Soy un fanático de los juegos de Resident Evil , especialmente de sus primeras entregas, cuando el survival horror era el corazón de la saga. Por eso tenía bastante fe en esta nueva versión y, después de verla, puedo decir que salí bastante satisfecho. La película nos presenta a Bryan , interpretado por Austin Abrams, un joven repartidor de órganos para hospitales, un verdadero don nadie que simplemente intenta ganarse la vida. Pero desde el comienzo sabemos que está atravesando un momento importante de su vida: su novia acaba de contarle que está embarazada y su primera reacción no es precisamente la de un futuro padre feliz. Bryan siente miedo. Miedo por el bebé que viene, por la responsabilidad que tendrá que asumir y por no saber si está preparado para convertirse en padre. Ese miedo termina convirtiéndose en uno de los leitmotiv de toda la película. Mientras Bryan intenta sobrevivir a una noche que se transforma progresivamente en una pesadilla, también está enfrentando, de alguna manera, sus propios temores respecto al futuro que tiene por delante. Después de terminar una entrega, Bryan recibe un último pedido a altas horas de la noche. Debe llevar un paquete médico hasta Raccoon City, la entrega es de máxima urgencia y, como incentivo, le ofrecen pagarle el doble. Bryan toma su vehículo y emprende el camino hacia esta zona montañosa y nevada. Pero durante el trayecto atropella a una mujer desconocida. Al principio intenta ayudarla, pero rápidamente descubre que algo no está bien. La mujer lo ataca y, desde ese momento, lo que parecía ser simplemente una entrega más se convierte en una pesadilla. Y me gusta mucho la manera en que su director, Zach Cregger ( Weapons, Barbarian) estructura esta travesía. La película se siente casi como una partida de Resident Evil llevada al cine. Seguimos a Bryan prácticamente en tiempo real mientras atraviesa distintas etapas: primero esa carretera nevada, luego una casona, un túnel y finalmente Raccoon City, una ciudad completamente desolada por un misterioso virus. Cada escenario funciona como un nuevo nivel y, como ocurre tantas veces en los videojuegos, la escala va aumentando progresivamente. Partimos en lugares relativamente cotidianos y reconocibles para terminar en espacios completamente extraordinarios, llenos de criaturas y horrores. Es casi como avanzar por las distintas zonas de un videojuego hasta llegar al inevitable laboratorio final. Pero Cregger no toma como única referencia a Resident Evil 2. Si bien los acontecimientos de ese juego son el punto de partida, la película funciona como una especie de síntesis del universo creado por Capcom, recogiendo elementos de distintas etapas de la saga. Esto se nota especialmente en la manera en que aborda las mutaciones. Aquí el virus no se limita a convertir personas en zombis: también provoca deformaciones, transformaciones y criaturas completamente monstruosas. Es un aspecto que conecta mucho más con lo que posteriormente vimos en Resident Evil 4 y otras entregas de la franquicia, donde la infección comienza a producir organismos cada vez más extraños y grotescos. Y ahí aparece otra de las grandes influencias de la película: The Thing , de John Carpenter. Cregger toma directamente ese imaginario de cuerpos que dejan de comportarse como cuerpos humanos, de carne que se transforma, se deforma y adquiere nuevas formas. La película abraza de lleno el horror corporal y algunas de sus criaturas parecen diseñadas para provocar justamente esa mezcla de fascinación y repulsión. Incluso hay diseños que parecen sacados directamente de otros videojuegos. Ese personaje gordo con las ratas saliendo de su estómago, por ejemplo, me hizo pensar inmediatamente en The Suffering , otro clásico del género. Y eso demuestra que Cregger no está pensando solamente en cómo adaptar Resident Evil, sino también en toda una tradición de horror que los videojuegos ayudaron a construir. Pero una de las cosas que más disfruté es que la película entiende que Resident Evil no es solamente terror. También existe ese particular sentido del humor que siempre ha acompañado a la saga, y Cregger lo explota especialmente a través de Bryan. Austin Abrams funciona muy bien como protagonista, porque su personaje está lejos de ser un héroe de acción. No es Leon Kennedy. No es un soldado entrenado. Es simplemente un tipo común y corriente que se encuentra atrapado en una situación completamente absurda y aterradora. Sus reacciones frente a lo que está viendo son muchas veces las mismas que tendría cualquier persona en su lugar, y eso genera varios momentos de humor que funcionan muy bien. La película tampoco se olvida de los fanáticos . Aunque no está construida como una adaptación directa de los juegos, Cregger va dejando pequeños guiños durante el recorrido: las plantas medicinales, las municiones de escopeta, Umbrella, Raccoon City y distintos elementos que remiten directamente al universo de Capcom. Son detalles que no necesitan ser explicados y que funcionan justamente porque están integrados dentro de la aventura. Y cuando llega el momento de entregar el horror, la película no se guarda demasiado. Hay jumpscares, gore bastante brutal, escenas realmente shockeantes y un trabajo de horror corporal que por momentos resulta particularmente desagradable. Algunas secuencias están muy bien construidas y consiguen transmitir esa sensación de vulnerabilidad que era fundamental en los primeros Resident Evil: pocos recursos, pocas municiones y la constante sensación de que cualquier cosa puede aparecer detrás de una puerta. Tuve además la oportunidad de verla en 4DX, y debo decir que fue una experiencia agradable, aunque no necesariamente creo que sea la mejor manera de disfrutar esta película. El movimiento de las butacas, los efectos y toda la parafernalia del formato funcionan muy bien como experiencia, pero en varios momentos terminé más pendiente de lo que ocurría alrededor mío que de lo que estaba pasando en pantalla. En vez de potenciar la inmersión, por momentos me desconcentró y me sacó de la película. Creo que Resident Evil: Noche Cero funciona mejor cuando uno puede concentrarse completamente en esa pesadilla que Cregger está construyendo. Por supuesto, no creo que estemos frente a la película definitiva de Resident Evil. Tampoco creo que sea necesario. Cregger parece entender que no tiene sentido intentar reproducir exactamente un videojuego y, en cambio, toma su estructura, sus sensaciones y algunos de sus elementos para construir una película de terror propia.Y creo que ahí está justamente su mayor virtud. Una propuesta fresca y original, con guiños al cine de horror y a los videojuegos, humor negro, gore, horror corporal y buenos sustos. Una verdadera pesadilla que avanza como una partida de survival horror, cada vez más grande, más extraña y más monstruosa. Los fanáticos de la saga van a encontrar bastante para disfrutar. Resident Evil: Noche Cero ya está en cines chilenos.
Soy un fanático de los juegos de Resident Evil , especialmente de sus primeras entregas, cuando el survival horror era el corazón de la saga. Por eso tenía bastante fe en esta nueva versión y, después de verla, puedo decir que salí bastante satisfecho. La película nos presenta a Bryan , interpretado por Austin Abrams, un joven repartidor de órganos para hospitales, un verdadero don nadie que simplemente intenta ganarse la vida. Pero desde el comienzo sabemos que está atravesando un momento importante de su vida: su novia acaba de contarle que está embarazada y su primera reacción no es precisamente la de un futuro padre feliz. Bryan siente miedo. Miedo por el bebé que viene, por la responsabilidad que tendrá que asumir y por no saber si está preparado para convertirse en padre. Ese miedo termina convirtiéndose en uno de los leitmotiv de toda la película. Mientras Bryan intenta sobrevivir a una noche que se transforma progresivamente en una pesadilla, también está enfrentando, de alguna manera, sus propios temores respecto al futuro que tiene por delante. Después de terminar una entrega, Bryan recibe un último pedido a altas horas de la noche. Debe llevar un paquete médico hasta Raccoon City, la entrega es de máxima urgencia y, como incentivo, le ofrecen pagarle el doble. Bryan toma su vehículo y emprende el camino hacia esta zona montañosa y nevada. Pero durante el trayecto atropella a una mujer desconocida. Al principio intenta ayudarla, pero rápidamente descubre que algo no está bien. La mujer lo ataca y, desde ese momento, lo que parecía ser simplemente una entrega más se convierte en una pesadilla. Y me gusta mucho la manera en que su director, Zach Cregger ( Weapons, Barbarian) estructura esta travesía. La película se siente casi como una partida de Resident Evil llevada al cine. Seguimos a Bryan prácticamente en tiempo real mientras atraviesa distintas etapas: primero esa carretera nevada, luego una casona, un túnel y finalmente Raccoon City, una ciudad completamente desolada por un misterioso virus. Cada escenario funciona como un nuevo nivel y, como ocurre tantas veces en los videojuegos, la escala va aumentando progresivamente. Partimos en lugares relativamente cotidianos y reconocibles para terminar en espacios completamente extraordinarios, llenos de criaturas y horrores. Es casi como avanzar por las distintas zonas de un videojuego hasta llegar al inevitable laboratorio final. Pero Cregger no toma como única referencia a Resident Evil 2. Si bien los acontecimientos de ese juego son el punto de partida, la película funciona como una especie de síntesis del universo creado por Capcom, recogiendo elementos de distintas etapas de la saga. Esto se nota especialmente en la manera en que aborda las mutaciones. Aquí el virus no se limita a convertir personas en zombis: también provoca deformaciones, transformaciones y criaturas completamente monstruosas. Es un aspecto que conecta mucho más con lo que posteriormente vimos en Resident Evil 4 y otras entregas de la franquicia, donde la infección comienza a producir organismos cada vez más extraños y grotescos. Y ahí aparece otra de las grandes influencias de la película: The Thing , de John Carpenter. Cregger toma directamente ese imaginario de cuerpos que dejan de comportarse como cuerpos humanos, de carne que se transforma, se deforma y adquiere nuevas formas. La película abraza de lleno el horror corporal y algunas de sus criaturas parecen diseñadas para provocar justamente esa mezcla de fascinación y repulsión. Incluso hay diseños que parecen sacados directamente de otros videojuegos. Ese personaje gordo con las ratas saliendo de su estómago, por ejemplo, me hizo pensar inmediatamente en The Suffering , otro clásico del género. Y eso demuestra que Cregger no está pensando solamente en cómo adaptar Resident Evil, sino también en toda una tradición de horror que los videojuegos ayudaron a construir. Pero una de las cosas que más disfruté es que la película entiende que Resident Evil no es solamente terror. También existe ese particular sentido del humor que siempre ha acompañado a la saga, y Cregger lo explota especialmente a través de Bryan. Austin Abrams funciona muy bien como protagonista, porque su personaje está lejos de ser un héroe de acción. No es Leon Kennedy. No es un soldado entrenado. Es simplemente un tipo común y corriente que se encuentra atrapado en una situación completamente absurda y aterradora. Sus reacciones frente a lo que está viendo son muchas veces las mismas que tendría cualquier persona en su lugar, y eso genera varios momentos de humor que funcionan muy bien. La película tampoco se olvida de los fanáticos . Aunque no está construida como una adaptación directa de los juegos, Cregger va dejando pequeños guiños durante el recorrido: las plantas medicinales, las municiones de escopeta, Umbrella, Raccoon City y distintos elementos que remiten directamente al universo de Capcom. Son detalles que no necesitan ser explicados y que funcionan justamente porque están integrados dentro de la aventura. Y cuando llega el momento de entregar el horror, la película no se guarda demasiado. Hay jumpscares, gore bastante brutal, escenas realmente shockeantes y un trabajo de horror corporal que por momentos resulta particularmente desagradable. Algunas secuencias están muy bien construidas y consiguen transmitir esa sensación de vulnerabilidad que era fundamental en los primeros Resident Evil: pocos recursos, pocas municiones y la constante sensación de que cualquier cosa puede aparecer detrás de una puerta. Tuve además la oportunidad de verla en 4DX, y debo decir que fue una experiencia agradable, aunque no necesariamente creo que sea la mejor manera de disfrutar esta película. El movimiento de las butacas, los efectos y toda la parafernalia del formato funcionan muy bien como experiencia, pero en varios momentos terminé más pendiente de lo que ocurría alrededor mío que de lo que estaba pasando en pantalla. En vez de potenciar la inmersión, por momentos me desconcentró y me sacó de la película. Creo que Resident Evil: Noche Cero funciona mejor cuando uno puede concentrarse completamente en esa pesadilla que Cregger está construyendo. Por supuesto, no creo que estemos frente a la película definitiva de Resident Evil. Tampoco creo que sea necesario. Cregger parece entender que no tiene sentido intentar reproducir exactamente un videojuego y, en cambio, toma su estructura, sus sensaciones y algunos de sus elementos para construir una película de terror propia.Y creo que ahí está justamente su mayor virtud. Una propuesta fresca y original, con guiños al cine de horror y a los videojuegos, humor negro, gore, horror corporal y buenos sustos. Una verdadera pesadilla que avanza como una partida de survival horror, cada vez más grande, más extraña y más monstruosa. Los fanáticos de la saga van a encontrar bastante para disfrutar. Resident Evil: Noche Cero ya está en cines chilenos.