Esta coproducción entre Brasil y Chile construye una historia profundamente sensible sobre la muerte, el duelo, la identidad, la amistad, la familia y las tradiciones. Con una mirada delicada y luminosa, demuestra que incluso en los momentos más difíciles es posible encontrar esperanza. Durante las vacaciones de verano, dos niñas se conocen en el lugar menos esperado: un hospital. Gloria tiene diez años, recibió un trasplante de corazón hace un tiempo y conoce bien ese entorno, no solo porque fue paciente, sino también porque es hija de Antonia, una enfermera que, al no contar con una red de apoyo, debe llevarla consigo durante sus extensas jornadas de trabajo. Sofía, en cambio, llega al hospital luego de que su bisabuela sufre un accidente. La mujer, además, enfrenta un avanzado deterioro cognitivo producto del Alzheimer, mientras que la pequeña, profundamente unida a ella, solo desea verla regresar a su casa en el campo, convencida de que ese es el lugar donde podrá volver a sentirse feliz. Al mismo tiempo, Simone, la madre de Sofía, atraviesa un complejo momento emocional al ver cómo la persona que ha sido su principal sostén comienza a apagarse lentamente. A través de los juegos, la imaginación y largas conversaciones, Gloria y Sofía descubren nuevas formas de comprender la vida y la muerte. Poco a poco dejan atrás parte de la ingenuidad propia de la infancia para enfrentarse, desde su particular mirada, a un mundo adulto lleno de incertidumbres. Aunque ambas cargan experiencias difíciles para su edad, las enfrentan con una naturalidad y una honestidad que resultan profundamente conmovedoras. La amistad entre las niñas también termina uniendo a sus madres, quienes emprenden un viaje hacia el campo para cumplir el deseo de la anciana y permitirle pasar sus últimos días rodeada del entorno que ama. En ese escenario, donde la naturaleza y las tradiciones conservan un papel fundamental, el grupo encuentra un espacio para sanar heridas, despedirse y comprender que aceptar la pérdida también puede ser un acto de amor. Más que construir un drama sobre la enfermedad o la muerte,La naturaleza de las cosas invisibles pone el foco en los vínculos humanos y en la capacidad de encontrar belleza en los pequeños gestos cotidianos. Rafaela Camelo dirige con sensibilidad y evita caer en el melodrama, apostando por una narración íntima que encuentra su mayor fortaleza en los silencios, las miradas y la complicidad entre sus personajes. La fotografía, marcada por la calidez de los paisajes rurales, acompaña esta propuesta con imágenes que transmiten calma y libertad, convirtiendo la naturaleza en un personaje más de la historia. Ese contraste entre el ambiente frío del hospital y la vida que florece en el campo refuerza el viaje emocional que experimentan sus protagonistas. Mención aparte merecen las interpretaciones de Laura Brandão, como Gloria, y Serena, en el papel de Sofía. Ambas entregan actuaciones de una naturalidad sorprendente, transmitiendo con enorme autenticidad la curiosidad, la ternura, los temores y la resiliencia propios de la infancia. Sobre sus hombros descansa gran parte de la fuerza emocional de la película. La naturaleza de las cosas invisibles es una obra cálida, emotiva y profundamente humana. Una película que invita a reflexionar sobre la pérdida, el crecimiento y la importancia de acompañarnos en los momentos más difíciles, recordándonos que, incluso cuando la despedida es inevitable, el amor y los recuerdos permanecen como parte esencial de quienes somos. En cines chilenos desde el 6 de agosto.
En una época en la que las imágenes parecen serlo todo y donde gran parte del cine de terror apuesta por la sangre, las vísceras, los jump scares y los cuerpos contorsionados para provocar miedo, llega una propuesta que toma el camino contrario. Undertone es una película canadiense de terror minimalista que demuestra que, muchas veces, lo que no se ve puede resultar mucho más perturbador que cualquier efecto visual. Dirigida por el realizador nobel Ian Tuason, la cinta construye una historia sencilla que conduce al espectador hacia el horror de manera pausada, pero constante, utilizando el sonido como su principal herramienta narrativa. Evy ( Nina Kiri) regresa a vivir a la casa de su madre, una mujer profundamente religiosa que se encuentra postrada y en sus últimos días de vida. Mientras la cuida, debe enfrentar sentimientos encontrados respecto a esa relación, además de un complejo conflicto moral y emocional que se irá revelando poco a poco. La película descansa casi por completo sobre los hombros de Nina Kiri. Evy es prácticamente el único personaje que vemos en pantalla, al resto del elenco solo lo escuchamos y la presencia de su madre permanece casi siempre fuera de cuadro. Esa decisión potencia la sensación de aislamiento que envuelve toda la historia. Junto a Justin ( Adam Di Marco), Evy conduce un podcast dedicado a fenómenos paranormales. Mientras él suele creer en los casos que relatan, ella mantiene una postura más escéptica y se dedica a cuestionar cada una de las evidencias que presentan. Pero todo cambia cuando Justin recibe un extraño correo electrónico con diez archivos de audio enviados por un desconocido. Ambos comienzan a analizarlos y, en un principio, las grabaciones parecen inofensivas. En ellas conocemos a Mike, un hombre que decide grabar a su esposa embarazada, Jessa, convencido de que habla mientras duerme. Sin embargo, a medida que avanzan los audios, el tono cambia por completo. Lo que parecía una situación anecdótica comienza a transformarse en una experiencia profundamente inquietante. La voz de Jessa adquiere matices perturbadores y todo apunta a que una entidad podría estar acechándola y también a su hijo por nacer. A pesar de su escepticismo, Evy termina obsesionándose con aquellas grabaciones. Al mismo tiempo, empieza a percibir una inquietante presencia en la casa de su madre, como si aquello que escucha en los audios hubiera encontrado la forma de infiltrarse en su propia realidad. Con un guion sencillo, pero efectivo, Undertone demuestra que el terror no necesita grandes despliegues visuales para resultar inquietante. Su extraordinario diseño sonoro se convierte en el verdadero protagonista de la película y transforma cada silencio, respiración y susurro en una fuente constante de tensión. La gran virtud de Ian Tuason está en comprender que la sugestión puede ser mucho más poderosa que cualquier imagen explícita. Si bien su desarrollo puede sentirse algo lento durante los primeros minutos, especialmente para quienes esperan un terror más convencional, la paciencia encuentra recompensa. Es una de esas películas que vale la pena ver completamente a oscuras, con buenos parlantes o audífonos, para dejar que el sonido haga su trabajo. Undertone: Frecuencia Maldita, recientemente incorporada al catálogo de HBO Max, confirma que el cine de terror todavía puede encontrar nuevas formas de incomodar al espectador sin recurrir a los recursos de siempre. Una propuesta que apuesta por la atmósfera y la imaginación por sobre el impacto inmediato, recordándonos que, a veces, lo que no vemos termina siendo mucho más aterrador que aquello que aparece frente a nuestros ojos.
Esta coproducción entre Brasil y Chile construye una historia profundamente sensible sobre la muerte, el duelo, la identidad, la amistad, la familia y las tradiciones. Con una mirada delicada y luminosa, demuestra que incluso en los momentos más difíciles es posible encontrar esperanza. Durante las vacaciones de verano, dos niñas se conocen en el lugar menos esperado: un hospital. Gloria tiene diez años, recibió un trasplante de corazón hace un tiempo y conoce bien ese entorno, no solo porque fue paciente, sino también porque es hija de Antonia, una enfermera que, al no contar con una red de apoyo, debe llevarla consigo durante sus extensas jornadas de trabajo. Sofía, en cambio, llega al hospital luego de que su bisabuela sufre un accidente. La mujer, además, enfrenta un avanzado deterioro cognitivo producto del Alzheimer, mientras que la pequeña, profundamente unida a ella, solo desea verla regresar a su casa en el campo, convencida de que ese es el lugar donde podrá volver a sentirse feliz. Al mismo tiempo, Simone, la madre de Sofía, atraviesa un complejo momento emocional al ver cómo la persona que ha sido su principal sostén comienza a apagarse lentamente. A través de los juegos, la imaginación y largas conversaciones, Gloria y Sofía descubren nuevas formas de comprender la vida y la muerte. Poco a poco dejan atrás parte de la ingenuidad propia de la infancia para enfrentarse, desde su particular mirada, a un mundo adulto lleno de incertidumbres. Aunque ambas cargan experiencias difíciles para su edad, las enfrentan con una naturalidad y una honestidad que resultan profundamente conmovedoras. La amistad entre las niñas también termina uniendo a sus madres, quienes emprenden un viaje hacia el campo para cumplir el deseo de la anciana y permitirle pasar sus últimos días rodeada del entorno que ama. En ese escenario, donde la naturaleza y las tradiciones conservan un papel fundamental, el grupo encuentra un espacio para sanar heridas, despedirse y comprender que aceptar la pérdida también puede ser un acto de amor. Más que construir un drama sobre la enfermedad o la muerte,La naturaleza de las cosas invisibles pone el foco en los vínculos humanos y en la capacidad de encontrar belleza en los pequeños gestos cotidianos. Rafaela Camelo dirige con sensibilidad y evita caer en el melodrama, apostando por una narración íntima que encuentra su mayor fortaleza en los silencios, las miradas y la complicidad entre sus personajes. La fotografía, marcada por la calidez de los paisajes rurales, acompaña esta propuesta con imágenes que transmiten calma y libertad, convirtiendo la naturaleza en un personaje más de la historia. Ese contraste entre el ambiente frío del hospital y la vida que florece en el campo refuerza el viaje emocional que experimentan sus protagonistas. Mención aparte merecen las interpretaciones de Laura Brandão, como Gloria, y Serena, en el papel de Sofía. Ambas entregan actuaciones de una naturalidad sorprendente, transmitiendo con enorme autenticidad la curiosidad, la ternura, los temores y la resiliencia propios de la infancia. Sobre sus hombros descansa gran parte de la fuerza emocional de la película. La naturaleza de las cosas invisibles es una obra cálida, emotiva y profundamente humana. Una película que invita a reflexionar sobre la pérdida, el crecimiento y la importancia de acompañarnos en los momentos más difíciles, recordándonos que, incluso cuando la despedida es inevitable, el amor y los recuerdos permanecen como parte esencial de quienes somos. En cines chilenos desde el 6 de agosto.
En una época en la que las imágenes parecen serlo todo y donde gran parte del cine de terror apuesta por la sangre, las vísceras, los jump scares y los cuerpos contorsionados para provocar miedo, llega una propuesta que toma el camino contrario. Undertone es una película canadiense de terror minimalista que demuestra que, muchas veces, lo que no se ve puede resultar mucho más perturbador que cualquier efecto visual. Dirigida por el realizador nobel Ian Tuason, la cinta construye una historia sencilla que conduce al espectador hacia el horror de manera pausada, pero constante, utilizando el sonido como su principal herramienta narrativa. Evy ( Nina Kiri) regresa a vivir a la casa de su madre, una mujer profundamente religiosa que se encuentra postrada y en sus últimos días de vida. Mientras la cuida, debe enfrentar sentimientos encontrados respecto a esa relación, además de un complejo conflicto moral y emocional que se irá revelando poco a poco. La película descansa casi por completo sobre los hombros de Nina Kiri. Evy es prácticamente el único personaje que vemos en pantalla, al resto del elenco solo lo escuchamos y la presencia de su madre permanece casi siempre fuera de cuadro. Esa decisión potencia la sensación de aislamiento que envuelve toda la historia. Junto a Justin ( Adam Di Marco), Evy conduce un podcast dedicado a fenómenos paranormales. Mientras él suele creer en los casos que relatan, ella mantiene una postura más escéptica y se dedica a cuestionar cada una de las evidencias que presentan. Pero todo cambia cuando Justin recibe un extraño correo electrónico con diez archivos de audio enviados por un desconocido. Ambos comienzan a analizarlos y, en un principio, las grabaciones parecen inofensivas. En ellas conocemos a Mike, un hombre que decide grabar a su esposa embarazada, Jessa, convencido de que habla mientras duerme. Sin embargo, a medida que avanzan los audios, el tono cambia por completo. Lo que parecía una situación anecdótica comienza a transformarse en una experiencia profundamente inquietante. La voz de Jessa adquiere matices perturbadores y todo apunta a que una entidad podría estar acechándola y también a su hijo por nacer. A pesar de su escepticismo, Evy termina obsesionándose con aquellas grabaciones. Al mismo tiempo, empieza a percibir una inquietante presencia en la casa de su madre, como si aquello que escucha en los audios hubiera encontrado la forma de infiltrarse en su propia realidad. Con un guion sencillo, pero efectivo, Undertone demuestra que el terror no necesita grandes despliegues visuales para resultar inquietante. Su extraordinario diseño sonoro se convierte en el verdadero protagonista de la película y transforma cada silencio, respiración y susurro en una fuente constante de tensión. La gran virtud de Ian Tuason está en comprender que la sugestión puede ser mucho más poderosa que cualquier imagen explícita. Si bien su desarrollo puede sentirse algo lento durante los primeros minutos, especialmente para quienes esperan un terror más convencional, la paciencia encuentra recompensa. Es una de esas películas que vale la pena ver completamente a oscuras, con buenos parlantes o audífonos, para dejar que el sonido haga su trabajo. Undertone: Frecuencia Maldita, recientemente incorporada al catálogo de HBO Max, confirma que el cine de terror todavía puede encontrar nuevas formas de incomodar al espectador sin recurrir a los recursos de siempre. Una propuesta que apuesta por la atmósfera y la imaginación por sobre el impacto inmediato, recordándonos que, a veces, lo que no vemos termina siendo mucho más aterrador que aquello que aparece frente a nuestros ojos.