Hablar de Matapanki no es fácil. A primera vista, podría parecer una película absurda, desprolija e incluso mal hecha. Y, sin embargo, hay algo en su propuesta que funciona: una autenticidad rara, casi accidental, que termina por hacerla disfrutable. Dirigida por el debutante Diego Fuentes, la cinta nació como un proyecto universitario de la UDD realizado prácticamente “con cinco lucas”. Pese a ese origen, su recorrido ha sido todo menos menor: la película tuvo un destacado paso por el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde obtuvo una Mención Especial del Jurado en la sección Generation 14plus, consolidándose como una de las propuestas chilenas más llamativas del circuito reciente . Desde ahí, la película abraza sin complejos sus limitaciones. Sus actores no son profesionales, el sonido es deficiente y la factura técnica es irregular, pero todo eso se integra —de forma sorprendente— al espíritu punk que define a sus personajes y su universo. La historia sigue a Ricardo, un joven punk que vive con su abuela y pasa sus días entre tocatas, carretes y el clásico “macheteo”. En una noche cualquiera, encuentra un trago abandonado en un baño y, en un gesto que recuerda al cine más marginal, decide beberlo. Al día siguiente despierta en la calle, semidesnudo, y descubre que ese misterioso copete le ha otorgado una fuerza sobrehumana. A partir de ahí, la película se lanza sin frenos: Ricardo intenta entender sus poderes junto a sus amigos - Mella y Claudia- mientras se debate entre convertirse o no en una suerte de superhéroe. Pero el delirio escala rápidamente cuando entra en escena la CIA, revelando que todo forma parte de un experimento, y llevando al protagonista a enfrentamientos que rozan lo ridículo, incluyendo una pelea con el propio presidente de Estados Unidos. En su mezcla de referencias -que pueden recordar al espíritu de Repo Man, el radicalismo visual de Begotten, la torpeza entrañable de Ed Wood o la experimentación de Stan Brakhage- Matapanki construye un lenguaje propio, caótico y visceral. Donde más destaca es en su propuesta estética: intervenciones dibujadas a mano, rayones y capas visuales que convierten la película en una especie de collage en movimiento, como si el director estuviera vomitando ideas sobre la imagen tras una noche de borrachera. Es un gesto creativo que, aunque irregular, aporta identidad. El trío protagonista sostiene buena parte del relato gracias a su química genuina, aunque el deficiente trabajo de sonido juega en contra, dificultando la comprensión de los diálogos, algo que probablemente complique aún más a públicos fuera de Chile, dado su marcado lenguaje coloquial. Matapanki tiene más fallas que aciertos, pero también tiene algo que muchas películas más pulidas han perdido: riesgo, personalidad y una necesidad urgente de expresarse. Es, en definitiva, una de esas obras que se aman o se odian, pero que difícilmente dejan indiferente. Y en ese gesto, en esa explosión desordenada de creatividad, podría estar el germen de una futura película de culto. Además, con poco más de una hora de duración, su viaje se pasa volando.
Hablar de Matapanki no es fácil. A primera vista, podría parecer una película absurda, desprolija e incluso mal hecha. Y, sin embargo, hay algo en su propuesta que funciona: una autenticidad rara, casi accidental, que termina por hacerla disfrutable. Dirigida por el debutante Diego Fuentes, la cinta nació como un proyecto universitario de la UDD realizado prácticamente “con cinco lucas”. Pese a ese origen, su recorrido ha sido todo menos menor: la película tuvo un destacado paso por el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde obtuvo una Mención Especial del Jurado en la sección Generation 14plus, consolidándose como una de las propuestas chilenas más llamativas del circuito reciente . Desde ahí, la película abraza sin complejos sus limitaciones. Sus actores no son profesionales, el sonido es deficiente y la factura técnica es irregular, pero todo eso se integra —de forma sorprendente— al espíritu punk que define a sus personajes y su universo. La historia sigue a Ricardo, un joven punk que vive con su abuela y pasa sus días entre tocatas, carretes y el clásico “macheteo”. En una noche cualquiera, encuentra un trago abandonado en un baño y, en un gesto que recuerda al cine más marginal, decide beberlo. Al día siguiente despierta en la calle, semidesnudo, y descubre que ese misterioso copete le ha otorgado una fuerza sobrehumana. A partir de ahí, la película se lanza sin frenos: Ricardo intenta entender sus poderes junto a sus amigos - Mella y Claudia- mientras se debate entre convertirse o no en una suerte de superhéroe. Pero el delirio escala rápidamente cuando entra en escena la CIA, revelando que todo forma parte de un experimento, y llevando al protagonista a enfrentamientos que rozan lo ridículo, incluyendo una pelea con el propio presidente de Estados Unidos. En su mezcla de referencias -que pueden recordar al espíritu de Repo Man, el radicalismo visual de Begotten, la torpeza entrañable de Ed Wood o la experimentación de Stan Brakhage- Matapanki construye un lenguaje propio, caótico y visceral. Donde más destaca es en su propuesta estética: intervenciones dibujadas a mano, rayones y capas visuales que convierten la película en una especie de collage en movimiento, como si el director estuviera vomitando ideas sobre la imagen tras una noche de borrachera. Es un gesto creativo que, aunque irregular, aporta identidad. El trío protagonista sostiene buena parte del relato gracias a su química genuina, aunque el deficiente trabajo de sonido juega en contra, dificultando la comprensión de los diálogos, algo que probablemente complique aún más a públicos fuera de Chile, dado su marcado lenguaje coloquial. Matapanki tiene más fallas que aciertos, pero también tiene algo que muchas películas más pulidas han perdido: riesgo, personalidad y una necesidad urgente de expresarse. Es, en definitiva, una de esas obras que se aman o se odian, pero que difícilmente dejan indiferente. Y en ese gesto, en esa explosión desordenada de creatividad, podría estar el germen de una futura película de culto. Además, con poco más de una hora de duración, su viaje se pasa volando.