Sam Raimi regresa a la dirección con una comedia negra de horror que nos recuerda su versatilidad y manejo del género, moviéndose con soltura desde la saga de culto Evil Dead hasta las primeras cintas de Spider-Man, pasando por Rápida y Mortal o Darkman, por ejemplo. ¡Ayuda! es también una película de supervivencia donde podemos ver lo mejor y lo peor de las personas. Aquí se representan acciones que, lamentablemente, en nuestra sociedad son un mal, sobre todo en ambientes laborales: el amiguismo, el exitismo, la discriminación por apariencia, la frivolidad, el aprovechamiento del talento ajeno y la falta de meritocracia. Todo esto nos lleva finalmente a entender una triste realidad: nadie nos va a tender una mano real a menos que sea por conveniencia propia, y que, en el fondo, muchas veces hay que 'salvarse solo'. Linda Liddle (cuyo nombre parece una ironía) es una mujer solitaria, poco agraciada, pero una excelente trabajadora, experta en estrategia y planificación. Sus compañeros de trabajo no la quieren, pero su jefe le prometió un ascenso debido a sus altas capacidades. El problema se produce cuando su jefe muere y el inútil de su hijo, Bradley Preston, toma su lugar y pone en el cargo gerencial -que le habían prometido a Linda - a uno de sus mejores amigos, otro inepto que suele robar el trabajo de nuestra protagonista. Un accidente aéreo durante un viaje de trabajo termina con Linda y Bradley como únicos sobrevivientes. Las habilidades de ella para resistir situaciones adversas -de las que tanto se rieron sus compañeros de trabajo- la llevan a armar todo un sistema de supervivencia, lo que salva la vida de Bradley y lo sorprende. Sin embargo, esto no sirve para aplacar su ego ni su malcriadez, tratándola aún como un jefe déspota. El conflicto entre ellos no tarda en llegar y será despiadado. Ni él es un villano absoluto ni ella una santa. Ambos lucharán por seguir con vida en esa isla desierta, donde Linda tiene la ventaja absoluta, pero además deberán sobrevivirse entre sí… Extremadamente entretenida, novedosa, por momentos ilógica y, a la vez, con un trasfondo muy real. Las dinámicas entre sus protagonistas, Rachel McAdams y Dylan O’Brien, son geniales, y ella, por sobre todo, está fenomenal. Sin duda, uno de sus mejores papeles hasta la fecha, que la lleva a explorar distintos estados de manera soberbia. ¡Ayuda! llega a cines chilenos este 29 de enero… Y a ver si encuentras a Bruce Campbell, actor fetiche de Sam Raimi, a lo largo de la cinta.
Ha pasado más de una semana desde que viSirāt y sigo pensando en ella. Creo que esa es la intención de su director, el franco-español Ó liver Laxe : impactar y brindar una experiencia sensorial que se percibe de manera distinta según quien la vea. La premisa es la siguiente: Luis se traslada al hostil desierto de Marruecos junto a su hijo menor, Esteban, para buscar a su hija Mar, de quien hace meses no tienen noticias, solo que desapareció tras asistir a unas raves clandestinas, fiestas de música electrónica en parajes remotos llenos de personas que parecen vivir en su propio mundo. En uno de estos encuentros, Luis conversa con un grupo de ravers que le dicen que más lejos hay otra fiesta donde quizás podría estar su hija. La desesperación de este padre lo lleva a tomar una decisión sin retorno, seguir a estas personas, sin saber ninguno de ellos, que se trata de un camino al infierno en medio de un mundo ya convulsionado por una naciente guerra mundial, con advertencias dadas de que deberían salir de allí. En su intento por ignorar los dramas globales y sus propios traumas en favor de un objetivo personal, la película sugiere que el precio de ese desdén es alto. Como road movie, el viaje en Sirāt es tanto físico como interior. Luis, Esteban y las personas que encuentran en el camino están profundamente dañados; este viaje parece ser todo lo que tienen. Los personajes hablan poco, y lo que sabemos de ellos lo leemos en sus gestos, reacciones y cuerpos. Esa economía narrativa a veces dificulta empatizar con ellos, pero también refuerza la idea de que aquí no se busca ofrecer respuestas, sino sensaciones. El ritmo va de la mano con la música, un elemento fundamental que nos lleva desde la tensión brutal hasta silencios perturbadores. No es casualidad que Sirāt esté nominada al Oscar en dos categorías: Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, este último por su diseño y presencia narrativa. En términos de trama, la película recuerda que todas las decisiones tienen consecuencias, muchas veces inesperadas y desproporcionadas. Eso se refleja en la deriva de los personajes, cuyas motivaciones cambian a medida que el desierto -tan inmenso como abrumador- se cierne sobre ellos. La imagen es tan crucial como el sonido. Construye planos hermosos, abiertos y desoladores, con una fotografía deslumbrante que transmite el calor, el frío y el miedo desde la pantalla. Es un cine que atraviesa la experiencia. Sergi López (conocido por El laberinto del fauno y otras obras) realiza un trabajo natural y contenido como Luis, y su química con el joven Bruno Núñez -quien encarna a Esteban - es uno de los pilares emocionales del film. También es notable que los intérpretes que encarnan a los ravers son personas que, en la vida real, viven cerca de ese universo, lo que confiere una presencia física y emocional difícil de crear con maquillaje o efectos. Jade Oukid, Stephania Gadda, Tonin Janvier, Richard “Bigui” Bellamy y Josh Henderson, prestan parte de su existencia para dar mayor verdad a esta experiencia cinematográfica, mientras probablemente sus propias vidas nunca serán las mismas. Sirāt hay que verla, mucho más que leer sobre ella. Es un filme para dejarse llevar por la música, ahogarse en sus imágenes, soportar el tedio de ciertos pasajes, aborrecer a los personajes en momentos e impactarse cuando nada resulta como crees. El mundo se cae a pedazos, y muchas veces nosotros también por dentro. La película se estrena en cines chilenos el 29 de enero, producida por El Deseo, la reconocida compañía de los hermanos Agustín y Pedro Almodóvar, y continúa acumulando reconocimiento internacional por su apuesta radical y sensible.
La popular franquicia de videojuegos de terror Silent Hill regresa a la pantalla grande con una nueva entrega a cargo de Christophe Gans, realizador de la primera adaptación estrenada en 2006. Sin embargo,Terror en Silent Hill: Regreso al infierno queda ampliamente al debe, tanto como película de terror como adaptación de uno de los títulos más emblemáticos de la saga. Protagonizada por Jeremy Irvine y Hannah Emily Anderson, cuyas actuaciones resultan frías y poco comprometidas, la cinta se inspira libremente en el videojuego Silent Hill 2. La historia sigue a James Sunderland, un hombre atormentado que recibe una misteriosa carta de Mary Crane, el amor de su vida, de quien se separó tiempo atrás. El mensaje suplicante lo guía nuevamente a Silent Hill, el lugar donde se conocieron, pero lo que encuentra es un poblado irreconocible, un infierno oscuro, cubierto de niebla y habitado por criaturas perturbadoras que lo enfrentan a su culpa y a sus recuerdos más dolorosos. En medio de este descenso psicológico, James pierde progresivamente la noción de lo real, mientras reunirse con Mary se vuelve cada vez más inalcanzable. El gran problema de la película radica en su guion débil y errático, que no logra sostener la tensión ni profundizar en los conflictos emocionales del protagonista. La narración se vuelve lenta y monótona, rozando el aburrimiento, y no consigue hacer justicia ni al material original ni al potencial psicológico de la historia. Gans intenta apostar por un terror más sofisticado y atmosférico, pero el resultado es confuso y poco efectivo. En el apartado técnico, la película es irregular. Algunos efectos especiales funcionan, especialmente en la construcción de ciertas criaturas, pero otros resultan toscos y anticuados, evocando sin querer los gráficos de la era PlayStation 2. La estética visual y la composición de planos, por momentos, parecen más cercanas a un videoclip de principios de los años 2000 que a una propuesta cinematográfica sólida, lo que termina por romper cualquier intento de inmersión. Terror en Silent Hill: Regreso al infierno es una adaptación que carece de identidad propia y que tampoco logra conectar con los fanáticos del videojuego ni con el público general. Una experiencia plana, deslucida y carente de impacto, que desaprovecha una de las franquicias más influyentes del terror contemporáneo. La película se encuentra en cines desde el 22 de enero.
En Primate , película de terror dirigida por Johannes Roberts, no encontramos una propuesta particularmente original, pero sí un tono bien calibrado que cumple su objetivo, ofrecer una hora y media eficaz para los amantes del slasher y el gore. Lucy ( Johnny Sequoyah) ha estado alejada por mucho tiempo de su padre y de su hermana menor, tras la muerte de su madre y su partida a la universidad. Cuando regresa a casa, en Hawái, lo hace acompañada de su mejor amiga y de una joven con la que ha estrechado lazos recientemente. Lo que prometía ser unas vacaciones reparadoras -tanto para la amistad como para recomponer vínculos familiares- pronto se transforma en una pesadilla tan inesperada como brutal. En la casa también vive Ben, un chimpancé criado por la madre fallecida de Lucy, quien era experta en lingüística y le enseñó al simio a comunicarse mediante lengua de señas. Para la familia, este sistema de comunicación es completamente natural, ya que el padre -interpretado por el actor ganador del Oscar Troy Kotsur- es sordo. Ben no es una mascota cualquiera, es parte integral del núcleo familiar y siempre ha mostrado un comportamiento dócil y afectuoso. Todo cambia cuando, el mismo día de la llegada de las chicas, el simio parece enfermar tras ser mordido por una mangosta. En cuestión de horas, su conducta se vuelve errática, agresiva y peligrosamente impredecible, desatando el terror entre los habitantes de la casa y sus invitados. Aunque el guion cae en ciertos clichés evidentes y presenta algunas inconsistencias narrativas, Primate no pierde ritmo. La película sabe sostener la tensión y entrega una dosis generosa de violencia explícita y gore, que probablemente sorprenderá -y satisfará- a los fanáticos más acérrimos del género. Más allá de su vocación puramente entretenida, la cinta también abre, de forma casi involuntaria, una reflexión sobre la tenencia de animales salvajes en espacios domésticos. Por muy inteligentes, carismáticos o cercanos que parezcan, su instinto y naturaleza pueden imponerse en cualquier momento, con consecuencias imprevisibles. En ese sentido, Primate se inscribe en la tradición de películas sobre primates fuera de control, como Link (1986), protagonizada por Terence Stamp y Elizabeth Shue, o Monkey Shines (1988), dirigida por George A. Romero, retomando ese miedo primario a lo salvaje que irrumpe en lo cotidiano. Primate se encuentra disponible en cines nacionales desde el 8 de enero.
“El Beso de la Mujer Araña” es una nueva adaptación de la aclamada novela argentina de Manuel Puig, esta vez basada en su versión musical original escrita por Terrence McNally. La película propone un cruce ambicioso entre drama político, comedia, farsa y musical, moviéndose constantemente entre dos mundos opuestos, la dura realidad de un país latinoamericano bajo una dictadura a comienzos de los años ochenta y la fantasía colorida, exuberante y escapista del viejo Hollywood. Valentín Arregui, interpretado por Diego Luna, es un preso político que lleva un tiempo encarcelado por su militancia revolucionaria. Es sometido a torturas periódicas para obtener información sobre su grupo clandestino, mientras permanece aislado, aferrado a la causa y al recuerdo de Marta, la mujer que ama. Su rutina se ve interrumpida cuando llega a compartir celda con Luis Molina ( Tonatiuh), un joven homosexual detenido por su orientación sexual, completamente apolítico y con una personalidad opuesta a la de Valentín. Luis es hablador, sensible y profundamente cinéfilo. Fanático del cine clásico, idolatra a la diva ficticia Ingrid Luna, interpretada por Jennifer Lopez, protagonista de una película titulada justamente El Beso de la Mujer Araña. En un comienzo, Valentín rechaza cualquier intento de acercamiento, encerrado en sí mismo y en su lucha ideológica. Sin embargo, la persistencia de Molina y su forma de narrar historias terminan abriendo una vía. Día tras día, Luis comienza a relatarle a Valentín una versión muy personal de la película de su actriz favorita. Es entonces cuando la celda gris y opresiva se transforma en un espacio de fantasía con colores estridentes, decorados recargados y números musicales llenos de glamour. Ingrid Luna se convierte en la seductora Aurora y, al mismo tiempo, en la temida Mujer Araña. En este mundo imaginado, Luis es la mano derecha y mejor amigo gay de la diva, Kendall, mientras que Valentín pasa a ser Armando, el sofisticado interés romántico de Aurora. El cine, entendido como refugio y vía de escape, comienza a estrechar el vínculo entre ambos hombres de manera inesperada. Lo que parte como una convivencia forzada evoluciona hacia una conexión profunda que desborda etiquetas, ideologías y miedos. Sin embargo, esta relación está atravesada por una traición latente, Luis fue puesto estratégicamente en esa celda por el director de la prisión ( Bruno Bichir), con la misión de obtener información del activista a cambio de beneficios y una posible libertad condicional. Un acuerdo que nunca termina de acomodarlo, y que se vuelve aún más insoportable cuando desarrolla sentimientos genuinos por Valentín. La película, dirigida y escrita por Bill Condon -cineasta con experiencia en el género musical- funciona como un homenaje al cine clásico y a su poder liberador. No obstante, a ratos se siente irregular y algo dispersa, especialmente al compararla con la versión cinematográfica de 1985. La carga dramática no siempre alcanza la profundidad que el material propone, y algunos conflictos emocionales parecen resolverse con menos peso del esperado. Jennifer López se mueve con comodidad en el terreno del espectáculo, deslumbrando especialmente en lo físico y en la danza, aunque su personaje no termina de brillar con la fuerza que promete un rol diseñado a su medida. Diego Luna entrega una interpretación sólida, dando vida a dos hombre, aunque una resulta claramente más rica y compleja que la otra. Quien verdaderamente se roba la película es Tonatiuh, prácticamente un desconocido para muchos, pero dueño de una actuación notablemente versátil. Su Luis Molina transita con naturalidad desde la ligereza, la ingenuidad y el humor, hasta una profundidad emocional marcada por el sacrificio y el amor, consolidándose como el corazón del film y una figura a seguir de cerca. En definitiva, “El Beso de la Mujer Araña” es una propuesta atractiva y ambiciosa, que utiliza el musical y la fantasía como herramientas para hablar de represión, soledad y libertad. Aunque no siempre logra el impacto emocional ni la consistencia dramática de versiones anteriores, sí reafirma al cine como un espacio de resistencia, imaginación y escape, recordándonos por qué esta historia fue considerada alguna vez como subversiva y por qué sigue siendo relevante hoy.
Sam Raimi regresa a la dirección con una comedia negra de horror que nos recuerda su versatilidad y manejo del género, moviéndose con soltura desde la saga de culto Evil Dead hasta las primeras cintas de Spider-Man, pasando por Rápida y Mortal o Darkman, por ejemplo. ¡Ayuda! es también una película de supervivencia donde podemos ver lo mejor y lo peor de las personas. Aquí se representan acciones que, lamentablemente, en nuestra sociedad son un mal, sobre todo en ambientes laborales: el amiguismo, el exitismo, la discriminación por apariencia, la frivolidad, el aprovechamiento del talento ajeno y la falta de meritocracia. Todo esto nos lleva finalmente a entender una triste realidad: nadie nos va a tender una mano real a menos que sea por conveniencia propia, y que, en el fondo, muchas veces hay que 'salvarse solo'. Linda Liddle (cuyo nombre parece una ironía) es una mujer solitaria, poco agraciada, pero una excelente trabajadora, experta en estrategia y planificación. Sus compañeros de trabajo no la quieren, pero su jefe le prometió un ascenso debido a sus altas capacidades. El problema se produce cuando su jefe muere y el inútil de su hijo, Bradley Preston, toma su lugar y pone en el cargo gerencial -que le habían prometido a Linda - a uno de sus mejores amigos, otro inepto que suele robar el trabajo de nuestra protagonista. Un accidente aéreo durante un viaje de trabajo termina con Linda y Bradley como únicos sobrevivientes. Las habilidades de ella para resistir situaciones adversas -de las que tanto se rieron sus compañeros de trabajo- la llevan a armar todo un sistema de supervivencia, lo que salva la vida de Bradley y lo sorprende. Sin embargo, esto no sirve para aplacar su ego ni su malcriadez, tratándola aún como un jefe déspota. El conflicto entre ellos no tarda en llegar y será despiadado. Ni él es un villano absoluto ni ella una santa. Ambos lucharán por seguir con vida en esa isla desierta, donde Linda tiene la ventaja absoluta, pero además deberán sobrevivirse entre sí… Extremadamente entretenida, novedosa, por momentos ilógica y, a la vez, con un trasfondo muy real. Las dinámicas entre sus protagonistas, Rachel McAdams y Dylan O’Brien, son geniales, y ella, por sobre todo, está fenomenal. Sin duda, uno de sus mejores papeles hasta la fecha, que la lleva a explorar distintos estados de manera soberbia. ¡Ayuda! llega a cines chilenos este 29 de enero… Y a ver si encuentras a Bruce Campbell, actor fetiche de Sam Raimi, a lo largo de la cinta.
Ha pasado más de una semana desde que viSirāt y sigo pensando en ella. Creo que esa es la intención de su director, el franco-español Ó liver Laxe : impactar y brindar una experiencia sensorial que se percibe de manera distinta según quien la vea. La premisa es la siguiente: Luis se traslada al hostil desierto de Marruecos junto a su hijo menor, Esteban, para buscar a su hija Mar, de quien hace meses no tienen noticias, solo que desapareció tras asistir a unas raves clandestinas, fiestas de música electrónica en parajes remotos llenos de personas que parecen vivir en su propio mundo. En uno de estos encuentros, Luis conversa con un grupo de ravers que le dicen que más lejos hay otra fiesta donde quizás podría estar su hija. La desesperación de este padre lo lleva a tomar una decisión sin retorno, seguir a estas personas, sin saber ninguno de ellos, que se trata de un camino al infierno en medio de un mundo ya convulsionado por una naciente guerra mundial, con advertencias dadas de que deberían salir de allí. En su intento por ignorar los dramas globales y sus propios traumas en favor de un objetivo personal, la película sugiere que el precio de ese desdén es alto. Como road movie, el viaje en Sirāt es tanto físico como interior. Luis, Esteban y las personas que encuentran en el camino están profundamente dañados; este viaje parece ser todo lo que tienen. Los personajes hablan poco, y lo que sabemos de ellos lo leemos en sus gestos, reacciones y cuerpos. Esa economía narrativa a veces dificulta empatizar con ellos, pero también refuerza la idea de que aquí no se busca ofrecer respuestas, sino sensaciones. El ritmo va de la mano con la música, un elemento fundamental que nos lleva desde la tensión brutal hasta silencios perturbadores. No es casualidad que Sirāt esté nominada al Oscar en dos categorías: Mejor Película Internacional y Mejor Sonido, este último por su diseño y presencia narrativa. En términos de trama, la película recuerda que todas las decisiones tienen consecuencias, muchas veces inesperadas y desproporcionadas. Eso se refleja en la deriva de los personajes, cuyas motivaciones cambian a medida que el desierto -tan inmenso como abrumador- se cierne sobre ellos. La imagen es tan crucial como el sonido. Construye planos hermosos, abiertos y desoladores, con una fotografía deslumbrante que transmite el calor, el frío y el miedo desde la pantalla. Es un cine que atraviesa la experiencia. Sergi López (conocido por El laberinto del fauno y otras obras) realiza un trabajo natural y contenido como Luis, y su química con el joven Bruno Núñez -quien encarna a Esteban - es uno de los pilares emocionales del film. También es notable que los intérpretes que encarnan a los ravers son personas que, en la vida real, viven cerca de ese universo, lo que confiere una presencia física y emocional difícil de crear con maquillaje o efectos. Jade Oukid, Stephania Gadda, Tonin Janvier, Richard “Bigui” Bellamy y Josh Henderson, prestan parte de su existencia para dar mayor verdad a esta experiencia cinematográfica, mientras probablemente sus propias vidas nunca serán las mismas. Sirāt hay que verla, mucho más que leer sobre ella. Es un filme para dejarse llevar por la música, ahogarse en sus imágenes, soportar el tedio de ciertos pasajes, aborrecer a los personajes en momentos e impactarse cuando nada resulta como crees. El mundo se cae a pedazos, y muchas veces nosotros también por dentro. La película se estrena en cines chilenos el 29 de enero, producida por El Deseo, la reconocida compañía de los hermanos Agustín y Pedro Almodóvar, y continúa acumulando reconocimiento internacional por su apuesta radical y sensible.
La popular franquicia de videojuegos de terror Silent Hill regresa a la pantalla grande con una nueva entrega a cargo de Christophe Gans, realizador de la primera adaptación estrenada en 2006. Sin embargo,Terror en Silent Hill: Regreso al infierno queda ampliamente al debe, tanto como película de terror como adaptación de uno de los títulos más emblemáticos de la saga. Protagonizada por Jeremy Irvine y Hannah Emily Anderson, cuyas actuaciones resultan frías y poco comprometidas, la cinta se inspira libremente en el videojuego Silent Hill 2. La historia sigue a James Sunderland, un hombre atormentado que recibe una misteriosa carta de Mary Crane, el amor de su vida, de quien se separó tiempo atrás. El mensaje suplicante lo guía nuevamente a Silent Hill, el lugar donde se conocieron, pero lo que encuentra es un poblado irreconocible, un infierno oscuro, cubierto de niebla y habitado por criaturas perturbadoras que lo enfrentan a su culpa y a sus recuerdos más dolorosos. En medio de este descenso psicológico, James pierde progresivamente la noción de lo real, mientras reunirse con Mary se vuelve cada vez más inalcanzable. El gran problema de la película radica en su guion débil y errático, que no logra sostener la tensión ni profundizar en los conflictos emocionales del protagonista. La narración se vuelve lenta y monótona, rozando el aburrimiento, y no consigue hacer justicia ni al material original ni al potencial psicológico de la historia. Gans intenta apostar por un terror más sofisticado y atmosférico, pero el resultado es confuso y poco efectivo. En el apartado técnico, la película es irregular. Algunos efectos especiales funcionan, especialmente en la construcción de ciertas criaturas, pero otros resultan toscos y anticuados, evocando sin querer los gráficos de la era PlayStation 2. La estética visual y la composición de planos, por momentos, parecen más cercanas a un videoclip de principios de los años 2000 que a una propuesta cinematográfica sólida, lo que termina por romper cualquier intento de inmersión. Terror en Silent Hill: Regreso al infierno es una adaptación que carece de identidad propia y que tampoco logra conectar con los fanáticos del videojuego ni con el público general. Una experiencia plana, deslucida y carente de impacto, que desaprovecha una de las franquicias más influyentes del terror contemporáneo. La película se encuentra en cines desde el 22 de enero.
En Primate , película de terror dirigida por Johannes Roberts, no encontramos una propuesta particularmente original, pero sí un tono bien calibrado que cumple su objetivo, ofrecer una hora y media eficaz para los amantes del slasher y el gore. Lucy ( Johnny Sequoyah) ha estado alejada por mucho tiempo de su padre y de su hermana menor, tras la muerte de su madre y su partida a la universidad. Cuando regresa a casa, en Hawái, lo hace acompañada de su mejor amiga y de una joven con la que ha estrechado lazos recientemente. Lo que prometía ser unas vacaciones reparadoras -tanto para la amistad como para recomponer vínculos familiares- pronto se transforma en una pesadilla tan inesperada como brutal. En la casa también vive Ben, un chimpancé criado por la madre fallecida de Lucy, quien era experta en lingüística y le enseñó al simio a comunicarse mediante lengua de señas. Para la familia, este sistema de comunicación es completamente natural, ya que el padre -interpretado por el actor ganador del Oscar Troy Kotsur- es sordo. Ben no es una mascota cualquiera, es parte integral del núcleo familiar y siempre ha mostrado un comportamiento dócil y afectuoso. Todo cambia cuando, el mismo día de la llegada de las chicas, el simio parece enfermar tras ser mordido por una mangosta. En cuestión de horas, su conducta se vuelve errática, agresiva y peligrosamente impredecible, desatando el terror entre los habitantes de la casa y sus invitados. Aunque el guion cae en ciertos clichés evidentes y presenta algunas inconsistencias narrativas, Primate no pierde ritmo. La película sabe sostener la tensión y entrega una dosis generosa de violencia explícita y gore, que probablemente sorprenderá -y satisfará- a los fanáticos más acérrimos del género. Más allá de su vocación puramente entretenida, la cinta también abre, de forma casi involuntaria, una reflexión sobre la tenencia de animales salvajes en espacios domésticos. Por muy inteligentes, carismáticos o cercanos que parezcan, su instinto y naturaleza pueden imponerse en cualquier momento, con consecuencias imprevisibles. En ese sentido, Primate se inscribe en la tradición de películas sobre primates fuera de control, como Link (1986), protagonizada por Terence Stamp y Elizabeth Shue, o Monkey Shines (1988), dirigida por George A. Romero, retomando ese miedo primario a lo salvaje que irrumpe en lo cotidiano. Primate se encuentra disponible en cines nacionales desde el 8 de enero.
“El Beso de la Mujer Araña” es una nueva adaptación de la aclamada novela argentina de Manuel Puig, esta vez basada en su versión musical original escrita por Terrence McNally. La película propone un cruce ambicioso entre drama político, comedia, farsa y musical, moviéndose constantemente entre dos mundos opuestos, la dura realidad de un país latinoamericano bajo una dictadura a comienzos de los años ochenta y la fantasía colorida, exuberante y escapista del viejo Hollywood. Valentín Arregui, interpretado por Diego Luna, es un preso político que lleva un tiempo encarcelado por su militancia revolucionaria. Es sometido a torturas periódicas para obtener información sobre su grupo clandestino, mientras permanece aislado, aferrado a la causa y al recuerdo de Marta, la mujer que ama. Su rutina se ve interrumpida cuando llega a compartir celda con Luis Molina ( Tonatiuh), un joven homosexual detenido por su orientación sexual, completamente apolítico y con una personalidad opuesta a la de Valentín. Luis es hablador, sensible y profundamente cinéfilo. Fanático del cine clásico, idolatra a la diva ficticia Ingrid Luna, interpretada por Jennifer Lopez, protagonista de una película titulada justamente El Beso de la Mujer Araña. En un comienzo, Valentín rechaza cualquier intento de acercamiento, encerrado en sí mismo y en su lucha ideológica. Sin embargo, la persistencia de Molina y su forma de narrar historias terminan abriendo una vía. Día tras día, Luis comienza a relatarle a Valentín una versión muy personal de la película de su actriz favorita. Es entonces cuando la celda gris y opresiva se transforma en un espacio de fantasía con colores estridentes, decorados recargados y números musicales llenos de glamour. Ingrid Luna se convierte en la seductora Aurora y, al mismo tiempo, en la temida Mujer Araña. En este mundo imaginado, Luis es la mano derecha y mejor amigo gay de la diva, Kendall, mientras que Valentín pasa a ser Armando, el sofisticado interés romántico de Aurora. El cine, entendido como refugio y vía de escape, comienza a estrechar el vínculo entre ambos hombres de manera inesperada. Lo que parte como una convivencia forzada evoluciona hacia una conexión profunda que desborda etiquetas, ideologías y miedos. Sin embargo, esta relación está atravesada por una traición latente, Luis fue puesto estratégicamente en esa celda por el director de la prisión ( Bruno Bichir), con la misión de obtener información del activista a cambio de beneficios y una posible libertad condicional. Un acuerdo que nunca termina de acomodarlo, y que se vuelve aún más insoportable cuando desarrolla sentimientos genuinos por Valentín. La película, dirigida y escrita por Bill Condon -cineasta con experiencia en el género musical- funciona como un homenaje al cine clásico y a su poder liberador. No obstante, a ratos se siente irregular y algo dispersa, especialmente al compararla con la versión cinematográfica de 1985. La carga dramática no siempre alcanza la profundidad que el material propone, y algunos conflictos emocionales parecen resolverse con menos peso del esperado. Jennifer López se mueve con comodidad en el terreno del espectáculo, deslumbrando especialmente en lo físico y en la danza, aunque su personaje no termina de brillar con la fuerza que promete un rol diseñado a su medida. Diego Luna entrega una interpretación sólida, dando vida a dos hombre, aunque una resulta claramente más rica y compleja que la otra. Quien verdaderamente se roba la película es Tonatiuh, prácticamente un desconocido para muchos, pero dueño de una actuación notablemente versátil. Su Luis Molina transita con naturalidad desde la ligereza, la ingenuidad y el humor, hasta una profundidad emocional marcada por el sacrificio y el amor, consolidándose como el corazón del film y una figura a seguir de cerca. En definitiva, “El Beso de la Mujer Araña” es una propuesta atractiva y ambiciosa, que utiliza el musical y la fantasía como herramientas para hablar de represión, soledad y libertad. Aunque no siempre logra el impacto emocional ni la consistencia dramática de versiones anteriores, sí reafirma al cine como un espacio de resistencia, imaginación y escape, recordándonos por qué esta historia fue considerada alguna vez como subversiva y por qué sigue siendo relevante hoy.