Robbie Williams en Chile: un show que lo tiene todo
El músico británico se presentó el domingo 27 de septiembre en el Estadio Bicentenario de La Florida.
Luego de ocho años de ausencia en nuestro país, el carismático músico británico Robbie Williams regresó a Chile para ofrecer un único concierto en el Estadio Bicentenario de La Florida. El recinto, casi repleto, se rindió ante el ex Take That, quien derrochó talento y simpatía sobre el escenario durante poco más de una hora y media.
Y debo decir que, desde el comienzo, fue uno de esos conciertos que cuesta olvidar. No solo por las canciones, que evidentemente forman parte de la memoria musical de más de una generación, sino porque Robbie Williams tiene algo que no todos los grandes artistas consiguen, una capacidad enorme para hacer sentir que, aunque haya miles de personas frente a él, está hablando directamente con cada una.
Poco pasadas las 21 horas -y luego de las presentaciones de los teloneros, el chileno Pedropiedra y los británicos The Lottery Winners- Robbie apareció de manera espectacular en el escenario, vestido de rojo, para interpretar la potente “Let Me Entertain You”, parte de su primer disco, Life Thru a Lens. Y sí, desde ese primer momento quedó claro que venía precisamente a eso: a entretenernos.
Éxitos como “Strong”, “Millennium”, “Come Undone”, “Supreme”, “Better Man” y “Kids” sonaron con fuerza durante la noche. Canciones que uno ha escuchado cientos de veces, pero que en vivo adquieren otra dimensión, especialmente cuando el público las canta prácticamente completas.
También pudimos escucharlo interpretar el clásico de Oasis, “Wonderwall”, acompañado por Thom Rylance, de The Lottery Winners, quien demostró una gran complicidad con su compatriota. Y es que, después de todo, la banda originaria de Leigh ha estado teloneando a Williams en gran parte de las fechas de su actual tour Britpop.
Pero Robbie no solo reversionó un tema de Oasis. Al presentar de una manera muy particular a los integrantes de su banda, cada uno interpretó un extracto de una canción reconocida, a la que el propio Robbie se fue sumando con su voz. “YMCA”, de Village People; “Sweet Dreams”, de Eurythmics, y “Hey Jude”, de The Beatles, fueron parte de este particular repertorio que hizo cantar a todo pulmón al público.
Y aquí aparece una de las cosas que más disfruté del show, la sensación de que Robbie realmente estaba disfrutando estar ahí. No parecía limitarse a cumplir con un repertorio. Conversaba, bromeaba, improvisaba, jugaba con el público y con su propia historia. Hay una naturalidad en su manera de relacionarse con la gente que hace que el espectáculo se sienta mucho más cercano.
Por otra parte, “New York, New York” y “My Way” también se dejaron escuchar. Esta última, como pudimos ver en su película biográfica "Better Man", tiene un vínculo especial con su padre, por lo que fue dedicada a su progenitor, quien padece la enfermedad de parkinson.
Y es que su familia estuvo muy presente durante el show. Su esposa e hijos, a quienes Robbie reconoció sobre el escenario, señalando que ellos lo salvaron y lo convirtieron en un mejor hombre. Esa dimensión más personal se percibe en su manera de enfrentarse al escenario. Hay una madurez y una tranquilidad que antes quizás no estaban tan presentes, pero que conviven perfectamente con ese Robbie gracioso, mal hablado, atrevido y absolutamente desinhibido que el público conoce.
La conexión con los fans es total, y para mí fue uno de los grandes puntos del concierto. El artista cuenta anécdotas, hace chistes, se acerca a la gente, permite que lo toquen y constantemente rompe esa distancia que suele existir entre un artista y su audiencia.
Uno de los momentos más especiales y, al mismo tiempo, más particulares de la noche ocurrió cuando le dedicó “She’s The One” a una fan visiblemente emocionada, que se encontraba acompañada de su hijo. Son esos momentos que probablemente no estaban escritos en ningún libreto y que terminan convirtiéndose en parte de la memoria de quienes estuvieron ahí.
Vocalmente, además, Robbie Williams está espectacular. Tiene una potencia y una afinación increíbles, y está muy bien acompañado por una banda bastante afiatada, grandes coristas y una puesta en escena de gran nivel. Las proyecciones y los juegos de luces acompañaron cada canción sin convertirse en un elemento que compitiera con el artista.
Pero si tengo que quedarme con algo, no es solamente con la calidad vocal, las canciones o la producción. Me quedo con Robbie Williams como entertainer. Con esa capacidad de hacer reír a miles de personas, emocionarlas, cantar con ellas y, al mismo tiempo, mostrar una parte mucho más personal de su vida.
El final llegó con dos himnos: “Feel” y “Angels”. Y qué mejor manera de cerrar la noche.
Cuando terminó el concierto, tuve esa sensación que no siempre aparece después de un show: la de haber presenciado algo realmente especial. Y no creo que haya sido necesario ser un fan acérrimo para sentirlo.
Todos los que estuvimos ahí -fans y no tanto- fuimos parte de un espectáculo que tuvo música, humor, emoción, nostalgia, talento y, sobre todo, una conexión genuina con el público.
Una noche perfecta (aunque extrañé mi favorita No Regrets). Un viaje de música, risas y emoción. Y un Robbie Williams que, después de tantos años, volvió a recordarnos por qué sigue siendo uno de los grandes showman de su generación.



































