Baby ( Jennifer Grey) es una joven de 17 años que viaja junto a su familia a un complejo turístico, donde conoce a un atractivo profesor de baile ( Patrick Swayze). Aunque en un principio no se llevan muy bien, luego nace el amor y una serie de eventos los convertirán en una gran pareja. La película se estrenó en 1987 y ya es una historia de culto que ha recorrido el mundo, generando múltiples reacciones. ¿Por qué seguimos disfrutando de esta historia tantos años después de su estreno? Te dejamos cinco razones por las queDirty Dancing ya es un clásico del amor. El primer amor: Baby no había conocido este profundo sentimiento hasta que llega a su vida Johnny, este talentoso profesor de baile con un gran corazón. Una relación que en un principio no es fácil, pero que se convierte en un amor profundo, con el cual varias soñamos mientras veíamos la película. Porque Johnny es sin duda un conquistador, que además baila con todo el talento (Swayze era bailarín en la vida real), generando una atracción única. Un baile sensual: puede que los bailes de la película no sean tan atrevidos como los actuales, pero de que provocan, sí que lo hacen. Al ver a los protagonistas dan ganas de bailar igual con alguien especial y de aprender nuevos pasos que nos lleven a una mágica noche llena de ritmo y amor. Una mujer empoderada: Baby no solo se la juega con sus nuevos amigos aprendiendo difíciles pasos de baile, sino que también defiende lo justo aunque le traiga problemas con su propia familia, en especial con su estricto padre. Ella demuestra que aunque a veces tengamos todo en contra, siempre debemos creer en nosotras mismas y defender lo que corresponde. Una canción inolvidable: “Time of my live” es, sin duda, un verdadero himno romántico que ha acompañado a muchas parejas en todo el mundo. Antes, cuando se bailaban lentos, era un momento bastante especial, aunque no siempre estábamos a la altura de este tema tan cautivador interpretado por Bill Medley y Jennifer Warnes. Incluso muchos matrimonios lo han utilizado como su baile de los novios, generando un gran momento durante esa importante noche. Querer es poder: Baby es el claro ejemplo de que si lo intentas y no te rindes, puedes lograr grandes cosas. Porque su baile mejoró en un gran porcentaje gracias a su gran capacidad de aprendizaje y a su insistencia en que todo tenía que salir a la perfección. Quizás todos somos grandes bailarines y no lo sabemos. Tal vez sea cosa de esforzarse un poco más. Bonus track: simplemente porque Baby y Johnny tienen todo en contra y es sabido que al público le encantan los amores imposibles. Ese que lucha contra todo y contra todos que nos recuerda la fuerza del verdadero amor.
Hay películas románticas. Y después estáRoman Holiday. William Wyler tomó un cuento que podría haber sido una comedia ligera sobre una princesa aburrida y lo convirtió en una de las historias de amor más hermosas y dolorosas del cine clásico. Y lo hizo sin cinismo, sin manipulación y, sobre todo, sin traicionar la inteligencia de sus personajes. Audrey Hepburn -en el papel que la convirtió en estrella instantánea y le dio el Oscar- interpreta a la princesa Ann, atrapada en una agenda diplomática que la asfixia. Su escapada por Roma no es solo un capricho juvenil: es un intento desesperado por vivir, aunque sea por un día, como una persona común. Gregory Peck, como el periodista Joe Bradley, podría haber sido un oportunista encantador sin más. Pero Peck le da una humanidad inesperada: su cinismo se va quebrando a medida que entiende que está frente a algo más grande que una exclusiva. Y luego está Roma. Wyler decidió filmar en locaciones reales cuando Hollywood aún prefería estudios. La Plaza de España, la Bocca della Verità, la Vespa recorriendo calles soleadas… La ciudad no es postal turística: es libertad. Es anonimato. Es posibilidad. Cada rincón respira una ligereza que contrasta brutalmente con el peso del deber que espera a Ann. La química entre Hepburn y Peck es de una naturalidad asombrosa. No hay grandes declaraciones. Hay miradas, silencios, gestos mínimos. Y ahí está el verdadero romance: en lo que no se dice. Pero lo que convierte a Roman Holiday en una obra maestra -y en una película perfecta para el 14 de febrero- es su final. Wyler no opta por el consuelo fácil. No hay escapatoria romántica, no hay rebeldía triunfante. Hay madurez. Hay renuncia. Hay amor entendido como algo que no siempre puede poseerse. La última secuencia, con esa conferencia de prensa y esa despedida silenciosa, es devastadora precisamente porque es contenida. La cámara se queda con Joe un instante más de lo habitual. No hay música que subraye el dolor. Solo espacio. Solo distancia. Es un final duro, tierno y triste. Como los amores que realmente marcan la vida. Este 14 de febrero, más que una historia de amor ideal, te recomiendo una historia sobre el recuerdo de un amor. Sobre ese día que cambió todo… aunque no haya cambiado nada. Porque a veces lo más romántico no es quedarse, es haber vivido.
Baby ( Jennifer Grey) es una joven de 17 años que viaja junto a su familia a un complejo turístico, donde conoce a un atractivo profesor de baile ( Patrick Swayze). Aunque en un principio no se llevan muy bien, luego nace el amor y una serie de eventos los convertirán en una gran pareja. La película se estrenó en 1987 y ya es una historia de culto que ha recorrido el mundo, generando múltiples reacciones. ¿Por qué seguimos disfrutando de esta historia tantos años después de su estreno? Te dejamos cinco razones por las queDirty Dancing ya es un clásico del amor. El primer amor: Baby no había conocido este profundo sentimiento hasta que llega a su vida Johnny, este talentoso profesor de baile con un gran corazón. Una relación que en un principio no es fácil, pero que se convierte en un amor profundo, con el cual varias soñamos mientras veíamos la película. Porque Johnny es sin duda un conquistador, que además baila con todo el talento (Swayze era bailarín en la vida real), generando una atracción única. Un baile sensual: puede que los bailes de la película no sean tan atrevidos como los actuales, pero de que provocan, sí que lo hacen. Al ver a los protagonistas dan ganas de bailar igual con alguien especial y de aprender nuevos pasos que nos lleven a una mágica noche llena de ritmo y amor. Una mujer empoderada: Baby no solo se la juega con sus nuevos amigos aprendiendo difíciles pasos de baile, sino que también defiende lo justo aunque le traiga problemas con su propia familia, en especial con su estricto padre. Ella demuestra que aunque a veces tengamos todo en contra, siempre debemos creer en nosotras mismas y defender lo que corresponde. Una canción inolvidable: “Time of my live” es, sin duda, un verdadero himno romántico que ha acompañado a muchas parejas en todo el mundo. Antes, cuando se bailaban lentos, era un momento bastante especial, aunque no siempre estábamos a la altura de este tema tan cautivador interpretado por Bill Medley y Jennifer Warnes. Incluso muchos matrimonios lo han utilizado como su baile de los novios, generando un gran momento durante esa importante noche. Querer es poder: Baby es el claro ejemplo de que si lo intentas y no te rindes, puedes lograr grandes cosas. Porque su baile mejoró en un gran porcentaje gracias a su gran capacidad de aprendizaje y a su insistencia en que todo tenía que salir a la perfección. Quizás todos somos grandes bailarines y no lo sabemos. Tal vez sea cosa de esforzarse un poco más. Bonus track: simplemente porque Baby y Johnny tienen todo en contra y es sabido que al público le encantan los amores imposibles. Ese que lucha contra todo y contra todos que nos recuerda la fuerza del verdadero amor.
Hay películas románticas. Y después estáRoman Holiday. William Wyler tomó un cuento que podría haber sido una comedia ligera sobre una princesa aburrida y lo convirtió en una de las historias de amor más hermosas y dolorosas del cine clásico. Y lo hizo sin cinismo, sin manipulación y, sobre todo, sin traicionar la inteligencia de sus personajes. Audrey Hepburn -en el papel que la convirtió en estrella instantánea y le dio el Oscar- interpreta a la princesa Ann, atrapada en una agenda diplomática que la asfixia. Su escapada por Roma no es solo un capricho juvenil: es un intento desesperado por vivir, aunque sea por un día, como una persona común. Gregory Peck, como el periodista Joe Bradley, podría haber sido un oportunista encantador sin más. Pero Peck le da una humanidad inesperada: su cinismo se va quebrando a medida que entiende que está frente a algo más grande que una exclusiva. Y luego está Roma. Wyler decidió filmar en locaciones reales cuando Hollywood aún prefería estudios. La Plaza de España, la Bocca della Verità, la Vespa recorriendo calles soleadas… La ciudad no es postal turística: es libertad. Es anonimato. Es posibilidad. Cada rincón respira una ligereza que contrasta brutalmente con el peso del deber que espera a Ann. La química entre Hepburn y Peck es de una naturalidad asombrosa. No hay grandes declaraciones. Hay miradas, silencios, gestos mínimos. Y ahí está el verdadero romance: en lo que no se dice. Pero lo que convierte a Roman Holiday en una obra maestra -y en una película perfecta para el 14 de febrero- es su final. Wyler no opta por el consuelo fácil. No hay escapatoria romántica, no hay rebeldía triunfante. Hay madurez. Hay renuncia. Hay amor entendido como algo que no siempre puede poseerse. La última secuencia, con esa conferencia de prensa y esa despedida silenciosa, es devastadora precisamente porque es contenida. La cámara se queda con Joe un instante más de lo habitual. No hay música que subraye el dolor. Solo espacio. Solo distancia. Es un final duro, tierno y triste. Como los amores que realmente marcan la vida. Este 14 de febrero, más que una historia de amor ideal, te recomiendo una historia sobre el recuerdo de un amor. Sobre ese día que cambió todo… aunque no haya cambiado nada. Porque a veces lo más romántico no es quedarse, es haber vivido.