Celeste pasa sus vacaciones en Caldera junto a sus padres, mientras Chile vive transformaciones muy importantes. Un hecho muy difícil marcará su destino y los cambios de la adolescencia se irán haciendo presentes. “Cuerpo Celeste” es una película dirigida por Nayra Ilic que cuenta en su elenco a Helen Mrugalski, Daniela Ramírez, Néstor Cantillana y Mariana Loyola. En esta historia un eclipse se convierte en algo tan esperado, como las mismas vivencias de la juventud y las sensaciones que nos cautivan en ella. Este filme nos hace pensar en nuestra propia adolescencia y cómo cada cambio de esa época se imprime a fuego en nuestros corazones, todo se vive intensamente y nuestras decisiones a veces se ven nubladas por la incertidumbre y los miedos. La protagonista se luce con una actuación cargada de emotividad, que grafica cada suceso importante en su vida. Nos muestra la esencia de una época y cómo cada paso que damos determina nuestro futuro. Daniela Ramírez cautiva con su interpretación y llena la pantalla con su talento, contándonos la historia de una mujer que debe enfrentar momentos difíciles y que debe seguir adelante, más allá del dolor. Los paisajes nos envuelven con su aridez y brillan en una historia que se tiñe de las sensaciones que entrega el desierto. Cada lugar se convierte en un espectáculo, aportando con esa emoción que nos entrega un lugar lleno de recuerdos. Una trama que hace pensar en los vaivenes de la vida y en cómo cada hecho que nos sucede en nuestra juventud, determinará nuestro carácter y la forma en que enfrentamos las historias que van estructurando nuestro camino. Cuerpo Celeste ya disponible en salas de cine del país.
En un panorama donde la animación tiende a la homogeneidad estética, ChaO: La Sirena irrumpe como una obra extraña, caótica y, al mismo tiempo, profundamente conmovedora. Dirigida por Yasuhiro Aoki -en su debut como realizador de largometrajes- y producida por el siempre arriesgado Studio 4°C, la película apuesta por una identidad visual que desafía las convenciones: cuerpos deformes, expresiones exageradas y un universo que parece funcionar bajo sus propias reglas. Pero bajo esa capa de caos visual, se esconde una historia sorprendentemente íntima. Ambientada en un futuro donde humanos y seres marinos conviven, la película sigue a Stephan, un trabajador común de una empresa vinculada a la construcción naval, cuya vida da un giro radical cuando recibe -sin previo aviso- una propuesta de matrimonio por parte de ChaO, una princesa del mundo submarino. Lo que comienza como una situación absurda, casi cómica, evoluciona hacia una convivencia tan incómoda como reveladora. ChaO, torpe, emocionalmente transparente y completamente entregada, irrumpe en la vida de Stephan con una devoción que él, en un inicio, rechaza. Sin embargo, ese vínculo forzado comienza a transformarse lentamente en algo genuino, en una relación que crece desde la diferencia y la incomodidad. Uno de los grandes aciertos de ChaO está en cómo construye ese tránsito emocional. No hay amor a primera vista, sino un proceso: Stephan pasa de la negación al entendimiento, y de ahí a un afecto profundo, en una evolución que se siente tan absurda como honesta. Aoki refuerza esta idea desde lo visual. La animación -que mezcla técnicas 2D y 3D con total libertad- construye un mundo saturado de detalles, criaturas imposibles y escenarios que parecen no obedecer ninguna lógica física. Ese desorden no es gratuito: es el reflejo de una historia que habla precisamente de aceptar lo distinto, de encontrar belleza en lo extraño. En ese sentido, ChaO también se permite deslizar temas más amplios: la convivencia entre culturas, la explotación de los recursos naturales y las tensiones entre progreso y respeto por el entorno, todo envuelto en una narrativa que nunca abandona su tono lúdico. La película, que tuvo su estreno en 2025 y pasó por festivales como Annecy -donde obtuvo el Premio del Jurado- confirma a Aoki como una voz autoral dentro de la animación contemporánea. Pero más allá de su propuesta estética o su ambición temática, ChaO funciona por algo mucho más simple: su historia de amor. Una que, como su propio mundo, parece improbable, caótica y hasta ridícula… pero que termina siendo profundamente humana. Para quienes buscan una experiencia distinta dentro de la animación japonesa -y especialmente para los seguidores del imaginario sensible de Studio Ghibli- ChaO: La Sirena aparece como una joya inesperada: rara, sí, pero también genuinamente hermosa. Disponible en salas de cine del país desde el 23 de abril.
En plena Segunda Guerra Mundial, lejos del ruido de las bombas, también se libraban otras batallas: silenciosas, íntimas y cargadas de tensión. Una de ellas tuvo lugar en la mesa de Adolf Hitler, donde un grupo de mujeres era obligado a probar su comida para evitar un posible envenenamiento. Esta intrigante historia llegó a la pantalla grande con “Las Catadoras” del director italiano Silvio Soldini. La cinta se centra en la vida de Rosa, una joven secretaria que huye de Berlín y se refugia en la casa de sus suegros, mientras espera que su esposo regrese de la guerra. Allí, su vida da un giro inesperado: es reclutada junto a otras mujeres del pueblo para convertirse en una de las catadoras. Desde entonces, cada día son trasladadas a un recinto militar, donde deben probar los alimentos antes que el Führer. Al principio, la protagonista tiene algunos conflictos con sus compañeras, quienes la miran con desconfianza por no ser oriunda del pueblo. Cuando finalmente logra integrarse al grupo, se entera de que su esposo ha sido declarado desaparecido en Rusia. Esta noticia la deja devastada. Está tan triste que se niega a trabajar, pero los militares la llevan a la fuerza. Con el tiempo, Rosa se acostumbra a su peculiar rutina y forma una amistad con sus compañeras. Sin embargo, la ausencia de su esposo hace que se siga sintiendo sola. Para llenar ese vacío, establece una relación con un oficial de las SS, vínculo que mantiene en secreto para evitar ser tildada de traidora. Un día el oficial le confiesa que lo peor es matar a niños y mujeres, pero que con el tiempo se acostumbran. Después de oír esto, Rosa decide poner fin a su romance. Él insiste en que sigan juntos, pero la joven le deja claro que no puede estar con alguien que está dispuesto a asesinar solo porque se lo ordenan. La cinta tiene un final inesperado, donde se pone a prueba la verdadera amistad. Durante toda la trama, especialmente en el desenlace, destaca la interpretación de la actriz protagónica Elisa Schlott. Su actuación transmite muchas emociones. “Las catadoras” se inspira en la historia de Margot Wölk, quien en 2012, a los 95 años, reveló haber formado parte de este grupo. Según su testimonio, eran quince mujeres, y ella fue la única sobreviviente. En lo visual, el film apuesta por una fotografía sobria, de tonos apagados, que refuerza la sensación de encierro y vigilancia. El entorno rural aparece como un espacio suspendido, donde la guerra se percibe de manera indirecta, mientras la figura de Hitler permanece fuera de campo, reducida a rumores y decisiones que impactan la vida de las protagonistas. Este recurso recuerda el largometraje La zona de interés, donde el horror se construye desde la ausencia. “Las catadoras” muestra que las guerras no solo se combaten en los campos de batalla, sino también en espacios íntimos, en decisiones cotidianas y en el peso de seguir con vida cuando todo alrededor se desmorona. Es una película muy conmovedora e intrigante que ayuda a entender el nazismo desde otra mirada. Sin duda, vale la pena verla.
Con “La Posesión de la Momia” -título local que poco tiene que ver con la propuesta original- Lee Cronin se consolida como una de las voces más agresivas del terror contemporáneo. Producida por los pesos pesados del género, James Wan y Jason Blum, la película abandona cualquier vínculo con el cine de aventuras y apuesta por un relato íntimo, violento y profundamente incómodo. Lejos de las encarnaciones clásicas de Boris Karloff o del espectáculo hollywoodense popularizado por Brendan Fraser, esta nueva versión se construye desde una lógica completamente distinta: la del horror doméstico. La historia sigue a Charlie Cannon ( Jack Reynor), un periodista radicado en El Cairo junto a su esposa ( Laia Costa) y sus hijos. Todo cambia cuando su hija Katie desaparece misteriosamente en el desierto. Ocho años después, la niña reaparece dentro de un sarcófago, en un estado físico deplorable y atrapada en un trance inquietante. El reencuentro, sin embargo, no es más que el inicio de una pesadilla. La Katie que vuelve, interpretada con perturbadora intensidad por Natalie Grace, no es la misma: su cuerpo y su comportamiento evidencian que algo habita en ella. A medida que la familia intenta comprender lo ocurrido, el horror comienza a manifestarse con una violencia creciente, transformando la casa en un espacio de asedio constante, donde interviene también una detective egipcia ( May Calamawy) que intenta descifrar el origen de la amenaza. Desde su planteamiento, la película deja claro que no está interesada en la mitología clásica de la momia, sino en una relectura que mezcla posesión demoníaca, trauma familiar y horror corporal. En ese sentido, el vínculo con el universo de Sam Raimi es evidente: más que una momia, lo que emerge aquí es una entidad que remite directamente al concepto del “deadite”. Y es ahí donde la película encuentra tanto su mayor virtud como su principal limitación. Cronin filma con una vocación desbordada por lo grotesco. La puesta en escena está marcada por un uso insistente del gore: sangre, pus, cuerpos deformados y mutilaciones que no buscan sugerir, sino impactar de forma frontal. La película funciona como una experiencia física, incómoda, donde el espectador no tiene descanso. En términos de ritmo, pese a una introducción algo extensa, el relato logra sostenerse durante sus más de dos horas gracias a una acumulación constante de situaciones límite. Siempre está pasando algo, y eso juega a favor de su capacidad de entretener, incluso cuando roza el exceso. Sin embargo, esa misma lógica termina pasándole la cuenta. La cercanía con Evil Dead Rise no es solo tonal, sino también estructural y visual: hay decisiones que se sienten reiteradas -desde recursos narrativos hasta encuadres- lo que instala la sensación de estar frente a una variación más que a una propuesta completamente nueva. A esto se suma una cierta pérdida de verosimilitud en la construcción física del horror: los cuerpos parecen resistir más allá de cualquier límite, llevando la violencia a un punto donde lo extremo deja de impactar y comienza a saturar. Aun así, hay elementos que destacan con fuerza. La interpretación de Natalie Grace es, sin duda, uno de los grandes aciertos: su trabajo corporal, sumado a un maquillaje notable, construye una presencia verdaderamente inquietante. En esa dimensión, la película encuentra su núcleo más efectivo. “La Posesión de la Momia” no es una película para todos. Quienes busquen una aventura al estilo clásico o incluso algo cercano a la versión de The Mummy, difícilmente conectarán con esta propuesta. Pero para los seguidores del terror más extremo, aquí hay una experiencia intensa, grotesca y, por momentos, brutalmente entretenida. En definitiva, Cronin no resucita a la momia: la transforma en otra cosa. Algo más cercano a una infección que a una leyenda. Y en ese gesto, tan radical como excesivo, está tanto su mayor acierto como su mayor problema. Ya disponible en cines chilenos.
Con un título tan particular como provocador, Gore Verbinski (El Aro, Piratas del Caribe) regresa a la pantalla grande luego de una década con una sátira que combina ciencia ficción y humor negro, invitando a reflexionar sobre cómo la tecnología puede afectarnos si no es bien regulada ni utilizada. Con un elenco destacado liderado por Sam Rockwell, Juno Temple, Michael Peña, Zazie Beetz y Haley Lu Richardson, la historia sigue la odisea de una especie de vagabundo del futuro (Rockwell), quien -por vez número 117- irrumpe en un clásico diner norteamericano para reclutar a un grupo de desconocidos que lo ayuden en una misión crucial, evitar la creación irresponsable de una inteligencia artificial capaz de destruir a la humanidad. Algunos le creen, otros lo consideran un lunático, pero todos los elegidos terminan involucrándose, de una u otra forma, en su causa. A lo largo del relato, conocemos en mayor profundidad a varios de estos personajes mediante flashbacks, donde enfrentan situaciones límite vinculadas al uso de la tecnología: la enajenación y deshumanización que provoca en los jóvenes el excesivo uso del celular, los límites de la ética en procesos de clonación y el aislamiento que puede generar la realidad virtual. En términos generales, se trata de una cinta ágil, entretenida y directa, que no se guarda nada. Es excéntrica, pero dentro de su exageración esconde verdades incómodas, lo que la vuelve especialmente reflexiva. Si bien hacia el final pierde algo de ritmo, esto no afecta mayormente su resultado, que es entretener y, al mismo tiempo, enfrentarnos a lo que nos estamos convirtiendo en un mundo que avanza cada vez más rápido. En ese contexto, la inteligencia artificial se posiciona como un falso “Dios”, una entidad que todo lo sabe y todo lo ve, pero que no necesariamente está al servicio de los humanos, sino de sí misma. Con una estética que remite a ratos a cintas de los años 80 y principios de los 90,Buena suerte, diviértete, no te mueras llega a cines del país desde el 9 de abril.
Celeste pasa sus vacaciones en Caldera junto a sus padres, mientras Chile vive transformaciones muy importantes. Un hecho muy difícil marcará su destino y los cambios de la adolescencia se irán haciendo presentes. “Cuerpo Celeste” es una película dirigida por Nayra Ilic que cuenta en su elenco a Helen Mrugalski, Daniela Ramírez, Néstor Cantillana y Mariana Loyola. En esta historia un eclipse se convierte en algo tan esperado, como las mismas vivencias de la juventud y las sensaciones que nos cautivan en ella. Este filme nos hace pensar en nuestra propia adolescencia y cómo cada cambio de esa época se imprime a fuego en nuestros corazones, todo se vive intensamente y nuestras decisiones a veces se ven nubladas por la incertidumbre y los miedos. La protagonista se luce con una actuación cargada de emotividad, que grafica cada suceso importante en su vida. Nos muestra la esencia de una época y cómo cada paso que damos determina nuestro futuro. Daniela Ramírez cautiva con su interpretación y llena la pantalla con su talento, contándonos la historia de una mujer que debe enfrentar momentos difíciles y que debe seguir adelante, más allá del dolor. Los paisajes nos envuelven con su aridez y brillan en una historia que se tiñe de las sensaciones que entrega el desierto. Cada lugar se convierte en un espectáculo, aportando con esa emoción que nos entrega un lugar lleno de recuerdos. Una trama que hace pensar en los vaivenes de la vida y en cómo cada hecho que nos sucede en nuestra juventud, determinará nuestro carácter y la forma en que enfrentamos las historias que van estructurando nuestro camino. Cuerpo Celeste ya disponible en salas de cine del país.
En un panorama donde la animación tiende a la homogeneidad estética, ChaO: La Sirena irrumpe como una obra extraña, caótica y, al mismo tiempo, profundamente conmovedora. Dirigida por Yasuhiro Aoki -en su debut como realizador de largometrajes- y producida por el siempre arriesgado Studio 4°C, la película apuesta por una identidad visual que desafía las convenciones: cuerpos deformes, expresiones exageradas y un universo que parece funcionar bajo sus propias reglas. Pero bajo esa capa de caos visual, se esconde una historia sorprendentemente íntima. Ambientada en un futuro donde humanos y seres marinos conviven, la película sigue a Stephan, un trabajador común de una empresa vinculada a la construcción naval, cuya vida da un giro radical cuando recibe -sin previo aviso- una propuesta de matrimonio por parte de ChaO, una princesa del mundo submarino. Lo que comienza como una situación absurda, casi cómica, evoluciona hacia una convivencia tan incómoda como reveladora. ChaO, torpe, emocionalmente transparente y completamente entregada, irrumpe en la vida de Stephan con una devoción que él, en un inicio, rechaza. Sin embargo, ese vínculo forzado comienza a transformarse lentamente en algo genuino, en una relación que crece desde la diferencia y la incomodidad. Uno de los grandes aciertos de ChaO está en cómo construye ese tránsito emocional. No hay amor a primera vista, sino un proceso: Stephan pasa de la negación al entendimiento, y de ahí a un afecto profundo, en una evolución que se siente tan absurda como honesta. Aoki refuerza esta idea desde lo visual. La animación -que mezcla técnicas 2D y 3D con total libertad- construye un mundo saturado de detalles, criaturas imposibles y escenarios que parecen no obedecer ninguna lógica física. Ese desorden no es gratuito: es el reflejo de una historia que habla precisamente de aceptar lo distinto, de encontrar belleza en lo extraño. En ese sentido, ChaO también se permite deslizar temas más amplios: la convivencia entre culturas, la explotación de los recursos naturales y las tensiones entre progreso y respeto por el entorno, todo envuelto en una narrativa que nunca abandona su tono lúdico. La película, que tuvo su estreno en 2025 y pasó por festivales como Annecy -donde obtuvo el Premio del Jurado- confirma a Aoki como una voz autoral dentro de la animación contemporánea. Pero más allá de su propuesta estética o su ambición temática, ChaO funciona por algo mucho más simple: su historia de amor. Una que, como su propio mundo, parece improbable, caótica y hasta ridícula… pero que termina siendo profundamente humana. Para quienes buscan una experiencia distinta dentro de la animación japonesa -y especialmente para los seguidores del imaginario sensible de Studio Ghibli- ChaO: La Sirena aparece como una joya inesperada: rara, sí, pero también genuinamente hermosa. Disponible en salas de cine del país desde el 23 de abril.
En plena Segunda Guerra Mundial, lejos del ruido de las bombas, también se libraban otras batallas: silenciosas, íntimas y cargadas de tensión. Una de ellas tuvo lugar en la mesa de Adolf Hitler, donde un grupo de mujeres era obligado a probar su comida para evitar un posible envenenamiento. Esta intrigante historia llegó a la pantalla grande con “Las Catadoras” del director italiano Silvio Soldini. La cinta se centra en la vida de Rosa, una joven secretaria que huye de Berlín y se refugia en la casa de sus suegros, mientras espera que su esposo regrese de la guerra. Allí, su vida da un giro inesperado: es reclutada junto a otras mujeres del pueblo para convertirse en una de las catadoras. Desde entonces, cada día son trasladadas a un recinto militar, donde deben probar los alimentos antes que el Führer. Al principio, la protagonista tiene algunos conflictos con sus compañeras, quienes la miran con desconfianza por no ser oriunda del pueblo. Cuando finalmente logra integrarse al grupo, se entera de que su esposo ha sido declarado desaparecido en Rusia. Esta noticia la deja devastada. Está tan triste que se niega a trabajar, pero los militares la llevan a la fuerza. Con el tiempo, Rosa se acostumbra a su peculiar rutina y forma una amistad con sus compañeras. Sin embargo, la ausencia de su esposo hace que se siga sintiendo sola. Para llenar ese vacío, establece una relación con un oficial de las SS, vínculo que mantiene en secreto para evitar ser tildada de traidora. Un día el oficial le confiesa que lo peor es matar a niños y mujeres, pero que con el tiempo se acostumbran. Después de oír esto, Rosa decide poner fin a su romance. Él insiste en que sigan juntos, pero la joven le deja claro que no puede estar con alguien que está dispuesto a asesinar solo porque se lo ordenan. La cinta tiene un final inesperado, donde se pone a prueba la verdadera amistad. Durante toda la trama, especialmente en el desenlace, destaca la interpretación de la actriz protagónica Elisa Schlott. Su actuación transmite muchas emociones. “Las catadoras” se inspira en la historia de Margot Wölk, quien en 2012, a los 95 años, reveló haber formado parte de este grupo. Según su testimonio, eran quince mujeres, y ella fue la única sobreviviente. En lo visual, el film apuesta por una fotografía sobria, de tonos apagados, que refuerza la sensación de encierro y vigilancia. El entorno rural aparece como un espacio suspendido, donde la guerra se percibe de manera indirecta, mientras la figura de Hitler permanece fuera de campo, reducida a rumores y decisiones que impactan la vida de las protagonistas. Este recurso recuerda el largometraje La zona de interés, donde el horror se construye desde la ausencia. “Las catadoras” muestra que las guerras no solo se combaten en los campos de batalla, sino también en espacios íntimos, en decisiones cotidianas y en el peso de seguir con vida cuando todo alrededor se desmorona. Es una película muy conmovedora e intrigante que ayuda a entender el nazismo desde otra mirada. Sin duda, vale la pena verla.
Con “La Posesión de la Momia” -título local que poco tiene que ver con la propuesta original- Lee Cronin se consolida como una de las voces más agresivas del terror contemporáneo. Producida por los pesos pesados del género, James Wan y Jason Blum, la película abandona cualquier vínculo con el cine de aventuras y apuesta por un relato íntimo, violento y profundamente incómodo. Lejos de las encarnaciones clásicas de Boris Karloff o del espectáculo hollywoodense popularizado por Brendan Fraser, esta nueva versión se construye desde una lógica completamente distinta: la del horror doméstico. La historia sigue a Charlie Cannon ( Jack Reynor), un periodista radicado en El Cairo junto a su esposa ( Laia Costa) y sus hijos. Todo cambia cuando su hija Katie desaparece misteriosamente en el desierto. Ocho años después, la niña reaparece dentro de un sarcófago, en un estado físico deplorable y atrapada en un trance inquietante. El reencuentro, sin embargo, no es más que el inicio de una pesadilla. La Katie que vuelve, interpretada con perturbadora intensidad por Natalie Grace, no es la misma: su cuerpo y su comportamiento evidencian que algo habita en ella. A medida que la familia intenta comprender lo ocurrido, el horror comienza a manifestarse con una violencia creciente, transformando la casa en un espacio de asedio constante, donde interviene también una detective egipcia ( May Calamawy) que intenta descifrar el origen de la amenaza. Desde su planteamiento, la película deja claro que no está interesada en la mitología clásica de la momia, sino en una relectura que mezcla posesión demoníaca, trauma familiar y horror corporal. En ese sentido, el vínculo con el universo de Sam Raimi es evidente: más que una momia, lo que emerge aquí es una entidad que remite directamente al concepto del “deadite”. Y es ahí donde la película encuentra tanto su mayor virtud como su principal limitación. Cronin filma con una vocación desbordada por lo grotesco. La puesta en escena está marcada por un uso insistente del gore: sangre, pus, cuerpos deformados y mutilaciones que no buscan sugerir, sino impactar de forma frontal. La película funciona como una experiencia física, incómoda, donde el espectador no tiene descanso. En términos de ritmo, pese a una introducción algo extensa, el relato logra sostenerse durante sus más de dos horas gracias a una acumulación constante de situaciones límite. Siempre está pasando algo, y eso juega a favor de su capacidad de entretener, incluso cuando roza el exceso. Sin embargo, esa misma lógica termina pasándole la cuenta. La cercanía con Evil Dead Rise no es solo tonal, sino también estructural y visual: hay decisiones que se sienten reiteradas -desde recursos narrativos hasta encuadres- lo que instala la sensación de estar frente a una variación más que a una propuesta completamente nueva. A esto se suma una cierta pérdida de verosimilitud en la construcción física del horror: los cuerpos parecen resistir más allá de cualquier límite, llevando la violencia a un punto donde lo extremo deja de impactar y comienza a saturar. Aun así, hay elementos que destacan con fuerza. La interpretación de Natalie Grace es, sin duda, uno de los grandes aciertos: su trabajo corporal, sumado a un maquillaje notable, construye una presencia verdaderamente inquietante. En esa dimensión, la película encuentra su núcleo más efectivo. “La Posesión de la Momia” no es una película para todos. Quienes busquen una aventura al estilo clásico o incluso algo cercano a la versión de The Mummy, difícilmente conectarán con esta propuesta. Pero para los seguidores del terror más extremo, aquí hay una experiencia intensa, grotesca y, por momentos, brutalmente entretenida. En definitiva, Cronin no resucita a la momia: la transforma en otra cosa. Algo más cercano a una infección que a una leyenda. Y en ese gesto, tan radical como excesivo, está tanto su mayor acierto como su mayor problema. Ya disponible en cines chilenos.
Con un título tan particular como provocador, Gore Verbinski (El Aro, Piratas del Caribe) regresa a la pantalla grande luego de una década con una sátira que combina ciencia ficción y humor negro, invitando a reflexionar sobre cómo la tecnología puede afectarnos si no es bien regulada ni utilizada. Con un elenco destacado liderado por Sam Rockwell, Juno Temple, Michael Peña, Zazie Beetz y Haley Lu Richardson, la historia sigue la odisea de una especie de vagabundo del futuro (Rockwell), quien -por vez número 117- irrumpe en un clásico diner norteamericano para reclutar a un grupo de desconocidos que lo ayuden en una misión crucial, evitar la creación irresponsable de una inteligencia artificial capaz de destruir a la humanidad. Algunos le creen, otros lo consideran un lunático, pero todos los elegidos terminan involucrándose, de una u otra forma, en su causa. A lo largo del relato, conocemos en mayor profundidad a varios de estos personajes mediante flashbacks, donde enfrentan situaciones límite vinculadas al uso de la tecnología: la enajenación y deshumanización que provoca en los jóvenes el excesivo uso del celular, los límites de la ética en procesos de clonación y el aislamiento que puede generar la realidad virtual. En términos generales, se trata de una cinta ágil, entretenida y directa, que no se guarda nada. Es excéntrica, pero dentro de su exageración esconde verdades incómodas, lo que la vuelve especialmente reflexiva. Si bien hacia el final pierde algo de ritmo, esto no afecta mayormente su resultado, que es entretener y, al mismo tiempo, enfrentarnos a lo que nos estamos convirtiendo en un mundo que avanza cada vez más rápido. En ese contexto, la inteligencia artificial se posiciona como un falso “Dios”, una entidad que todo lo sabe y todo lo ve, pero que no necesariamente está al servicio de los humanos, sino de sí misma. Con una estética que remite a ratos a cintas de los años 80 y principios de los 90,Buena suerte, diviértete, no te mueras llega a cines del país desde el 9 de abril.