Ha pasado más de una semana desde que viSirāt y sigo pensando en ella. Creo que esa es la intención de su director, el franco-español Ó liver Laxe : impactar y brindar una experiencia sensorial que se percibe de manera distinta según quien la vea. La premisa es la siguiente: Luis se traslada al hostil desierto de Marruecos junto a su hijo menor, Esteban, para buscar a su hija Mar, de quien hace meses no tienen noticias, solo que desapareció tras asistir a unas raves clandestinas, fiestas de música electrónica en parajes remotos llenos de personas que parecen vivir en su propio mundo. En uno de estos encuentros, Luis conversa con un grupo de ravers que le dicen que más lejos hay otra fiesta donde quizás podría estar su hija. La desesperación de este padre lo lleva a tomar una decisión sin retorno, seguir a estas personas, sin saber ninguno de ellos, que se trata de un camino al infierno en medio de un mundo ya convulsionado por una naciente guerra mundial, con advertencias dadas de que deberían salir de allí. En su intento por ignorar los dramas globales y sus propios traumas en favor de un objetivo personal, la película sugiere que el precio de ese desdén es alto. Como road movie, el viaje en Sirāt es tanto físico como interior. Luis, Esteban y las personas que encuentran en el camino están profundamente dañados; este viaje parece ser todo lo que tienen. Los personajes hablan poco, y lo que sabemos de ellos lo leemos en sus gestos, reacciones y cuerpos. Esa economía narrativa a veces dificulta empatizar con ellos, pero también refuerza la idea de que aquí no se busca ofrecer respuestas, sino sensaciones. El ritmo va de la mano con la música, un elemento fundamental que nos lleva desde la tensión brutal hasta silencios perturbadores. No es casualidad que Sirāt esté nominada al Oscar en dos categorías: Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, este último por su diseño y presencia narrativa. En términos de trama, la película recuerda que todas las decisiones tienen consecuencias, muchas veces inesperadas y desproporcionadas. Eso se refleja en la deriva de los personajes, cuyas motivaciones cambian a medida que el desierto -tan inmenso como abrumador- se cierne sobre ellos. La imagen es tan crucial como el sonido. Construye planos hermosos, abiertos y desoladores, con una fotografía deslumbrante que transmite el calor, el frío y el miedo desde la pantalla. Es un cine que atraviesa la experiencia. Sergi López (conocido por El laberinto del fauno y otras obras) realiza un trabajo natural y contenido como Luis, y su química con el joven Bruno Núñez -quien encarna a Esteban - es uno de los pilares emocionales del film. También es notable que los intérpretes que encarnan a los ravers son personas que, en la vida real, viven cerca de ese universo, lo que confiere una presencia física y emocional difícil de crear con maquillaje o efectos. Jade Oukid, Stephania Gadda, Tonin Janvier, Richard “Bigui” Bellamy y Josh Henderson, prestan parte de su existencia para dar mayor verdad a esta experiencia cinematográfica, mientras probablemente sus propias vidas nunca serán las mismas. Sirāt hay que verla, mucho más que leer sobre ella. Es un filme para dejarse llevar por la música, ahogarse en sus imágenes, soportar el tedio de ciertos pasajes, aborrecer a los personajes en momentos e impactarse cuando nada resulta como crees. El mundo se cae a pedazos, y muchas veces nosotros también por dentro. La película se estrena en cines chilenos el 29 de enero, producida por El Deseo, la reconocida compañía de los hermanos Agustín y Pedro Almodóvar, y continúa acumulando reconocimiento internacional por su apuesta radical y sensible.
Ha pasado más de una semana desde que viSirāt y sigo pensando en ella. Creo que esa es la intención de su director, el franco-español Ó liver Laxe : impactar y brindar una experiencia sensorial que se percibe de manera distinta según quien la vea. La premisa es la siguiente: Luis se traslada al hostil desierto de Marruecos junto a su hijo menor, Esteban, para buscar a su hija Mar, de quien hace meses no tienen noticias, solo que desapareció tras asistir a unas raves clandestinas, fiestas de música electrónica en parajes remotos llenos de personas que parecen vivir en su propio mundo. En uno de estos encuentros, Luis conversa con un grupo de ravers que le dicen que más lejos hay otra fiesta donde quizás podría estar su hija. La desesperación de este padre lo lleva a tomar una decisión sin retorno, seguir a estas personas, sin saber ninguno de ellos, que se trata de un camino al infierno en medio de un mundo ya convulsionado por una naciente guerra mundial, con advertencias dadas de que deberían salir de allí. En su intento por ignorar los dramas globales y sus propios traumas en favor de un objetivo personal, la película sugiere que el precio de ese desdén es alto. Como road movie, el viaje en Sirāt es tanto físico como interior. Luis, Esteban y las personas que encuentran en el camino están profundamente dañados; este viaje parece ser todo lo que tienen. Los personajes hablan poco, y lo que sabemos de ellos lo leemos en sus gestos, reacciones y cuerpos. Esa economía narrativa a veces dificulta empatizar con ellos, pero también refuerza la idea de que aquí no se busca ofrecer respuestas, sino sensaciones. El ritmo va de la mano con la música, un elemento fundamental que nos lleva desde la tensión brutal hasta silencios perturbadores. No es casualidad que Sirāt esté nominada al Oscar en dos categorías: Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, este último por su diseño y presencia narrativa. En términos de trama, la película recuerda que todas las decisiones tienen consecuencias, muchas veces inesperadas y desproporcionadas. Eso se refleja en la deriva de los personajes, cuyas motivaciones cambian a medida que el desierto -tan inmenso como abrumador- se cierne sobre ellos. La imagen es tan crucial como el sonido. Construye planos hermosos, abiertos y desoladores, con una fotografía deslumbrante que transmite el calor, el frío y el miedo desde la pantalla. Es un cine que atraviesa la experiencia. Sergi López (conocido por El laberinto del fauno y otras obras) realiza un trabajo natural y contenido como Luis, y su química con el joven Bruno Núñez -quien encarna a Esteban - es uno de los pilares emocionales del film. También es notable que los intérpretes que encarnan a los ravers son personas que, en la vida real, viven cerca de ese universo, lo que confiere una presencia física y emocional difícil de crear con maquillaje o efectos. Jade Oukid, Stephania Gadda, Tonin Janvier, Richard “Bigui” Bellamy y Josh Henderson, prestan parte de su existencia para dar mayor verdad a esta experiencia cinematográfica, mientras probablemente sus propias vidas nunca serán las mismas. Sirāt hay que verla, mucho más que leer sobre ella. Es un filme para dejarse llevar por la música, ahogarse en sus imágenes, soportar el tedio de ciertos pasajes, aborrecer a los personajes en momentos e impactarse cuando nada resulta como crees. El mundo se cae a pedazos, y muchas veces nosotros también por dentro. La película se estrena en cines chilenos el 29 de enero, producida por El Deseo, la reconocida compañía de los hermanos Agustín y Pedro Almodóvar, y continúa acumulando reconocimiento internacional por su apuesta radical y sensible.