Confieso algo antes de comenzar: fui a ver este live action sin saber absolutamente nada de Blue Lock. No conocía el manga, no había visto el animé y apenas sabía que se trataba de una historia de fútbol. Por eso, durante sus primeros minutos, la película me desconcertó bastante. La premisa tampoco es precisamente convencional. Después de una decepcionante participación de Japón en el Mundial, se crea un proyecto llamado Blue Lock, una especie de prisión o centro de entrenamiento donde son encerrados 300 jóvenes delanteros. El objetivo es encontrar al futbolista capaz de convertirse en el gran goleador de la selección japonesa. El problema es que solamente uno podrá sobrevivir hasta el final y quienes sean eliminados perderán para siempre la posibilidad de representar a Japón. Sí, básicamente estamos ante una especie de Battle Royale futbolístico. Y ahí está justamente lo que más me sorprendió. Porque a medida que la historia avanza, esa premisa que inicialmente me parecía bastante absurda comenzó a funcionar. La película se concentra especialmente en el Equipo Z, el grupo que reúne a varios de los jugadores que parten en una posición aparentemente desventajosa. Entre ellos está Yoichi Isagi, interpretado por Fumiya Takahashi, junto a personajes como Meguru Bachira, Hyoma Chigiri y Rensuke Kunigami. Lo interesante es ver cómo estos personajes, que al comienzo prácticamente no saben cómo funcionar juntos, empiezan a descubrir sus propias habilidades y también la manera de enfrentarse a sus rivales. Porque Blue Lock no parece estar demasiado interesada en la idea tradicional del fútbol como deporte colectivo: acá importa el ego, la individualidad y descubrir qué puede hacer cada jugador cuando está bajo presión. Y eso también se refleja directamente en la puesta en escena. Visualmente, Blue Lock es prácticamente un animé interpretado por personas reales. Hay cámaras lentas, planos imposibles, efectos visuales, exageraciones físicas y reacciones que probablemente resulten completamente naturales para quienes conocen la obra original, pero que para alguien que llega desde cero pueden ser bastante desconcertantes. Aun así, después de un rato terminé entrando en su lógica y entendiendo que esa exageración es parte fundamental de su identidad. La película está dirigida por Yusuke Taki y cuenta con un reparto bastante numeroso, incluyendo a Kyohei Takahashi como Chigiri, Kota Nomura como Kunigami, K como Nagi, Keito Tsuna como Reo y Masataka Kubota como Jinpachi Ego, la mente detrás del proyecto Blue Lock. El exfutbolista japonés Daisuke Matsui estuvo a cargo de la supervisión futbolística. No puedo decir si estamos frente a una adaptación fiel del manga o del animé, porque, como ya dije, llegué completamente ignorante a la película. Pero sí puedo decir que me entretuvo y me dejó intrigado por saber el destino del Equipo Z. Y aunque esta primera película apenas abre las puertas de Blue Lock, todo apunta a que la historia todavía tiene mucho por contar. Ya está en cines chilenos.
Disney vuelve a navegar junto a Moana. Casi una década después del estreno de la exitosa película animada de 2016, el estudio lleva nuevamente esta historia a la pantalla grande, ahora en formato de acción real. Para quienes se acerquen por primera vez a esta historia, la experiencia resulta especialmente interesante. Sin el peso de la nostalgia o la necesidad de comparar cada escena con la versión animada, Moana se presenta como una aventura vibrante, luminosa y llena de encanto, que combina humor, emoción y un potente mensaje sobre la identidad, la familia y la valentía. La historia sigue a Moana, la hija del jefe de una pequeña isla de la Polinesia que, pese a estar destinada a convertirse en la próxima líder de su pueblo, siente una conexión irresistible con el océano. Cuando una antigua amenaza comienza a poner en riesgo el equilibrio de su hogar, deberá embarcarse en una peligrosa travesía para encontrar al semidiós Maui y convencerlo de reparar un error del pasado. Juntos vivirán una aventura inolvidable, mientras la joven descubre quién está destinada a ser. Catherine Lagaʻaia se siente completamente cómoda en el papel protagonista. La joven actriz transmite con naturalidad la mezcla de valentía, sensibilidad y determinación que caracteriza a Moana, desenvolviéndose con soltura tanto en los momentos dramáticos como en aquellos más ligeros. Por su parte, Dwayne Johnson vuelve a demostrar que Maui parece un personaje hecho a su medida. El semidiós arrogante, fanfarrón y convencido de que es el héroe más grande de todos conserva el carisma que lo convirtió en uno de los favoritos del público. Eso sí, verlo con una larga cabellera puede resultar algo extraño al principio, considerando la imagen con la que todos identificamos al actor. Mención especial merece Rena Owen, quien interpreta a Tala, la sabia abuela de Moana y el corazón espiritual de la historia. Es ella quien impulsa a la protagonista a seguir su propio camino y escuchar aquello que realmente le dicta su corazón. Para quienes disfrutamos del cine neozelandés, siempre será un gusto volver a verla en pantalla, especialmente recordando su inolvidable interpretación en la extraordinaria Once Were Warriors (1994), dirigida por el fallecido Lee Tamahori. Uno de los elementos que se mantiene intacto es la música. Las canciones son las mismas que hicieron famosa a la versión animada, por lo que quienes no disfrutan de los musicales de Disney deberían saber que aquí cantan y mucho. Sin embargo, las composiciones funcionan muy bien, son pegajosas, emotivas y terminan convirtiéndose en una parte fundamental del relato. Debo reconocer que el inicio me costó un poco. La película arranca mostrando un mundo prácticamente perfecto: una isla paradisíaca, personajes felices y una estética tan luminosa que, por momentos, puede sentirse excesivamente idealizada. Sin embargo, cuando aparecen los conflictos y Moana emprende su viaje, la historia encuentra su verdadero ritmo. Es ahí donde la química entre Moana y Maui sostiene gran parte de la película. La relación entre ambos evoluciona de forma muy natural, dando paso a una entrañable dinámica de mentor y aprendiz que sirve para abordar temas como la familia, el crecimiento personal y la búsqueda de la propia identidad. Son esos momentos los que terminan entregando el corazón de la película y conectando tanto con niños como con adultos. El humor también cumple su función gracias al regreso de Heihei, el despistado gallo que acompaña a Moana y que vuelve a protagonizar varios de los momentos más graciosos de la historia. En el apartado técnico, el CGI probablemente sea el aspecto más irregular de la producción. En varias escenas las criaturas digitales y algunos efectos especiales lucen menos convincentes de lo esperado. Aun así, nunca llegan a empañar una experiencia que apuesta principalmente por la aventura, la emoción y el espectáculo visual. En definitiva, este nuevo live action es una película familiar que funciona muy bien incluso para quienes nunca vieron la versión animada. Es una aventura entretenida, emotiva y visualmente deslumbrante que, pese a algunos tropiezos técnicos, logra conquistar gracias a sus personajes, su música y el mensaje que transmite. Al menos para alguien que llegó sin conocer absolutamente nada de esta historia, la experiencia fue más que satisfactoria. Ya disponible en cines chilenos.
Confieso algo antes de comenzar: fui a ver este live action sin saber absolutamente nada de Blue Lock. No conocía el manga, no había visto el animé y apenas sabía que se trataba de una historia de fútbol. Por eso, durante sus primeros minutos, la película me desconcertó bastante. La premisa tampoco es precisamente convencional. Después de una decepcionante participación de Japón en el Mundial, se crea un proyecto llamado Blue Lock, una especie de prisión o centro de entrenamiento donde son encerrados 300 jóvenes delanteros. El objetivo es encontrar al futbolista capaz de convertirse en el gran goleador de la selección japonesa. El problema es que solamente uno podrá sobrevivir hasta el final y quienes sean eliminados perderán para siempre la posibilidad de representar a Japón. Sí, básicamente estamos ante una especie de Battle Royale futbolístico. Y ahí está justamente lo que más me sorprendió. Porque a medida que la historia avanza, esa premisa que inicialmente me parecía bastante absurda comenzó a funcionar. La película se concentra especialmente en el Equipo Z, el grupo que reúne a varios de los jugadores que parten en una posición aparentemente desventajosa. Entre ellos está Yoichi Isagi, interpretado por Fumiya Takahashi, junto a personajes como Meguru Bachira, Hyoma Chigiri y Rensuke Kunigami. Lo interesante es ver cómo estos personajes, que al comienzo prácticamente no saben cómo funcionar juntos, empiezan a descubrir sus propias habilidades y también la manera de enfrentarse a sus rivales. Porque Blue Lock no parece estar demasiado interesada en la idea tradicional del fútbol como deporte colectivo: acá importa el ego, la individualidad y descubrir qué puede hacer cada jugador cuando está bajo presión. Y eso también se refleja directamente en la puesta en escena. Visualmente, Blue Lock es prácticamente un animé interpretado por personas reales. Hay cámaras lentas, planos imposibles, efectos visuales, exageraciones físicas y reacciones que probablemente resulten completamente naturales para quienes conocen la obra original, pero que para alguien que llega desde cero pueden ser bastante desconcertantes. Aun así, después de un rato terminé entrando en su lógica y entendiendo que esa exageración es parte fundamental de su identidad. La película está dirigida por Yusuke Taki y cuenta con un reparto bastante numeroso, incluyendo a Kyohei Takahashi como Chigiri, Kota Nomura como Kunigami, K como Nagi, Keito Tsuna como Reo y Masataka Kubota como Jinpachi Ego, la mente detrás del proyecto Blue Lock. El exfutbolista japonés Daisuke Matsui estuvo a cargo de la supervisión futbolística. No puedo decir si estamos frente a una adaptación fiel del manga o del animé, porque, como ya dije, llegué completamente ignorante a la película. Pero sí puedo decir que me entretuvo y me dejó intrigado por saber el destino del Equipo Z. Y aunque esta primera película apenas abre las puertas de Blue Lock, todo apunta a que la historia todavía tiene mucho por contar. Ya está en cines chilenos.
Disney vuelve a navegar junto a Moana. Casi una década después del estreno de la exitosa película animada de 2016, el estudio lleva nuevamente esta historia a la pantalla grande, ahora en formato de acción real. Para quienes se acerquen por primera vez a esta historia, la experiencia resulta especialmente interesante. Sin el peso de la nostalgia o la necesidad de comparar cada escena con la versión animada, Moana se presenta como una aventura vibrante, luminosa y llena de encanto, que combina humor, emoción y un potente mensaje sobre la identidad, la familia y la valentía. La historia sigue a Moana, la hija del jefe de una pequeña isla de la Polinesia que, pese a estar destinada a convertirse en la próxima líder de su pueblo, siente una conexión irresistible con el océano. Cuando una antigua amenaza comienza a poner en riesgo el equilibrio de su hogar, deberá embarcarse en una peligrosa travesía para encontrar al semidiós Maui y convencerlo de reparar un error del pasado. Juntos vivirán una aventura inolvidable, mientras la joven descubre quién está destinada a ser. Catherine Lagaʻaia se siente completamente cómoda en el papel protagonista. La joven actriz transmite con naturalidad la mezcla de valentía, sensibilidad y determinación que caracteriza a Moana, desenvolviéndose con soltura tanto en los momentos dramáticos como en aquellos más ligeros. Por su parte, Dwayne Johnson vuelve a demostrar que Maui parece un personaje hecho a su medida. El semidiós arrogante, fanfarrón y convencido de que es el héroe más grande de todos conserva el carisma que lo convirtió en uno de los favoritos del público. Eso sí, verlo con una larga cabellera puede resultar algo extraño al principio, considerando la imagen con la que todos identificamos al actor. Mención especial merece Rena Owen, quien interpreta a Tala, la sabia abuela de Moana y el corazón espiritual de la historia. Es ella quien impulsa a la protagonista a seguir su propio camino y escuchar aquello que realmente le dicta su corazón. Para quienes disfrutamos del cine neozelandés, siempre será un gusto volver a verla en pantalla, especialmente recordando su inolvidable interpretación en la extraordinaria Once Were Warriors (1994), dirigida por el fallecido Lee Tamahori. Uno de los elementos que se mantiene intacto es la música. Las canciones son las mismas que hicieron famosa a la versión animada, por lo que quienes no disfrutan de los musicales de Disney deberían saber que aquí cantan y mucho. Sin embargo, las composiciones funcionan muy bien, son pegajosas, emotivas y terminan convirtiéndose en una parte fundamental del relato. Debo reconocer que el inicio me costó un poco. La película arranca mostrando un mundo prácticamente perfecto: una isla paradisíaca, personajes felices y una estética tan luminosa que, por momentos, puede sentirse excesivamente idealizada. Sin embargo, cuando aparecen los conflictos y Moana emprende su viaje, la historia encuentra su verdadero ritmo. Es ahí donde la química entre Moana y Maui sostiene gran parte de la película. La relación entre ambos evoluciona de forma muy natural, dando paso a una entrañable dinámica de mentor y aprendiz que sirve para abordar temas como la familia, el crecimiento personal y la búsqueda de la propia identidad. Son esos momentos los que terminan entregando el corazón de la película y conectando tanto con niños como con adultos. El humor también cumple su función gracias al regreso de Heihei, el despistado gallo que acompaña a Moana y que vuelve a protagonizar varios de los momentos más graciosos de la historia. En el apartado técnico, el CGI probablemente sea el aspecto más irregular de la producción. En varias escenas las criaturas digitales y algunos efectos especiales lucen menos convincentes de lo esperado. Aun así, nunca llegan a empañar una experiencia que apuesta principalmente por la aventura, la emoción y el espectáculo visual. En definitiva, este nuevo live action es una película familiar que funciona muy bien incluso para quienes nunca vieron la versión animada. Es una aventura entretenida, emotiva y visualmente deslumbrante que, pese a algunos tropiezos técnicos, logra conquistar gracias a sus personajes, su música y el mensaje que transmite. Al menos para alguien que llegó sin conocer absolutamente nada de esta historia, la experiencia fue más que satisfactoria. Ya disponible en cines chilenos.