca, trauma familiar y horror corporal. En ese sentido, el vínculo con el universo de Sam Raimi es evidente: más que una momia, lo que emerge aquí es una entidad que remite directamente al concepto del “deadite”. Y es ahí donde la película encuentra tanto su mayor virtud como su principal limitación. Cronin filma con una vocación desbordada por lo grotesco. La puesta en escena está marcada por un uso insistente del gore: sangre, pus, cuerpos deformados y mutilaciones que no buscan sugerir, sino impactar de forma frontal. La película funciona como una experiencia física, incómoda, donde el espectador no tiene descanso. En términos de ritmo, pese a una introducción algo extensa, el relato logra sostenerse durante sus más de dos horas gracias a una acumulación constante de situaciones límite. Siempre está pasando algo, y eso juega a favor de su capacidad de entretener, incluso cuando roza el exceso. Sin embargo, esa misma lógica termina pasándole la cuenta. La cercanía con Evil Dead Rise no es solo tonal, sino también estructural y visual: hay decisiones que se sienten reiteradas -desde recursos narrativos hasta encuadres- lo que instala la sensación de estar frente a una variación más que a una propuesta completamente nueva. A esto se suma una cierta pérdida de verosimilitud en la construcción física del horror: los cuerpos parecen resistir más allá de cualquier límite, llevando la violencia a un punto donde lo extremo deja de impactar y comienza a saturar. Aun así, hay elementos que destacan con fuerza. La interpretación de Natalie Grace es, sin duda, uno de los grandes aciertos: su trabajo corporal, sumado a un maquillaje notable, construye una presencia verdaderamente inquietante. En esa dimensión, la película encuentra su núcleo más efectivo. “La Posesión de la Momia” no es una película para todos. Quienes busquen una aventura al estilo clásico o incluso algo cercano a la versión de The Mummy, difícilmente conectarán con esta propuesta. Pero para los seguidores del terror más extremo, aquí hay una experiencia intensa, grotesca y, por momentos, brutalmente entretenida. En definitiva, Cronin no resucita a la momia: la transforma en otra cosa. Algo más cercano a una infección que a una leyenda. Y en ese gesto, tan radical como excesivo, está tanto su mayor acierto como su mayor problema. Ya disponible en cines chilenos.
Con “La Posesión de la Momia” -título local que poco tiene que ver con la propuesta original- Lee Cronin se consolida como una de las voces más agresivas del terror contemporáneo. Producida por los pesos pesados del género, James Wan y Jason Blum, la película abandona cualquier vínculo con el cine de aventuras y apuesta por un relato íntimo, violento y profundamente incómodo. Lejos de las encarnaciones clásicas de Boris Karloff o del espectáculo hollywoodense popularizado por Brendan Fraser, esta nueva versión se construye desde una lógica completamente distinta: la del horror doméstico. La historia sigue a Charlie Cannon ( Jack Reynor), un periodista radicado en El Cairo junto a su esposa ( Laia Costa) y sus hijos. Todo cambia cuando su hija Katie desaparece misteriosamente en el desierto. Ocho años después, la niña reaparece dentro de un sarcófago, en un estado físico deplorable y atrapada en un trance inquietante. El reencuentro, sin embargo, no es más que el inicio de una pesadilla. La Katie que vuelve, interpretada con perturbadora intensidad por Natalie Grace, no es la misma: su cuerpo y su comportamiento evidencian que algo habita en ella. A medida que la familia intenta comprender lo ocurrido, el horror comienza a manifestarse con una violencia creciente, transformando la casa en un espacio de asedio constante, donde interviene también una detective egipcia ( May Calamawy) que intenta descifrar el origen de la amenaza. Desde su planteamiento, la película deja claro que no está interesada en la mitología clásica de la momia, sino en una relectura que mezcla posesión demoníaca, trauma familiar y horror corporal. En ese sentido, el vínculo con el universo de Sam Raimi es evidente: más que una momia, lo que emerge aquí es una entidad que remite directamente al concepto del “deadite”. Y es ahí donde la película encuentra tanto su mayor virtud como su principal limitación. Cronin filma con una vocación desbordada por lo grotesco. La puesta en escena está marcada por un uso insistente del gore: sangre, pus, cuerpos deformados y mutilaciones que no buscan sugerir, sino impactar de forma frontal. La película funciona como una experiencia física, incómoda, donde el espectador no tiene descanso. En términos de ritmo, pese a una introducción algo extensa, el relato logra sostenerse durante sus más de dos horas gracias a una acumulación constante de situaciones límite. Siempre está pasando algo, y eso juega a favor de su capacidad de entretener, incluso cuando roza el exceso. Sin embargo, esa misma lógica termina pasándole la cuenta. La cercanía con Evil Dead Rise no es solo tonal, sino también estructural y visual: hay decisiones que se sienten reiteradas -desde recursos narrativos hasta encuadres- lo que instala la sensación de estar frente a una variación más que a una propuesta completamente nueva. A esto se suma una cierta pérdida de verosimilitud en la construcción física del horror: los cuerpos parecen resistir más allá de cualquier límite, llevando la violencia a un punto donde lo extremo deja de impactar y comienza a saturar. Aun así, hay elementos que destacan con fuerza. La interpretación de Natalie Grace es, sin duda, uno de los grandes aciertos: su trabajo corporal, sumado a un maquillaje notable, construye una presencia verdaderamente inquietante. En esa dimensión, la película encuentra su núcleo más efectivo. “La Posesión de la Momia” no es una película para todos. Quienes busquen una aventura al estilo clásico o incluso algo cercano a la versión de The Mummy, difícilmente conectarán con esta propuesta. Pero para los seguidores del terror más extremo, aquí hay una experiencia intensa, grotesca y, por momentos, brutalmente entretenida. En definitiva, Cronin no resucita a la momia: la transforma en otra cosa. Algo más cercano a una infección que a una leyenda. Y en ese gesto, tan radical como excesivo, está tanto su mayor acierto como su mayor problema. Ya disponible en cines chilenos.