Street Fighter: una locura de colores, golpes y humor que entiende el espíritu del videojuego
Con una estética exagerada, peleas espectaculares y un humor que no le teme al ridículo, la nueva adaptación del videojuego abraza sin complejos el universo de Capcom. Una sorpresa que demuestra que, a veces, tomarse las cosas menos en serio es precisamente lo que hace falta.
Debo reconocer que iba con cero fe a Street Fighter. Basta con echar un vistazo a sus tráilers y pósteres promocionales para encontrarse con diseños de personajes tan exagerados que parecen sacados directamente de una convención de cosplay. Y, curiosamente, ese es precisamente uno de sus mayores aciertos: son increíblemente fieles al videojuego. Porque si algo entiende esta nueva adaptación dirigida por Kitao Sakurai es que Street Fighter nunca necesitó parecerse al mundo real para funcionar.
Desde sus primeros minutos, la película deja claras sus intenciones: esto es una locura visual, cargada de humor, peleas espectaculares y una enorme disposición a reírse de sí misma. A diferencia de las recientes adaptaciones de Mortal Kombat, que han apostado por una aproximación más solemne y violenta, aquí se entiende que el universo de Capcom funciona bajo otras reglas. No necesitamos espinas dorsales arrancadas, muertes grotescas ni Fatalities para disfrutar de un buen combate. Lo que queremos son personajes reconocibles, movimientos imposibles, rivalidades legendarias y una buena dosis de espectáculo. Y vaya que la película cumple.

La historia nos presenta a Ryu y Ken Masters, dos luchadores que fueron entrenados por el mismo maestro, Gouken, pero que siguieron caminos muy distintos. Ryu siempre destacó por sus habilidades en combate, mientras que Ken quedó algo relegado frente al talento de su compañero. Sin embargo, el poder de Ryu esconde una oscuridad innata y peligrosa que amenaza con consumirlo.
Después de convertirse en el campeón del primer torneo mundial, en 1987, y derrotar brutalmente a Sagat en una impresionante secuencia animada, descubrimos que una tragedia relacionada con Ryu, su maestro Gouken y un demonio conocido como Akuma marcó para siempre el destino de los protagonistas. Akuma, una figura temible dentro del universo de Street Fighter, representa una amenaza vinculada al lado más oscuro de las artes marciales y al poder que puede terminar corrompiendo a un luchador.
Años más tarde, ya en la década de los noventa, encontramos a un Ken convertido en una celebridad bastante ridícula: heredero de una familia millonaria, acostumbrado a los escándalos y más preocupado de su imagen pública que de demostrar sus capacidades como luchador. Eso sí, todo el mundo sabe que, pese a su fama, nunca ha logrado superar a Ryu, quien ha desaparecido sin dejar rastro.
Mientras tanto, M. Bison, el dictador de Shadaloo, prepara el Segundo Torneo Mundial. Su objetivo es reunir a los mejores luchadores para absorber sus poderes y convertirse en una fuerza prácticamente imparable. En medio de esta búsqueda aparece Chun-Li, encargada de localizar a los combatientes que participarán en la competencia, entre ellos Guile, Honda, Vega, Dhalsim, Balrog, Zangief y muchos otros rostros conocidos por los fanáticos.

Así comienza una aventura que, sin reinventar la fórmula ni pretender contar una historia particularmente profunda, encuentra su mayor virtud en el entretenimiento puro. La película avanza entre combates, encuentros inesperados y situaciones cada vez más absurdas, permitiendo que los personajes tengan sus propios momentos para brillar. Las coreografías están bien trabajadas, las secuencias de acción tienen energía y el humor mantiene un ritmo vibrante que impide que todo se vuelva demasiado solemne.
De hecho, uno de los aspectos más divertidos es cómo la propia película parece consciente de lo disparatada que puede resultar su historia. La utilización de What's Up?, de 4 Non Blondes, como una especie de leitmotiv para los personajes funciona casi como una declaración de principios: ¿qué demonios está pasando aquí? La cinta no intenta disimular lo ridículo de su propuesta; por el contrario, lo convierte en parte fundamental de su identidad.
En cuanto a los personajes, es cierto que varios parecen cosplays de lujo, pero eso termina jugando a favor de la película. Sus diseños respetan la apariencia clásica de los luchadores y, aunque algunos quedan relegados a un segundo plano, el conjunto funciona. Los verdaderos protagonistas son Ryu, Ken, Chun-Li y M. Bison, mientras que el resto del elenco contribuye a construir ese enorme espectáculo de colores, golpes y referencias al videojuego.
Entre las apariciones que llaman la atención están Cody Rhodes y Roman Reigns, estrellas de la WWE que interpretan a Guile y Akuma, respectivamente. También está Blanka, a cargo de Jason Momoa, cuya presencia digitalizada forma parte importante de la historia. Sin embargo, quien realmente merece una mención especial es David Dastmalchian como M. Bison.
Su interpretación encuentra el equilibrio perfecto entre lo patético y lo delirante, recuperando algo de la energía desquiciada del inolvidable Raúl Juliá en la adaptación de los años noventa. Dastmalchian entiende que Bison no necesita ser un villano contenido ni particularmente realista: tiene que ser un megalómano completamente desatado. Además, la película incluye un guiño a una de las líneas más memorables de aquella versión, un homenaje que seguramente sacará una sonrisa a quienes todavía recuerdan con cariño esa adaptación.
A su alrededor también destacan Cammy y Vega, dos de los personajes que aportan personalidad a la aventura y cuentan con sus propios momentos para lucirse.
Pero si hay algo que realmente eleva esta nueva Street Fighter, son sus secuencias animadas. Con una estética que remite directamente al anime de los años noventa, estos segmentos capturan de manera extraordinaria la esencia de los personajes y del videojuego. Hay una energía especial en esa animación a la vieja escuela, en sus movimientos, en la expresividad de los luchadores y en la manera en que traduce los combates a imágenes que parecen sacadas de otra época.
Son, sin duda, algunos de los mejores momentos de la película. Y que rememoran a otra fascinante película, Street Fighter II: The Animated Movie de 1994.
Al final, Street Fighter termina siendo una sorpresa bastante mayor de lo que esperaba. No es una película que busque reinventar el género ni ofrecer una adaptación solemne de su material de origen. Su mérito está en comprender que el videojuego es, ante todo, un espectáculo exagerado, colorido y lleno de personalidad. Y en lugar de luchar contra esa naturaleza, la abraza con entusiasmo.
¿Es ridícula? Por supuesto. ¿Exagerada? Absolutamente. Pero también es entretenida, consciente de sus propias locuras y capaz de convertir sus excesos en virtudes. A veces, eso es exactamente lo que una adaptación necesita para funcionar.
Y ojo, porque sin duda queda espacio para una secuela que profundice todavía más en este universo. Si la próxima entrega decide entrar de lleno en el legendario Street Fighter II, uno de los capítulos más importantes de la historia de los videojuegos de pelea, todavía queda mucho por celebrar.

































