Si quieres celebrar el Día de los Enamorados viendo una película romántica bien construida, con personajes inolvidables, música envolvente, paisajes espectaculares y diálogos llenos de ingenio, “Orgullo y prejuicio” (2005) es la cinta que estás buscando. Esta aclamada adaptación de la novela de Jane Austen nos transporta a la Inglaterra de 1813 para contar la historia de la audaz Elizabeth Bennet ( Keira Knightley) y del reservado, pero aparentemente arrogante, señor Darcy ( Matthew Macfadyen) . Los protagonistas se conocen en una fiesta. Allí sus miradas se cruzan mientras bailan. Inmediatamente se crea una conexión entre ellos, pero ninguno lo reconoce, porque se dejan llevar por las diferencias de clase, los malentendidos y sus propios prejuicios, de ahí el título de la cinta. La escena del baile es famosa, porque se usó una técnica cinematográfica que hace que el resto de los invitados desaparezcan visualmente para enfatizar que, en ese momento, solo existen ellos. Aquí lo que no se dicen con palabras lo trasmiten con los ojos. Paralelamente, la dulce Jane Bennet, hermana de Lizzie, vive un encuentro más sereno con el señor Bingley, amigo de Darcy. La madre de las jóvenes se entusiasma al verlas bailar con estos apuestos y adinerados caballeros, ya que su objetivo es asegurarles un buen futuro a sus cinco hijas, dado que su familia no tiene un buen pasar. En este momento un malentendido genera tensión entre los protagonistas: el señor Darcy cree que a Jane no le interesa Bingley, por eso, se distancia de la familia Bennet para que su amigo no sufra. A su vez Lizzie piensa que Darcy se entrometió en la relación de su hermana. Pero estas confusiones no logran que los sentimientos de ambos desaparezcan. Más adelante, el señor Darcy deja su orgullo de lado y le declara su amor a Lizzie. Después de reprocharle un montón de cuestiones, ella lo rechaza. Esta escena bajo la lluvia es una de las más recordadas. Con el paso del tiempo ambos se conocen mejor y se dan cuentan cuán equivocados estaban. Mientras tanto, la protagonista recibe propuestas de matrimonio de otros hombres, y no las acepta, porque no siente nada por ellos. Sin duda, Lizzie era una mujer adelantada a su época, ya que cualquiera hubiese dicho que sí por las presiones de la sociedad. Al final, Elizabeth y Darcy superan sus malentendidos y sellan su amor en una emotiva escena bajo la niebla. “Orgullo y prejuicio” es una cinta llena de romanticismo que recuerda que vale la pena luchar por el verdadero amor y que este requiere humildad, sinceridad y valentía. Al principio la mayoría de los espectadores odian al señor Darcy, pero hay un desarrollo tan bueno del personaje, que gran parte lo termina amando. Definitivamente, es una película que te hará suspirar de amor, y que elevará tus expectativas. Probablemente por esto, una usuaria de Netflix la ha visto más de 200 veces.
¿Te imaginas, en un día normal, encontrarte de frente con una estrella de Hollywood y que tras mantener una conversación te bese? Así es como inicia esta película de las postrimerías del siglo pasado, que a sus más de 25 años de existencia es considerada todo un clásico del género romántico. Ambientada en el pintoresco barrio londinense de Notting Hill, conocido antes de esta producción sólo por sus casas coloridas de estilo victoriano, esta historia de amor entre dos personas con vidas absolutamente distintas no tiene nada que ver con esa obsesión adolescente de fanatismo a un ídolo, sino más bien, el como las coincidencias de la vida puede juntar a dos personas adultas que, a pesar de las formas sociales que las distancian, encuentran el uno en el otro un sentimiento puro y genuino. Es así como se conocen William Thacker ( Hugh Grant), el dueño de una pequeña librería, un hombre normal con un grupo de amigos bien particular, y Anna Scott ( Julia Roberts), una famosa actriz de Hollywood, inserta en la vorágine de la fama y el acoso mediático. Es verdad, lo que acabas de leer puede sonar algo profundo para una novela romántica con varias dosis de humor, en especial por parte del singular Spike (Rhys Ifans), el compañero de casa de William (un papel secundario entrañable). Pero esa profundidad se la otorgan, a mi parecer, las actuaciones de Grant y Roberts, que, al menos en la pantalla, congeniaron de buena forma, mostrando sobre todo las debilidades y dudas de sus personajes frente al inicio de una relación inesperada y fuera de lo común para ambos. Además, por las particulares características de ambos, la relación pasa por varios vaivenes, desarrollando una historia entretenida que, por supuesto, tendrá un final feliz. Notting Hill es una excelente opción para ver en cualquier momento, más en un 14 de febrero, en especial para aquellos creyentes en que el amor puede derribar cualquier barrera. Y atentos los fanáticos que quieran verla en cine, porque desde el 12 de febrero, en algunas salas de Cinemark y de Cinépolis, la película regresó a la cartelera por tiempo limitado con motivo del mes del amor.
Baby ( Jennifer Grey) es una joven de 17 años que viaja junto a su familia a un complejo turístico, donde conoce a un atractivo profesor de baile ( Patrick Swayze). Aunque en un principio no se llevan muy bien, luego nace el amor y una serie de eventos los convertirán en una gran pareja. La película se estrenó en 1987 y ya es una historia de culto que ha recorrido el mundo, generando múltiples reacciones. ¿Por qué seguimos disfrutando de esta historia tantos años después de su estreno? Te dejamos cinco razones por las queDirty Dancing ya es un clásico del amor. El primer amor: Baby no había conocido este profundo sentimiento hasta que llega a su vida Johnny, este talentoso profesor de baile con un gran corazón. Una relación que en un principio no es fácil, pero que se convierte en un amor profundo, con el cual varias soñamos mientras veíamos la película. Porque Johnny es sin duda un conquistador, que además baila con todo el talento (Swayze era bailarín en la vida real), generando una atracción única. Un baile sensual: puede que los bailes de la película no sean tan atrevidos como los actuales, pero de que provocan, sí que lo hacen. Al ver a los protagonistas dan ganas de bailar igual con alguien especial y de aprender nuevos pasos que nos lleven a una mágica noche llena de ritmo y amor. Una mujer empoderada: Baby no solo se la juega con sus nuevos amigos aprendiendo difíciles pasos de baile, sino que también defiende lo justo aunque le traiga problemas con su propia familia, en especial con su estricto padre. Ella demuestra que aunque a veces tengamos todo en contra, siempre debemos creer en nosotras mismas y defender lo que corresponde. Una canción inolvidable: “Time of my live” es, sin duda, un verdadero himno romántico que ha acompañado a muchas parejas en todo el mundo. Antes, cuando se bailaban lentos, era un momento bastante especial, aunque no siempre estábamos a la altura de este tema tan cautivador interpretado por Bill Medley y Jennifer Warnes. Incluso muchos matrimonios lo han utilizado como su baile de los novios, generando un gran momento durante esa importante noche. Querer es poder: Baby es el claro ejemplo de que si lo intentas y no te rindes, puedes lograr grandes cosas. Porque su baile mejoró en un gran porcentaje gracias a su gran capacidad de aprendizaje y a su insistencia en que todo tenía que salir a la perfección. Quizás todos somos grandes bailarines y no lo sabemos. Tal vez sea cosa de esforzarse un poco más. Bonus track: simplemente porque Baby y Johnny tienen todo en contra y es sabido que al público le encantan los amores imposibles. Ese que lucha contra todo y contra todos que nos recuerda la fuerza del verdadero amor.
Hay películas románticas. Y después estáRoman Holiday. William Wyler tomó un cuento que podría haber sido una comedia ligera sobre una princesa aburrida y lo convirtió en una de las historias de amor más hermosas y dolorosas del cine clásico. Y lo hizo sin cinismo, sin manipulación y, sobre todo, sin traicionar la inteligencia de sus personajes. Audrey Hepburn -en el papel que la convirtió en estrella instantánea y le dio el Oscar- interpreta a la princesa Ann, atrapada en una agenda diplomática que la asfixia. Su escapada por Roma no es solo un capricho juvenil: es un intento desesperado por vivir, aunque sea por un día, como una persona común. Gregory Peck, como el periodista Joe Bradley, podría haber sido un oportunista encantador sin más. Pero Peck le da una humanidad inesperada: su cinismo se va quebrando a medida que entiende que está frente a algo más grande que una exclusiva. Y luego está Roma. Wyler decidió filmar en locaciones reales cuando Hollywood aún prefería estudios. La Plaza de España, la Bocca della Verità, la Vespa recorriendo calles soleadas… La ciudad no es postal turística: es libertad. Es anonimato. Es posibilidad. Cada rincón respira una ligereza que contrasta brutalmente con el peso del deber que espera a Ann. La química entre Hepburn y Peck es de una naturalidad asombrosa. No hay grandes declaraciones. Hay miradas, silencios, gestos mínimos. Y ahí está el verdadero romance: en lo que no se dice. Pero lo que convierte a Roman Holiday en una obra maestra -y en una película perfecta para el 14 de febrero- es su final. Wyler no opta por el consuelo fácil. No hay escapatoria romántica, no hay rebeldía triunfante. Hay madurez. Hay renuncia. Hay amor entendido como algo que no siempre puede poseerse. La última secuencia, con esa conferencia de prensa y esa despedida silenciosa, es devastadora precisamente porque es contenida. La cámara se queda con Joe un instante más de lo habitual. No hay música que subraye el dolor. Solo espacio. Solo distancia. Es un final duro, tierno y triste. Como los amores que realmente marcan la vida. Este 14 de febrero, más que una historia de amor ideal, te recomiendo una historia sobre el recuerdo de un amor. Sobre ese día que cambió todo… aunque no haya cambiado nada. Porque a veces lo más romántico no es quedarse, es haber vivido.
Si quieres celebrar el Día de los Enamorados viendo una película romántica bien construida, con personajes inolvidables, música envolvente, paisajes espectaculares y diálogos llenos de ingenio, “Orgullo y prejuicio” (2005) es la cinta que estás buscando. Esta aclamada adaptación de la novela de Jane Austen nos transporta a la Inglaterra de 1813 para contar la historia de la audaz Elizabeth Bennet ( Keira Knightley) y del reservado, pero aparentemente arrogante, señor Darcy ( Matthew Macfadyen) . Los protagonistas se conocen en una fiesta. Allí sus miradas se cruzan mientras bailan. Inmediatamente se crea una conexión entre ellos, pero ninguno lo reconoce, porque se dejan llevar por las diferencias de clase, los malentendidos y sus propios prejuicios, de ahí el título de la cinta. La escena del baile es famosa, porque se usó una técnica cinematográfica que hace que el resto de los invitados desaparezcan visualmente para enfatizar que, en ese momento, solo existen ellos. Aquí lo que no se dicen con palabras lo trasmiten con los ojos. Paralelamente, la dulce Jane Bennet, hermana de Lizzie, vive un encuentro más sereno con el señor Bingley, amigo de Darcy. La madre de las jóvenes se entusiasma al verlas bailar con estos apuestos y adinerados caballeros, ya que su objetivo es asegurarles un buen futuro a sus cinco hijas, dado que su familia no tiene un buen pasar. En este momento un malentendido genera tensión entre los protagonistas: el señor Darcy cree que a Jane no le interesa Bingley, por eso, se distancia de la familia Bennet para que su amigo no sufra. A su vez Lizzie piensa que Darcy se entrometió en la relación de su hermana. Pero estas confusiones no logran que los sentimientos de ambos desaparezcan. Más adelante, el señor Darcy deja su orgullo de lado y le declara su amor a Lizzie. Después de reprocharle un montón de cuestiones, ella lo rechaza. Esta escena bajo la lluvia es una de las más recordadas. Con el paso del tiempo ambos se conocen mejor y se dan cuentan cuán equivocados estaban. Mientras tanto, la protagonista recibe propuestas de matrimonio de otros hombres, y no las acepta, porque no siente nada por ellos. Sin duda, Lizzie era una mujer adelantada a su época, ya que cualquiera hubiese dicho que sí por las presiones de la sociedad. Al final, Elizabeth y Darcy superan sus malentendidos y sellan su amor en una emotiva escena bajo la niebla. “Orgullo y prejuicio” es una cinta llena de romanticismo que recuerda que vale la pena luchar por el verdadero amor y que este requiere humildad, sinceridad y valentía. Al principio la mayoría de los espectadores odian al señor Darcy, pero hay un desarrollo tan bueno del personaje, que gran parte lo termina amando. Definitivamente, es una película que te hará suspirar de amor, y que elevará tus expectativas. Probablemente por esto, una usuaria de Netflix la ha visto más de 200 veces.
¿Te imaginas, en un día normal, encontrarte de frente con una estrella de Hollywood y que tras mantener una conversación te bese? Así es como inicia esta película de las postrimerías del siglo pasado, que a sus más de 25 años de existencia es considerada todo un clásico del género romántico. Ambientada en el pintoresco barrio londinense de Notting Hill, conocido antes de esta producción sólo por sus casas coloridas de estilo victoriano, esta historia de amor entre dos personas con vidas absolutamente distintas no tiene nada que ver con esa obsesión adolescente de fanatismo a un ídolo, sino más bien, el como las coincidencias de la vida puede juntar a dos personas adultas que, a pesar de las formas sociales que las distancian, encuentran el uno en el otro un sentimiento puro y genuino. Es así como se conocen William Thacker ( Hugh Grant), el dueño de una pequeña librería, un hombre normal con un grupo de amigos bien particular, y Anna Scott ( Julia Roberts), una famosa actriz de Hollywood, inserta en la vorágine de la fama y el acoso mediático. Es verdad, lo que acabas de leer puede sonar algo profundo para una novela romántica con varias dosis de humor, en especial por parte del singular Spike (Rhys Ifans), el compañero de casa de William (un papel secundario entrañable). Pero esa profundidad se la otorgan, a mi parecer, las actuaciones de Grant y Roberts, que, al menos en la pantalla, congeniaron de buena forma, mostrando sobre todo las debilidades y dudas de sus personajes frente al inicio de una relación inesperada y fuera de lo común para ambos. Además, por las particulares características de ambos, la relación pasa por varios vaivenes, desarrollando una historia entretenida que, por supuesto, tendrá un final feliz. Notting Hill es una excelente opción para ver en cualquier momento, más en un 14 de febrero, en especial para aquellos creyentes en que el amor puede derribar cualquier barrera. Y atentos los fanáticos que quieran verla en cine, porque desde el 12 de febrero, en algunas salas de Cinemark y de Cinépolis, la película regresó a la cartelera por tiempo limitado con motivo del mes del amor.
Baby ( Jennifer Grey) es una joven de 17 años que viaja junto a su familia a un complejo turístico, donde conoce a un atractivo profesor de baile ( Patrick Swayze). Aunque en un principio no se llevan muy bien, luego nace el amor y una serie de eventos los convertirán en una gran pareja. La película se estrenó en 1987 y ya es una historia de culto que ha recorrido el mundo, generando múltiples reacciones. ¿Por qué seguimos disfrutando de esta historia tantos años después de su estreno? Te dejamos cinco razones por las queDirty Dancing ya es un clásico del amor. El primer amor: Baby no había conocido este profundo sentimiento hasta que llega a su vida Johnny, este talentoso profesor de baile con un gran corazón. Una relación que en un principio no es fácil, pero que se convierte en un amor profundo, con el cual varias soñamos mientras veíamos la película. Porque Johnny es sin duda un conquistador, que además baila con todo el talento (Swayze era bailarín en la vida real), generando una atracción única. Un baile sensual: puede que los bailes de la película no sean tan atrevidos como los actuales, pero de que provocan, sí que lo hacen. Al ver a los protagonistas dan ganas de bailar igual con alguien especial y de aprender nuevos pasos que nos lleven a una mágica noche llena de ritmo y amor. Una mujer empoderada: Baby no solo se la juega con sus nuevos amigos aprendiendo difíciles pasos de baile, sino que también defiende lo justo aunque le traiga problemas con su propia familia, en especial con su estricto padre. Ella demuestra que aunque a veces tengamos todo en contra, siempre debemos creer en nosotras mismas y defender lo que corresponde. Una canción inolvidable: “Time of my live” es, sin duda, un verdadero himno romántico que ha acompañado a muchas parejas en todo el mundo. Antes, cuando se bailaban lentos, era un momento bastante especial, aunque no siempre estábamos a la altura de este tema tan cautivador interpretado por Bill Medley y Jennifer Warnes. Incluso muchos matrimonios lo han utilizado como su baile de los novios, generando un gran momento durante esa importante noche. Querer es poder: Baby es el claro ejemplo de que si lo intentas y no te rindes, puedes lograr grandes cosas. Porque su baile mejoró en un gran porcentaje gracias a su gran capacidad de aprendizaje y a su insistencia en que todo tenía que salir a la perfección. Quizás todos somos grandes bailarines y no lo sabemos. Tal vez sea cosa de esforzarse un poco más. Bonus track: simplemente porque Baby y Johnny tienen todo en contra y es sabido que al público le encantan los amores imposibles. Ese que lucha contra todo y contra todos que nos recuerda la fuerza del verdadero amor.
Hay películas románticas. Y después estáRoman Holiday. William Wyler tomó un cuento que podría haber sido una comedia ligera sobre una princesa aburrida y lo convirtió en una de las historias de amor más hermosas y dolorosas del cine clásico. Y lo hizo sin cinismo, sin manipulación y, sobre todo, sin traicionar la inteligencia de sus personajes. Audrey Hepburn -en el papel que la convirtió en estrella instantánea y le dio el Oscar- interpreta a la princesa Ann, atrapada en una agenda diplomática que la asfixia. Su escapada por Roma no es solo un capricho juvenil: es un intento desesperado por vivir, aunque sea por un día, como una persona común. Gregory Peck, como el periodista Joe Bradley, podría haber sido un oportunista encantador sin más. Pero Peck le da una humanidad inesperada: su cinismo se va quebrando a medida que entiende que está frente a algo más grande que una exclusiva. Y luego está Roma. Wyler decidió filmar en locaciones reales cuando Hollywood aún prefería estudios. La Plaza de España, la Bocca della Verità, la Vespa recorriendo calles soleadas… La ciudad no es postal turística: es libertad. Es anonimato. Es posibilidad. Cada rincón respira una ligereza que contrasta brutalmente con el peso del deber que espera a Ann. La química entre Hepburn y Peck es de una naturalidad asombrosa. No hay grandes declaraciones. Hay miradas, silencios, gestos mínimos. Y ahí está el verdadero romance: en lo que no se dice. Pero lo que convierte a Roman Holiday en una obra maestra -y en una película perfecta para el 14 de febrero- es su final. Wyler no opta por el consuelo fácil. No hay escapatoria romántica, no hay rebeldía triunfante. Hay madurez. Hay renuncia. Hay amor entendido como algo que no siempre puede poseerse. La última secuencia, con esa conferencia de prensa y esa despedida silenciosa, es devastadora precisamente porque es contenida. La cámara se queda con Joe un instante más de lo habitual. No hay música que subraye el dolor. Solo espacio. Solo distancia. Es un final duro, tierno y triste. Como los amores que realmente marcan la vida. Este 14 de febrero, más que una historia de amor ideal, te recomiendo una historia sobre el recuerdo de un amor. Sobre ese día que cambió todo… aunque no haya cambiado nada. Porque a veces lo más romántico no es quedarse, es haber vivido.